lunes, 19 de junio de 2017

Tarta radiofónica.

Un día después de su quincuagésimo aniversario, el veinticinco de mayo de mil novecientos noventa y uno, Radio 80, emisora que, con el paso del tiempo, al fusionarse con Cadena Minuto, devino en la actual M80, emitió durante veinticuatro horas, de la media tarde de aquel sábado veinticinco de mayo a la media tarde del día siguiente, un especial dedicado a Bob Dylan.
El programa lo dirigía José Ramón Pardo y repasaba, disco a disco, incluidas algunas rarezas, toda la carrera del músico. El especial lo habían publicitado mucho y, curioso y respetuoso como solo se es a esa edad, unos días antes me había hecho con un pack de tres cintas vírgenes donde poder grabar aquello que fuese intuyendo resultase de más interés.
José Ramón Pardo desgranaba un disco tras otro, deteniéndose dependiendo de cuál en más o menos cortes, con una erudición y una amenidad apabullantes. Yo, por mi parte, guiado por las palabras que presentaban cada una de las canciones, me limitaba a pulsar el “Record” del radiocasete si la canción, me parecía, lo merecía y a escribir en un folio su título (o lo que mi inglés de bachillerato me dejaba adivinar), el título del disco que la contenía y algún otro detalle más.
De esta manera pase las horas de aquel sábado hasta bien entrada la madrugada, y de igual modo, la mañana siguiente, volviendo a la audición tan pronto como me desperté, completando los minutos de grabación que aún quedaban libres en la última de las tres casetes.
Unos días después, un compañero del instituto, V., al referirle el asunto me dijo que un vecino suyo, creía, tenía un disco de Dylan, uno titulado Street legal. Del mismo, al haber sido referido bien entrada la madrugada de aquel especial radiofónico, yo no conocía canción alguna; debía quedar, digamos, en el paréntesis nocturno de mediados de los setenta a comienzos de los ochenta. Aún así, por hacerme con un LP de Dylan al completo, le dejé una nueva casete virgen, se la pasó a su vecino y aquel me lo grabó.
Street legal estaría por distintos motivos dentro de aquellos diez discos que recientemente D. y yo seleccionamos como principales de nuestra discografía, pero, a pesar de su escucha frecuente desde que el vecino de V. me lo grabó, no fue hasta veinte años después que lo tuve en formato compacto. 
A imitación del atracón que supusieron aquellas horas adolescentes de escucha radiofónica, el quince de junio de dos mil once, imagino que a sugerencia mía, D. me regaló hasta cuatro discos de Dylan, entre ellos este fantástico y familiar Street legal.

Street legal, 15 de junio de 2011.

martes, 23 de mayo de 2017

Disco nuevo.

A finales de julio de dos mil cuatro, D. y yo teníamos ya cerrado el alquiler de una casa donde comenzar a vivir juntos, en la calle Tarragona, a unos pasos de Santa María de la Cabeza. La casa era pequeña, de no más de cuarenta metros cuadrados y se levantaba en el segundo piso de una antigua corrala reformada. Las dimensiones de su planta, que no daban más que para un discreto baño, un saloncito con la cocina incorporada y un dormitorio de parecida holgura, estaban descompensadas en relación a la altura de sus techos, de casi siete metros. El dueño, un hombre joven, taxista de profesión, nos había dicho que el planteamiento primero que tuvo era el de haber levantado una segunda planta dentro del dormitorio y un pequeño altillo en el salón, lo cual hubiese generado nuevos espacios y aliviado la sensación de estrechez que daba la casa. 
El pago de la fianza ya estaba hecho, sólo quedaba que el dueño terminase de pintar el piso y pudiésemos nosotros hacer la mudanza y entrar a vivir. 
Aquella tercera semana de julio la había cogido libre con la intención de ir perfilando el cambio. Por un lado, había ido empaquetando y llevando a casa de mis padres algunas de las cosas que guardaba en mi habitación de la calle Segovia y que, imaginaba, no tendría necesidad conviviendo con D., y, por otro, preparando de igual manera lo que sí tendría que mudar.
Poco aficionado a los cambios, por más que estos supongan una mejora general, en los instantes que los preceden, suelo dejarme llevar por los momentos de ensimismamiento y ponderación. 
Aquel sábado veinticuatro de julio, con la semana a punto de concluir, aprovechando que había cobrado un trabajo hecho como coordinador de una exposición de fotografía, una de esas tareas que visten más contadas que ingresadas en la cuenta bancaria, salí pronto de casa, la que aún compartía con E. y S. en la calle Segovia, y anduve por el centro dando un paseo, comprando algún disco y comiendo luego por Malasaña. Se trataba, sobre todo, de sopesar lo que habían dado de sí los últimos días y pensar con ilusión y prudencia en lo que habrían de ser los que llegasen en agosto.
Aquella mañana, además de un recopilatorio de 10.000 Maniacs que compré en Fnac, inesperadamente di con el segundo disco de Pretenders, que llevaba un tiempo buscando, titulado sencillamente así, Pretenders II, en una tienda de segunda mano, en la calle Clavel, en la que apenas había estado un par de veces y donde apenas había encontrado nunca nada.

Pretenders II, 24 de julio de 2004.

martes, 25 de abril de 2017

Los otros lugares (III...).

Decía Paddy McAloon que una vez lanzado el primer disco de Prefab Sprout, Swoon, tan descontento estaba del resultado final, su deseo hubiese sido ir tienda por tienda, de norte a sur de Inglaterra, en busca de los ejemplares que aún quedasen por vender y hacerse con todos ellos; así, pensaba, el mal, como un incendio descontrolado, encontraría menos fuentes de propagación y su rubor algo de alivio. 
En línea con esta intención, más allá de la retórica del músico, en artículos recientemente editados, es juicio generalizado, destacar de Paddy McAloon su laboriosidad y deseo de perfeccionismo, y situar a Prefab Sprout en una de las posiciones principales de la música Pop de las últimas décadas.   
Los días finales de julio de dos mil quince visitaba Londres por tercera vez, una ciudad donde en ocasiones anteriores la compra de compactos había sido muy cuantiosa. Aquel veintinueve de julio salí de casa de F. y E. pasadas las once de la mañana. Había dormido casi diez horas, lo cual, dada la inquietud e incertidumbre general de las semanas precedentes, resultaba una novedad muy reconfortante. 
En la estación del barrio tomé el tren que me condujo hasta Victoria Station y anduve luego por los alrededores de Buckingham Palace, terriblemente concurridos. 
En cuanto a las tiendas de discos para este viaje, a diferencia de un par de museos señalados, no tenía recorridos ni intenciones precisas, confiaba que, tan sólo paseando, encontrase suficiente oferta.
En Bond Street di con un amplio local, perteneciente a una cadena cuyo nombre no recuerdo que, distribuido en dos plantas, se dedicaba principalmente a la venta de cine, música y literatura. Los compactos se encontraban en el segundo piso y ocupaban decenas de metros cuadrados, divididos y ordenados concienzudamente. Tanta oferta requería de una estrategia efectiva. Sin listado de búsqueda, después de una desbordante primera batida, resolví que, para que la compra fuese verdaderamente fructífera, no había mejor manera que ir paso a paso, letra a letra, artista por artista, sin importar el tiempo que tal táctica me llevase. 
De esa manera salí del local cargado con más compactos de los que el paseo que tenía previsto recomendaba. Si Paddy McAloon en su momento hubiese llevado a cabo su intención de purga, aquel veintinueve de julio, que luego me tuvo caminando durante horas por Regent´s Street y Camden, me hubiese aligerado, al menos, de parte de la carga.

Swoon, 29 de julio de 2015.

martes, 14 de marzo de 2017

Los otros lugares (II).

La primera referencia que tuve de la calle Tallers me llegó gracias al genial Sergio Makaroff, no recuerdo si referida en la letra de una de sus canciones o bien destacada entre los lugares favoritos de su ciudad de adopción, en alguna de las pocas entrevistas que de él se publican.
No fue hasta la primavera de dos mil siete cuando, aprovechando el viaje que hicimos a Barcelona D., M. y yo, con motivo del concierto que Roger Waters daba entonces en el Palau Sant Jordi, recorrí sus tiendas por primera vez. En otras ocasiones había visitado la ciudad, pero nunca antes dicha calle que, convertida por entonces la revista a las tiendas de discos en cita tan importante como la visita a museos y demás sitios de interés, en ese punto vino a destacarse como uno de los principales atractivos de la ciudad.
Un año después, los viajes a Barcelona, por razones laborales, comenzaron a convertirse en frecuentes, dándose desde entonces, y especialmente durante los cinco años siguientes, tres o cuatro visitas anuales. Las rutinas para ese tipo de días fueron siempre las mismas, densas y tediosas; aún así, bien a la llegada, que se buscaba adelantar todo lo posible para atender sin prisas a la afición, bien antes de tomar el AVE de vuelta para Madrid, siempre había oportunidad de recorrer las tiendas de discos de la calle Tallers.
El mejor compañero para estos paseos fue siempre A., con su habitual buena disposición y parsimonia. Rebuscábamos en Castelló, en Revolver…; siempre con éxito, y nos tomábamos luego unas cervezas charlando con gusto de lo que imaginábamos daría o había dado de sí la reunión de trabajo en cuestión.
En ocasiones, a esos paseos por la calle Tallers, se nos unían algunos otros compañeros. Aquel uno de febrero de dos mil doce nos acompañaban A. y Ch., sin especial apetito musical. La tarde era lluviosa y apagada. Entre otros, en Discos Revolver encontré un disco de los Jayhawks que llevaba un par de semanas buscando, Smile; uno de esos grupos de los que en un par de meses, en uno de esos calambres de coleccionismo repentino que de vez en cuando acometen como incontrolables espasmos nerviosos, uno se encuentra completando su discografía con el mismo ahínco con que se correría perseguido por una manada de bisontes.

Smile, 1 de febrero de 2012. 

domingo, 5 de febrero de 2017

Los otros lugares (I).

Hace unas semanas viajamos a Zürich. Era la cuarta vez que visitaba Suiza, pero la primera que lo hacía con D. y O. 
Las tres anteriores, los paseos por la ciudad, entre otros, habían tenido siempre el aliciente de parar en alguna tienda de discos, de las muchas que aún permanecían abiertas, y echar un vistazo sin prisa. La búsqueda solía dar siempre alguna sorpresa de interés, algún compacto complicado de encontrar en Madrid que podía comprarse a un precio razonable.
De aquellas tiendas visitadas en los viajes anteriores, recordaba especialmente dos, una, Crazy Beat, situada en una calle apartada del centro, dedicada principalmente a la venta de vinilos de segunda mano y regentada por una mujer que durante algún tiempo había vivido en la sierra madrileña, y la otra, Musik Hug, de varias plantas, empleadas las superiores a la venta de instrumentos, a la orilla del río Limago y cerca del ayuntamiento de la ciudad.
Crazy Beat, por lo que ya en su momento me había dicho J., había echado el cierre definitivo. La otra, en cambio, seguía abierta, si bien, el surtido que se disponía en la planta baja, me había advertido también J., se había reducido bastante.
Aunque pasamos un par de veces por delante del local, en esta última visita a Zürich sólo entramos en él el penúltimo día, todos, adultos y niños. 
J. tenía razón, el espacio destinado a la venta de compactos había sido reducido notablemente. La oferta, en comparación a lo que había encontrado allí otras veces, era muy pobre. En los paneles de la pared se exponían todas las novedades, cada una de ellas representada por más de una docena de ejemplares, lo cual hacía sospechar que el stock total de producto a exponer no habría de ser mucho. El resto del catálogo, mermado e inconexo, se distribuía en los estantes horizontales, donde en número parecido convivían compactos y separadores. Por más deseo que tuviese no compré nada, no di con nada que mereciese la pena.
Esta mañana, al sacar la entradas para el próximo concierto de Brad Mehldau en Madrid, he pensado en su disco Places, aquel que encontré en febrero de dos mil nueve en Musik Hug, cuando en dicho local podía uno pasarse las horas mirando compactos, limitando, en debate constante, la selección hecha al presupuesto marcado.

Places, 27 de febrero de 2009.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Raza y elegancia.

Unos años atrás, recién estrenado el siglo, trabajé durante unos meses en una tienda de ropa del barrio de Salamanca. La consecución del puesto se dio como sólo en el cine estos asuntos parecen resolverse: una mañana caminaba por delante del local, me fije en el anuncio que colgaba de unos de sus escaparates, entré, entregué mi currículum e, intercambiadas un par de frases y sin firma previa de contrato, unos días después me encontraba trabajando.
El negocio era propiedad de un chico bilbaíno que había heredado de su familia la posibilidad de poder dedicarse a lo que más se ajustase a su gusto, dada la solvencia económica de la misma, así como la afición por los tejidos y patrones ingleses, ámbito con el que la familia había ganado reputación y dinero, y que él, con la reciente apertura de dicho local en Madrid, buscaba expandir más allá del norte de España.
La tienda tenía un encargado, un chico madrileño experimentado en estos negocios, al que el bilbaíno había contratado y al que gustaba poner en evidencia ante nosotros, los tres o cuatro dependientes empleados, cuando las cosas no se hacían según su parecer. En algunos casos, si había algún cliente en la tienda, tampoco sentía mucho reparo en levantar el tono de voz para amonestar al encargado y mostrarnos a todos quién era el patrón del barco. Es curioso cómo hay algunos que se tienen por respetables y elegantes con actitudes propias de señoritos ensoberbecidos.
En dicho empleo, de pago irregular y aroma a servilismo doméstico, sólo estuve un par de meses y, aparte del gusto por algún disco que allí escuché, no saqué mucho más.
Se dice que las personas de izquierdas tienen como principal anhelo el dinero, y que de igual manera, las personas de derechas, satisfecho aquél, sólo ambicionan ganar algo de cultura. No sé, es una generalización muy vaga. El hecho es que el chico bilbaíno, sin apenas bagaje musical, le pidió al encargado que se hiciese con algunos discos que estuviesen en línea con “la elegancia y la raza de los trajes que allí se vendían”.  No sé cómo el encargado se plantearía dicho recado, pero lo cierto es que entre los discos que seleccionó y que escuchábamos constantemente en el local, estaba un recopilatorio de Steely Dan que sonaba fantástico y que unos meses después compré, Remastered: The best of…

Remastered: The best of..., 2 de enero de 2002.

martes, 29 de noviembre de 2016

Las segundas partes.

También fue J. L. quien me dio a conocer a otro grupo del que, con el paso de los años, de igual manera que America, que protagonizaba la entrada anterior, he ido apilando casi una docena de compactos.
El arranque del otoño de mil novecientos noventa y nueve, terminada la primera obligación laboral de importancia que tuve, había pensado emplearlo en un nuevo proyecto universitario, un poco por gusto, un poco por esa inercia a la que obligan los estados con los que uno se ha sentido conforme. Sin embargo, por más que la intención primera fuese otra, aquella rutina académica, a la tercera hora lectiva, no tuve más remedio que aceptar que excedía sobradamente lo que entonces buscaba.
Fueron semanas erráticas. Recuerdo inscribirme, por tener un motivo por el que viajar un par de días por semana a Madrid, a un ciclo de conferencias en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, en la Torre de los Lujanes, de igual manera que en otras ocasiones, con la compañía de D. y de G., ya había hecho. Asistía a las conferencias, en este caso centradas en la figura de Carlos V como emperador, y aprovechaba para quedar con unos y con otros; de este modo entretenía los días y dilataba un poco más la transición del ciclo universitario al laboral. 
El jueves cuatro de noviembre, llegado el frío de un modo definitivo, quedé con C. Con ella, los planes han sido siempre parecidos. Entonces y ahora para nuestras citas nos ha gustado siempre revisar antes la cartelera y consensuar alguna película de interés, dar un paseo por el centro y curiosear en alguna tienda de discos o, sencillamente, si hace tiempo que no nos vemos, sentarnos en un bar y poner un poco al día nuestros asuntos.
Aquella tarde, dada la desocupación propia de la edad, estuvimos primero en la Filmoteca viendo Muerte en Venecia, la cual no recuerdo con especial agrado, comprando algo de música en FNAC y tomando unas cervezas por el centro. 
Atraído por la portada, que erróneamente supuse de Klee, en FNAC me decidí por un compacto de Marillion, Holidays in Eden, de quienes entonces no tenía nada original. A J. L. le había escuchado decir, al hilo de aquellos discos que en su momento me había prestado, que a él sólo le gustaba la primera etapa del grupo, aquella que tenía como voz solista a Fish, y no la posterior en la que Steve Hogarth relevó a éste como cantante. Holidays in Eden, supe después, era el segundo disco de esta segunda etapa del grupo, lo cual, de partida, me condicionó e hizo que durante un tiempo lo escuchase sin apenas interés.

Holidays in Eden, 4 de noviembre de 1999.

martes, 25 de octubre de 2016

America se escribe con "H".

Hace unos años decía D., entre la extrañeza y la complacencia, que hay grupos, como America, de los que uno, sin pretenderlo y con una regularidad casi imperceptible, cuando se repara, puede haberse hecho con más de una docena de compactos. 
Sí, es curioso como de algunos músicos, sin intención ni deseo específico, con la misma cadencia con que se suceden los años, cada cierto tiempo le da a uno por hacerse con algún otro disco suyo. 
Tocaba a su fin aquel otoño apagado y silencioso de mil novecientos noventa y seis cuando, movido por un enfado con su novia, J. L., que en los meses anteriores había quedado voluntariamente apartado de los continuos planes festivos del grupo universitario, nos propuso a J. H. y a mí salir a tomar algo; era la noche del cinco de diciembre, víspera de puente. Él mismo, J. L., había sido quien primero me había prestado, un par de años antes, un disco de America: una edición en vinilo que contenía las canciones más destacadas de los primeros cinco discos de estudio del grupo, entonces trío: America´s Greatest Hits/ History. 
Aquella noche de diciembre FNAC abría sus puertas exclusivamente para sus socios, que, tal y como se publicitaba, “podrían realizar sus compras habituales con un descuento especial”. J. L. era entonces socio y tenía además un par de invitaciones, así que el arranque de la noche decidimos hacerlo allí. 
El recopilatorio de America, entonces ya un clásico de las series medias, con el descuento puntual del evento, se quedaba a un precio que no se prestaba a indecisión alguna. 
Después de hacer cada uno sus compras bajamos a la planta sótano, donde a los socios, por si acaso no encontraban estímulo suficiente en lo atractivo de los descuentos, se les obsequiaba también con unas copitas de champán; en nuestro caso, con bastantes más de las unidades que habíamos comprado. 
Y si America reunía en dicho compacto los primeros éxitos de su carrera, digamos que nosotros, dado que J. L. apenas había sido de la partida, agrupamos y recorrimos aquella noche junto a él los barrios y bares que habían marcado los meses primeros de aquel mil novecientos noventa y seis: "El Ribeiro", aquella taberna gallega cercana a Plaza de España, que nos había enganchado a todos por lo barato de sus vinos y la generosidad de sus tapas, el Gin Kas, donde Ch., cordial e impertérrito, nos atendía y daba toda la conversación de que fuésemos capaces, El Penta, local incombustible y ameno… El entusiasmo febril de la noche dio con nosotros, bien entrada la madrugada, bajo el desaparecido puente de Santa María de la Cabeza, donde J. H., que se había prodigado menos en la compra de música y también en el atiborramiento de cerveza, dejó a J. L. a unos pasos de su casa y me condujo a mí hasta Leganés. 

America's Greatest Hits/ History, 5 de diciembre de 1996.

martes, 13 de septiembre de 2016

La literatura musical como génesis.

La literatura musical (biografías, autobiografías, ensayos, críticas, crónicas, etc.) ofrece principalmente al comprador de compactos la posibilidad de reforzar el gusto o recuperar la música de grupos y artistas de los que ya se tiene suficiente discografía, o bien, la oportunidad, si el texto es lo suficientemente sugerente, de iniciarse o profundizar en la discografía de aquéllos a los que se ha prestado primero una mayor atención literaria que musical. Es el caso de Genesis, de quienes a finales de dos mil diez apenas tenía un par de discos de estudio, un directo y un recopilatorio de su época más conocida. Era un grupo, por lo tanto, por el que sentía cierto gusto, sin más. Entonces, a finales de dos mil diez, animado por D., me compré y empecé a leer El Libro de las Revelaciones, un volumen amplio y detallado en el que, cronológicamente, a modo de entrevista grupal, todos los miembros de la formación, desde sus inicios hasta sus últimas reuniones, participan dando sus impresiones y valoraciones desde una perspectiva principalmente musical, siempre con una sencillez y solvencia impropia de este tipo de literatura, normalmente de mucha complacencia.
La lectura se me hizo muy amena y, como era de prever, me despertó un interés por todos aquellos discos del grupo que no conocía y, a la par que se iban sucediendo las páginas, me impuso su compra casi como un deber. 
El domingo veintitrés de enero de dos mil once durante la sobremesa estuve leyendo aquello que los componentes de Genesis relataban de los discos inmediatamente posteriores a la salida de Peter Gabriel, a mediados de los años setenta, cuando el grupo se redujo a cuarteto.
Por la tarde, aprovechando que había quedado para ver el fútbol con F. y M., cuando el partido televisado hubo terminado me acerqué al centro solamente por hacerme con A trick of the tail, uno de los discos de dicha época. No lo encontré en FNAC y hube de comprarlo en la sección de discos que El Corte Inglés tenía entonces en el arranque de la calle Preciados, donde, aparte de algunas ofertas tibias, los precios eran habitualmente más caros que en cualquier otro sitio y los dependientes de una apatía y desafección cercana a la ofensa. En todo caso, a pesar de que no fuese éste uno de los lugares donde con más gusto se compraban compactos, al quedar la necesidad satisfecha, aquel día lo di por bueno.

A trick of the tail, 23 de enero de 2011.

jueves, 11 de agosto de 2016

Como un camello en un canalón (y II).

Habrá más de uno que diga que, a pesar de lo referido en la entrada anterior, no en todas las ciudades españolas la situación es la misma, que en muchas de ellas, más allá de los grandes almacenes, donde en mayor o menor medida, los espacios musicales, como pueden, subsisten, la presencia de tiendas de discos, si bien menguada, aún es aceptable. Cierto, son más de uno los ejemplos que dan al traste con el panorama general.
En noviembre de dos mil trece, por ejemplo, D. y yo viajamos a Córdoba para celebrar nuestro décimo aniversario. Como suelo, unos días antes anduve buscando en Internet la dirección de alguna tienda de discos; el resultado fue el habitual, según la información que ofrecía Internet, en Córdoba era más fácil hacerse un trineo tirado por renos que con un LP de música cualquiera. Pero, como por suerte Internet en ocasiones es tan concluyente como la intención de un adolescente, una vez allí, cuando dimos con el hotel, casi tanto como la imagen imponente de un templo romano que se levantaba a tan sólo unos metros de él, inesperadamente nos sorprendió, en su misma manzana, la existencia de una tienda de discos de segunda mano. Era tarde y el negocio estaba ya cerrado, pero a la mañana siguiente, aprovechando que D. remoloneaba sin prisa, bajé pronto y anduve curioseando en sus estantes.
El local lo regentaba un hombre de mediana edad, de aspecto desaliñado que, a juzgar por la familiaridad conque era tratado por algunos vecinos que de tanto en tanto se asomaban a la puerta sólo movidos por la curiosidad de saber si el propietario había visto pasar a tal o a cuál, debía llevar media vida al frente del mismo.
La mayor parte de los estantes lo ocupaban discos de vinilo; para compactos sólo conservaba dos vitrinas, ordenadas, al igual que aquéllos, sin interés ni detenimiento. Dentro, en un pequeño almacén, me informó, tenía muchos compactos más, amontonados de igual manera, un poco a la desbandada; eran, apuntó, los que solía llevar de feria en feria por la provincia y otras ciudades del sur de España. No quise molestarle, con lo que había en las dos vitrinas me resultaba suficiente, le dije. Haber tenido que buscar entre los fondos que guardaba en el almacén, supuse, podría llevarse el fin de semana al completo. 
De los cien o ciento cincuenta compactos que contenían las dos vitrinas me decidí, sin muchos rodeos, por uno de Franco Battiato, Como un camello en un canalón, aceptablemente bien conservado y a un precio que, llegado el caso, volvía la valía de su contenido, en un detalle irrelevante. 

Como un camello en un canalón, 9 de noviembre de 2013.

sábado, 9 de julio de 2016

Como un camello en un canalón (I).

Si se tiene pensado visitar alguna ciudad española y, aparte de recorrer sus calles céntricas, museos y demás puntos de interés, quiere uno aprovechar la ocasión y comprar algo de música, para informarse de las posibles opciones que el lugar a visitar pueda ofrecernos, por hacerse una composición primera, lo más sencillo resulta introducir en algún buscador de Internet la expresión “Tiendas de música”, seguida de la ciudad en cuestión. 
Lo mismo da que se visite una ciudad bañada por el Cantábrico u otra donde la temperatura no baje en todo el verano de los cuarenta grados; en general, si se lleva a cabo la búsqueda sugerida, la primera entrada con la que uno invariablemente va a encontrarse es aquella que nos remite al titular de algún periódico local en el que, sin mucha retórica, se anuncia el cierre de la última tienda de discos que permanecía abierta en dicha ciudad.
Por curiosidad malsana, si se aventura uno a leer la noticia al completo, el contenido no ofrece muchas variantes, empezando por la datación. De dos mil nueve a dos mil doce probablemente se cerrasen más tiendas de discos en España que tontos hay tocados con cuernos de reno en nuestras plazas mayores en Navidad.     
La noticia suele venir acompañada de una fotografía en la que aparece el propietario, aún así, sonriente, sobre un fondo de estantes vacíos o a medio liquidar. Se lamenta éste de que el negocio musical ya no sea lo que tiempo atrás, y achaca el fatal descenso de la venta de discos a los factores que todos imaginamos: las descargas digitales gratuitas y el empobrecimiento del consumo en general, especialmente notable en ámbitos culturales cuando la carestía de la vida impone otras prioridades; incluso hay alguno que se aventura a apuntar también el desinterés y amodorramiento cultural generalizado, opinión que parece llevar velado un profundo y amargo menosprecio hacia sus conciudadanos. 
Si aún así, bien por casualidad, bien por descreimiento, llevado a cabo el viaje, se topa uno con el local donde tiempo atrás se abría la tienda en cuestión, el malestar puede hacerse aún mayor al comprobar que los estantes que antes daban cabida a vinilos y compactos, ahora los ocupan, reaprovechados, chucherías, latas de refresco o, en un caso de mayor sofisticación, ofertas inmobiliarias de alquiler y venta.  

martes, 14 de junio de 2016

Los trenes que deberían pasar más tarde.

El mismo día que compraba el recopilatorio de Talking Heads, entre otros, compraba también el Slow train coming de Bob Dylan. 
Sin mucho interés, recientemente, no sé por qué nuevo fervor alrededor de parte de su discografía, he leído decenas de comentarios acerca de la que dentro de ella algunos denominan “Trilogía cristiana”; todos, un poco manidos. No es mi interés darle la vuelta a una filete que ya está demasiado hecho, finalmente este disco de Dylan, que me agrada como pocos suyos, es sencillamente, la excusa para hablar de otro asunto.
De igual manera que sucedió con aquel recopilatorio de Talking Heads, el de Dylan, decía, comprado también el catorce de marzo de dos mil siete, sólo encontró sentido un tiempo después; escucharlo o pensar en él, es volver a una fecha concreta: el veintinueve de septiembre de dos mil diez.
Aquella jornada fue de una anormalidad absoluta. Para aquel día se había convocado una huelga general que, salvo sucesos de mayor violencia, son de los pocos que trastocan la rutina de una siniestra extrañeza. Las calles estaban vacías y apenas circulaban vehículos. 
Pero no sólo el hecho de la huelga general truncaba de anomalía la jornada, en una combinación desgraciada, a dicha convocatoria se le unía el penoso hecho de que ese mismo día se enterraba a la madre de F., en el pueblo toledano de donde era natural. 
El día, a pesar de tanta irregularidad, era tibio y soleado, con ese brillo pausado que tienen los días finales de septiembre antes de dejarse llevar definitivamente por el otoño.
Regresamos del entierro y hube de acercarme al trabajo por comprobar que la jornada de huelga se había desarrollado sin incidencias. Estuve allí un momento y me marché. 
La huelga afectaba también a los servicios ferroviarios, ya de por sí de una irregularidad insoportable. Así que, sin saber muy bien a qué hora pasaría el tren que me llevaría de regreso a Madrid, una vez fuera del trabajo, me senté en la estación de El Pinar de Las Rozas y dejé que la noche fuese cayendo mientras en el iPod sonaba el disco de Dylan.
Hay trenes que como decía el título del disco avanzan lentamente, de igual manera que aquel que me tuvo más de una hora sentado, cansado y resignado, en el andén de la estación; y hay otros que, incomprensiblemente, como el de la muerte, por desgracia, debiendo hacer parada mucho tiempo después, llegan demasiado pronto, frenéticos y demoledores.  
   
Slow train coming, 14 de marzo de 2007.

martes, 10 de mayo de 2016

Cabezas parlantes.

Hay compactos que, llegados a nosotros en determinada fecha, sólo encuentran verdadera atención tiempo después, transcurridos meses, incluso años.
Los últimos días del verano de dos mil siete los pasamos en una pequeña localidad almeriense llamada Las Presillas, de no más de una veintena de habitantes y perteneciente al municipio cercano de Níjar; en una casa baja, seca y adusta como el paisaje circundante. 
Pensado con distancia, aquellos días fueron momentos de cierto significado. D. estaba entonces en el sexto mes de gestación de O., por lo que aquellas vacaciones, se intuía, pondrían un punto y aparte a lo que habían sido todas las nuestras anteriores, y como tal las vivíamos. Por otro, visitábamos un lugar, el Cabo de Gata, que ya en tiempos escolares había recorrido y cuyos escenarios el paso del tiempo había convertido en parte principal del escaso bagaje viajero de uno: el pueblo anteriormente mencionado de Níjar, la localidad costera de San José, las minas abandonadas de Rodalquilar, las playas de Mónsul y Genoveses… Y por otro, y finalmente, aquel momento lo recuerdo también como el primero en que de modo espontáneo, después, eso sí, de haber leído años atrás La Busca - por dos veces, además, una primera en el instituto y una segunda ya terminada la universidad-, me encontré de vuelta ante una novela de Baroja, en este caso El mundo es ansí. No sé qué estímulo o qué otro gancho me condujo de nuevo hasta él, pero aquel título, que aún hoy, y unido a la trama de la novela, me sigue pareciendo de mucha atractivo, fue el arranque de una afición que, como pocas, tiene tanto de pasión como de fijación.
A las conversaciones sobre nuestro incierto otoño, a las visitas por los lugares más relevantes del entorno y también a los momentos de lectura en el interior de la casa, hubo una música que, como sucede siempre, se convirtió en el estribillo principal de aquellos días, la de Talking Heads, en este caso la contenida en un recopilatorio llamado sencillamente The best of…, comprado el catorce de marzo de aquel mismo dos mil siete.
Cuando viajamos, aparte de nuestra habitual “música de viaje”, que va con nosotros como la manga corta en verano o los guantes de lana en invierno, damos cabida de vez en cuando a otros compactos para los que el viaje nos obliga a una escucha más detenida. Ese fue el caso de aquel recopilatorio de Talking Heads, que escuchamos, más que en los trayectos, en la casa de Las Presillas, en un aparato de música algo desvencijado que se había llevado D. 

The best of..., 14 de marzo de 2007.

sábado, 2 de abril de 2016

La actualidad (y II).

Resulta curioso como las noticias y los días se solapan y se amontonan unos sobre otros y lo que fue actualidad, casi inmediatamente, parece crónica remota.
A la muerte de David Bowie, decía, una semana después le siguió la de Glenn Frey, poco antes también de cumplir los setenta. De Glenn Frey, más allá de su carrera con los Eagles, sólo tengo un recopilatorio, Solo Collection, el cual compré recientemente, además de por lo asequible de su precio, por contener una canción por la que siempre he sentido un gusto especial, You belong to the city, evocadora, o al menos así siempre me ha parecido, de toda aquella escenografía urbana propia de la cinematografía americana de los años ochenta.
Pero no voy a detenerme en dicho recopilatorio, que salvo por un par de temas, tiene un tono menor; hablar de Glenn Frey finalmente es hacerlo de los Eagles. ¿Y qué mejor si lo que se busca es hablar del grupo al que durante tantas décadas perteneció que detenernos en su Hotel California, un LP que por más que se escuche sigue sonando contundente y vivo?
Aquel veintiuno de enero de mil novecientos noventa y ocho, como todas las últimas semanas de los eneros universitarios, no tenía clase, pero sí la obligación de preparar los exámenes inminentes. Después de comer, animado por un inesperado sol invernal, bajé caminando hasta Parquesur. Buscaba, sobre todo, endulzar un poco la monotonía académica con el paseo y la compra de algún compacto y, si daba con algo de interés, comprarle también un regalo a mi hermana C., que ese mismo día celebraba su diecinueve cumpleaños.
El compacto de los Eagles lo encontré en la sección musical del supermercado que ocupaba entonces (y aún ahora) gran parte del centro comercial, cuando en dicho departamento el surtido era cuantioso y atractivo.
Siempre he estudiado con música de fondo. Un hábito que he tenido desde tiempos escolares, quizá debido a la necesidad de aislamiento que se genera si se busca algo de concentración y se vive en una modesta casa de unos sesenta metros cuadrados y se es miembro de una familia numerosa. Por este motivo, el compacto de los Eagles, ya desde ese primer día, lo escuché muchas veces entonces, ambientando aquel tiempo de estudio como ningún otro.

Hotel California, 21 de enero de 1998.

domingo, 28 de febrero de 2016

La actualidad (I).

Dice uno de los pocos lectores que tiene este blog que tienen sus líneas un matiz principalmente nostálgico. Podría ser. Siempre que se mira al pasado, además del interés historicista, que también este, en ocasiones, dirige el tono de sus contenidos, la nostalgia y la extrañeza por lo vivido, se pretenda o no, suelen presentarse como guías principales.
En esta ocasión sólo por contradecir en parte a dicho lector, aún a riesgo de contrariarle y de encender sus comentarios, echando la vista atrás como habitualmente, en esta ocasión y pretendiéndolo, vamos a mirar de soslayo al presente.
Este año dos mil dieciséis ha comenzado con las inesperadas muertes de dos músicos, Bowie y Glenn Frey, por cuyos discos ha sentido uno siempre un afecto especial.
Hace un par de entradas decía que de los diez primeros compactos comprados nueve fueron de los Rolling Stones. El décimo, que en orden cronológico fue el segundo, el veinticuatro de marzo de mil novecientos noventa y dos, tres meses después de aquel Their satanic majestic request, fue un recopilatorio de Bowie, Changesbowie.
Entonces, de David Bowie no había escuchado apenas nada, ni tan siquiera en casete tenía un LP suyo. Un tiempo atrás, creo que en septiembre de mil novecientos noventa había estado de gira en Madrid. De la misma, una revista musical a la que entonces era muy asiduo, editaba en uno de sus números un suplemento especial (que aún conservo), en cuya contraportada se publicitaba el recopilatorio y se detallaban las canciones que el mismo contenía.
Aquel veinticuatro de marzo de mil novecientos noventa y dos fue martes, día laborable. Bajé con J. a Parquesur no recuerdo si movido únicamente por la compra de dicho compacto o impulsados por otro motivo; tampoco recuerdo con claridad si la compra del mismo la hice en la sección musical del supermercado principal del centro o en un local que hacía esquina ya en la zona de restauración y ocio, cuando dicho centro comercial no era aún el transatlántico en que actualmente se ha convertido.
Lo que sí recuerdo con nitidez es la cierta decepción que tuve al llegar a casa y comprobar que Changesbowie, en la edición en CD, contenía solamente dieciocho canciones, tres menos (Starman, Life on Mars? y Sound and vision, quedaban fuera) de las que aparecían referenciadas en la contraportada del citado suplemento, ya que dicho recopilatorio en CD era sencillo, y en los formatos casete y disco, doble. Una anomalía que entonces, sólo por el precio de dicho formato, me pareció incomprensible.

Changesbowie, 24 de marzo de 1992.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Déjà Voodoo.

Si de cerrar este irregular e inclasificable año se trata, por buscar un compacto significado sin caer en la evidencia, por unir escenarios y tramas agridulces, más allá de que la compra del mismo se diese dos años atrás y de que musicalmente no me genere un interés especial, recordaré este de Gov´t Mule, Déjà Voodoo, comprado el doce de abril de dos mil trece.
En Madrid eran entonces los días aún inestables y lluviosos, pero en Alicante, adonde viajamos el jueves de aquella semana, la temperatura era mucho más suave y benévola, lejos aún de su característico sofoco estival.
Los motivos que en aquella ocasión nos llevaban hasta allí eran principalmente dos, por un lado la consulta que D. necesitaba hacer en la hemeroteca municipal de una serie de documentos relacionados con la actividad teatral celebrada en la ciudad a comienzos del siglo pasado y, por otro, ajustado el primero a este, el concierto que Loquillo daba aquel mismo sábado en una sala de San Vicente del Raspeig.
El viernes doce D. empleó la mañana en compilar toda la información documental que necesitaba, y yo, sin grandes prisas, en el habitual paseo hasta FNAC, cuyo local en Alicante se sitúa no muy lejos de la estación, en la parte baja de una galería comercial muy poco transitada. A diferencia del de Madrid, además del trato amable de la plantilla empleada en la capital levantina, cuenta este también con la particularidad de ofrecer con frecuencia al comprador de compactos la sorpresa que genera el desorden y la venta moderada. Si se busca alguno en concreto, a pesar de hacerlo guiados por la ordenación alfabética que parece regir la disposición del producto, lo habitual es que toda la sección se encuentre dispuesta con la misma lógica que deja a su paso un torbellino; por lo que es frecuente que el compacto buscado se encuentre en una ubicación inesperada y, además, dada la poca venta de la que parece gozar el género en el Levante español, los precios, en algunos casos, al pertenecer a catálogos vencidos y obsoletos, se encuentren muy por debajo de lo que incluso el más optimista podría esperar.
Aquel día, movido por el anuncio de los primeros grupos confirmados para el inminente Azkena, una práctica que desde hace un par de años se ha convertido en habitual, di con uno de Gov´t Mule, de los que aún no tenía ninguno, a un precio, claro, muy por debajo del que había visto en un par de tiendas madrileñas. 
Desprecinté el compacto sentado en la explanada del paseo marítimo, esperando a D., que llegó, como decía aquella canción incluida en el LP de los Rolling Stones ya citado en una de las primeras entradas de este blog, colorida y primaveral.

Déjà Voodoo, 12 de abril de 2013.

sábado, 5 de diciembre de 2015

El brillante disfraz.

Uno de los muchos prejuicios que se tiene es el de desconfiar, en algunos casos incluso de menospreciar, de aquello que goza de una aceptación masiva. En este sentido, en lo musical, los ejemplos son muchos, sin que el tiempo, y a pesar de la compra y escucha de los discos de estos músicos, haya mejorado en la mayor parte de los casos la valoración de los mismos.
Bruce Springsteen, con matices, es uno de estos casos; esa supremacía que en los años ochenta hacía que cada uno de sus discos se posicionase durante semanas en el número uno de cualquier lista de éxitos, a ojos de un adolescente, que veía en otros una “autenticidad” mayor, resultaba incomprensible y sospechosa. Además, que dentro del círculo de amistades con el que entonces se contaba, gozase de la aceptación y seguimiento de aquellos que apenas sentían un interés musical específico, contribuía también a generar cierto recelo.
De Tunnel of love, en el momento de su aparición, sólo escuché, sin especial interés, los singles que de él se fueron extrayendo y que de continuo se radiaban en las emisoras de la época. Pero cinco años después de su lanzamiento, en mil novecientos noventa y dos, ese disco, y más específicamente una de sus canciones principales, Brilliant Disguise, cobró una repercusión inesperada. Fue en una de las clases finales del primer trimestre de C.O.U., en la que el sustituto de la profesora titular de inglés, entonces enferma, dedicó los cincuenta minutos de la clase a escuchar y traducir dicha canción. En ella se descubría a Bruce Springsteen ilustrando con aparente honestidad y amargura la reciente ruptura de su matrimonio con Julianne Philips, haciendo uso de un tono alejado de la autosuficiencia y contundencia que yo le suponía.
A pesar de ello, del mucho gusto con él que desde entonces escuché Brilliant Disguise, por ese tonto prejuicio que situaba a Springsteen unos peldaños por debajo de otras preferencias, no fue hasta el catorce de noviembre de dos mil que me decidí a comprar el disco que contenía el tema. Y lo hice, sin un empuje específico que ahora recuerde, en una de las tiendas que Madrid Rock tenía entonces en la capital, en la calle Mayor, al término de una de las conferencias a las que de vez en cuando, en aquellos años todavía, asistía con D.; aquella noche también, inesperadamente, acompañados de S. 
Es cierto que después de Tunnel of love, de Bruce Springsteen he comprado más de media docena de discos, de distintas épocas y temáticas, pero como aquel ninguno al que se vuelva con tanto gusto. Lo cual resulta curioso, ya que para sus seguidores, Tunnel of love, alejado de la E Street Band, supone una concesión y, en términos de “autenticidad”, un retroceso... Cuestión de prejuicios, supongo.

Tunnel of love, 14 de noviembre de 2000.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Camino Soria (y III).

A finales de los años noventa, junto a una de las principales calles comerciales de Leganés, la construcción de una manzana de viviendas en lo que anteriormente no había sido más que un solar en desuso, hizo que se generase una amplia plaza donde se abrieron media docena de nuevos negocios, entre ellos la tienda de discos donde aquel trece de octubre de mil novecientos noventa y nueve compré Camino Soria.
Ya entonces, imagino, el negocio musical presentaba claros indicios de declive, por lo que, visto ahora, abrir en aquella época una tienda de discos, con las mismas expectativas de supervivencia que tiene un bloque de hielo en pleno agosto, nos resulta de una audacia rayana en la torpeza.
Quizá me equivoque, pero creo recordar que se trataba de una franquicia vinculada a una de esas cadenas especializadas en la venta por catálogo, no sólo de música, también de películas y principalmente de videojuegos; un local pequeño y ambientado sin mucho énfasis, que apenas visité un par de veces. Este de Gabinete fue el único compacto que allí compré, bien por la corta vida del negocio, que no sé si llegaría a cumplir el año, bien porque aquel sólo se prestaba, dado el surtido y el poco atractivo del local, de igual manera que las tiendas de ultramarinos regentadas por chinos, a la atención de emergencias. Y la compra de Camino Soria, impulsado por un impreciso y pasajero sentir nostálgico, entonces lo fue.
A comienzos de aquel otoño de mil novecientos noventa y nueve, terminada la carrera y después de haber trabajado durante el verano, me encontraba desempleado y viviendo en casa de mis padres, lo cual era todavía parte de un guión aceptable. Sin más obligaciones, las fiestas de San Nicasio, que se dan a mediados de octubre, me tuvieron un par de noches en danza por las calles del barrio. Siendo niño, estas fiestas se presentaban siempre como el primer escalón que nos conducía a todos los escolares de la infancia a la adolescencia; pasada esta y mediada la veintena, como principal atractivo, si acaso, sólo quedaba el recuentro con amistades a las que los años, principalmente esas mismas, las escolares, habían ido alejando. Al hilo de esta circunstancia, imagino que, teniendo en cuenta que Camino Soria (en formato cinta) había marcado los últimos años de colegio, el encuentro entonces con antiguos compañeros del mismo, incentivó el deseo de retomar dicho disco; y hacerlo en formato compacto, siendo este uno de los primeros que tuve original en ambos, se impondría en aquel momento como una necesidad inexcusable.

sábado, 3 de octubre de 2015

Camino Soria (II).

Hay quienes, tras media vida de esfuerzo y reflexión, conceden al azar el privilegio indiscutible de la precisión matemática. Cada hecho, en apariencia aleatorio y deslavazado, según estos, entre ellos el húngaro Arthur Koestler, responde a un orden en absoluto casual e inconexo donde las coincidencias no son tales, sino axiomas perfectamente definidos y mesurables de cuya naturaleza aún se desconoce la mayor parte. Complicado empeño, si bien, vectores para el análisis existen.
El primer formato en que tuve Camino Soria fue en casete, que compré, también con su anécdota, que en esta ocasión no viene al caso, en marzo de mil novecientos ochenta y ocho. Entonces, a esa edad, tener un casete, una fortuna esporádica y costosa, era tan infrecuente como haber estrenado zapatillas, que, una vez calzadas, hasta ducharte con ellas se entendía como un acto perfectamente normal.
Trillé aquella cinta con devoción durante años y, de igual manera que sucede con los primeros amores y otros recuerdos infantiles, sus canciones se fijaron a la identidad de uno como la carcoma a la madera.
La preeminencia del compacto como formato musical doméstico, algunos años después, trajo consigo que muchos casetes, comprados o grabados, fuesen poco a poco siendo reemplazados por sus versiones en formato CD. Entre ellos, claro, Camino Soria.
No hace mucho leí el libro que Jesús Rodríguez Lenin dedica a Gabinete Caligari. En él se relata y analiza en detalle el ascenso y posterior decadencia del trío, su progresiva pérdida de popularidad, un último disco, Subid la música, para nada mediocre, y el momento en que Jaime Urrutia decide poner punto final al grupo, en una reunión rutinaria de la sociedad que junto a Edi Clavo y Ferni Presas formaba, el trece de octubre de mil novecientos noventa y nueve.
Animado por un motivo impreciso, me fui entonces al listado donde tengo cronológicamente apuntados todos los compactos de la colección, por ver en qué compras musicales andaba uno por aquellas fechas. Y sí, con gran sorpresa y cierto deleite al comprobar que, por más que a nosotros se nos escape, hay detalles que se hilvanan solos sin necesidad de atención y esfuerzo, aquel trece de octubre de mil novecientos noventa y nueve, mientras Jaime Urrutia decidía dar portazo definitivo a Gabinete, yo me encontraba comprando en formato CD su Camino Soria
Si esta coincidencia responde a un orden matemático-azaroso de mayor proyección y sentido, no seré yo quién lo investigue, pero si alguien se anima, los anteriores son los datos.

Camino Soria, 13 de octubre de 1999.

martes, 22 de septiembre de 2015

Camino Soria (I).

Se insiste cada vez más, sean las publicaciones más o menos sesudas, noticieros generales o de ámbitos específicos, en incluir con el mismo protagonismo que titulares de actualidad y relevancia, clasificaciones, esquematizaciones y pautas de análisis y atención del tipo: “Los ocho errores que no se han de cometer a la hora de elegir asiento en un autobús de línea”, “Los cinco mejores restaurantes madrileños con mantelería de papel y cubertería de plástico”, “Las diez canciones más estimulantes para comenzar el día en que te transplantan un riñón”, etc.
Habrá algunas, no lo discuto, que puedan resultar de cierta utilidad, pero la mayor parte, además de tendenciosas y fragmentarias, son tan innecesarias y estúpidas como las decisiones que se toman con el cerebro atestado de cerveza.
Aún así, como uno es permeable a muchas tendencias, principalmente si estas se nos presentan inofensivas y se piensa no vayan a transcender el ámbito de lo privado, hace unas semanas D. y yo nos propusimos establecer un ranking con los mejores diez discos de la historia, a juicio de cada uno, claro.
Las pautas para conformar dicho decálogo que, como todo, también en asuntos de ocio, hay reglas que nos condicionan, eran las siguientes: habrían de ser discos de artistas extranjeros, es decir, nada de música en castellano; discos recopilatorios y discos en directo quedarían excluidos; y, como tercera y última pauta, todos los discos seleccionados deberíamos tenerlos en formato compacto.
El ejercicio tuvo su gracia. Gran parte de la tarea, se da cuenta uno, inconscientemente, se ha ido resolviendo con el paso de los años, y hay discos que, en cuanto te detienes a pensarlo, se imponen espontáneamente como recuerdos e imágenes que se habían dado por olvidadas.
Repasé todos los estantes de la habitación de estudio, uno por uno, compacto a compacto, hasta que tuve una preselección de unos dieciocho. Hecha esta, ajustar los diez resultó menos complicado de lo que había pensado, incluso ordenarlos de la primera a la décima posición. 
Una vez compartidas las selecciones, descartes incluidos, han llegado las conversaciones entorno a las mismas y la posibilidad de hacer otras nuevas con distintos condicionantes y objetivos. De entre todas, como le decía a D., hay una para la que no tendría que pensar demasiado: aquella que destacase los mejores discos en castellano; quizá para situar del segundo al décimo puesto sí que tendría que darle alguna vuelta, pero para reseñar el mejor disco en castellano, Camino Soria, de Gabinete Caligari, está, por distintos motivos, muy por delante de todos los demás; incluso, diría, de cualquier disco, nacional o extranjero.     

domingo, 16 de agosto de 2015

El cambio de estación.

Si bien a este verano impasible aún le quedan unas cuantas semanas de calor, para aquellos a quienes el otoño se nos ha figurado siempre como la estación del año más estimulante, agosto, más que la cima del verano, es en cierta manera un peldaño de bajada, la antesala de septiembre, el arranque de la estación, que sobre todo en los mediodías y noches de bochorno estival, más se extraña.
Serían decenas los compactos en los que podría detenerme como propios de esta época, y he pensado durante un momento en muchos de ellos, pero, no sé por qué, finalmente me he decidido por dos que compré el diecisiete de agosto de dos mil tres; uno, un recopilatorio de Nick Drake, del cual había leído una reseña en un suplemento cultural, y otro, The Queen is dead, de The Smiths; ambos destinados a ambientar, no sé si intencionadamente o no, los preparativos del viaje a Londres que, en compañía de parte de mis amigos más cercanos, tenía planeado para finales de octubre de ese mismo año.
Eran aquellas semanas, momentos también de pérdida e incertidumbre.
Aquél día libré. M. y B., de vacaciones, me habían pedido el favor de que me acercase un par de veces por semana a su casa para regarles las plantas. Ella, siempre tan detallista, en agradecimiento, el primer día que fui me encontré con que me había dejado un par de tarjetas de regalo de Fnac.
Aquel día aproveché la libranza para gastar una de las dos tarjetas en la compra de estos compactos.
El disco recopilatorio de Nick Drake, a quien luego he leído citado decenas de veces como referente siempre de músicos que me cargan por su impostura y apatía, realmente no me desagradó. Era suave, tristón y reflexivo; pero no pasó de aquellas semanas. Si echo mano de él, tan sólo con ver su portada y las fotos de su libreto, como ya en su momento citaba, en aquel verano de dos mil tres, no hay sentimientos que se impongan tanto como “la nostalgia, el desánimo y la insatisfacción.”
Echar mano de la opinión del redactor de algún suplemento cultural o de alguna revista musical a la hora de comprar un compacto ha sido algo que he llevado a cabo no siempre con mucho acierto, si bien, el disco de Nick Drake, por más que apenas sienta deseos de escucharlo una o dos veces al año, no entraría dentro de los primeros puestos de torpezas cometidas en este sentido.
The Queen is dead, en cambio, sí que es un disco al que vuelvo con asiduidad, especialmente a finales del verano y a comienzos del otoño. Este compacto hace mala la teoría que da por supuesto que comenzar un disco con un tema potente y atrayente es definitivo. De las diez canciones que lo componen, quizá la primera, un desconcertante engrudo sonoro, sea la única que no esté a nivel. El resto, una a una, resultan canciones fantásticas, cada una resuelta como esas secuencias en las películas de acción en las que el protagonista saca adelante con agilidad y determinación las situaciones comprometidas que se le van presentando. De Frankly, Mr Shankly, pasando por Cemetry gates – con las citas a Yeats, Keats y Wilde-, a Some girls are bigger than others, la canción que cierra el disco, cuyo título no admite réplica, el disco de The Smiths se mantiene siempre, escucha tras escucha, año tras año, como la promesa entusiasta de un otoño mejor.


Way to blue & The Queen is dead, 17 de agosto de 2003.