Uno de los debates más recurrentes de los últimos tiempos es aquel que pretende analizar, de una manera más o menos intuitiva, cómo el turismo ha malogrado el casco histórico de las principales ciudades europeas. Existen opiniones a favor y otras, normalmente furibundas, en contra; en lo que siempre se observa cierta concordia es en la presunción que tienen ambas partes de pensar que cuando son ellos los turistas el perjuicio para el lugar visitado es imperceptible, al contrario, se está plenamente convencido de que su estancia en cualquier destino tiene la misma connotación beatífica que un advenimiento celestial.
Son ganas de perder el tiempo. Llegados a este punto, al menos en el caso de Madrid, lo más razonable es aceptar que su centro histórico, aquel que nos legaron los Habsburgo, nunca será el que conocimos hace poco menos de treinta años, silencioso y despejado. De igual modo, seguramente que para aquél que lo conoció durante los años cincuenta del siglo pasado sería un lugar irreconocible unas décadas después, cuando nosotros comenzamos a menudear por sus calles. En todo caso, eso sí, se conservan rincones y negocios que frecuentados a determinados días y horas, aún permanecen indiferentes a la marabunta turística.
La Costanilla de los Ángeles, siendo una vía céntrica, se beneficia de la comunicación más rápida y vistosa de otras calles adyacentes para mantenerse en una cierta penumbra, olvidada del paso que sugieren los dispositivos electrónicos. Bangladesh se sitúa a la mitad de su trazado, en una fachada donde la luz de las farolas parecen compensar en intensidad el fulgor de la Gran Vía, a tan solo unas manzanas. Su escaparate da la impresión de haber sido esmerilado por la polución y el abandono, pero no es así, observado a un palmo, esa falta de lustre es ilusoria, a pesar de que sus focos tengan el brillo de las hojas secas, pocos comercios de la zona tienen una rotación de lo expuesto tan constante y un producto tan variado y fino. Su interior mantiene el mismo tono. Cuenta D. que, una vez que le pidió hacer uso del aseo del sótano al dependiente, un hombre muy afable al que conocimos hace unas décadas al frente de Yunke, en la planta inferior se amontonan muchos más cedés y vinilos que en la planta abierta al público. Si en uno de nuestros viajes a cualquiera otra ciudad europea diésemos con un establecimiento como Bangladesh, sin duda, emplearíamos en recorrer sus paneles metálicos y sus cubetas de cartón toda una tarde. La proximidad en este caso hace que lo digiramos con cierta moderación, sin llegar nunca al empacho.
Este disco de Tim Bowness, tan impredecible, surgió hace unos cuantos años de una de las pilas de cedés que rotulan con el sugerente reclamo de Rock Progresivo.
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| Lost in the ghost light, 3 de enero de 2022. |
