Unos
días después, el doce de abril de dos mil, ya establecido en la habitación
compartida del piso de la calle Segovia, compré el que habría de ser primer compacto
de aquella nueva etapa: En concierto,
de Hilario Camacho.
No
lo hice en la tienda a la que me refería en la entrada anterior, pero sí en el
mismo centro comercial, en la sección de discos del supermercado que se abría
en la planta baja del mismo.
Este
compacto, pensado con detenimiento, como otros muchos de imprevistos vértices,
guarda consigo el recuerdo de tres momentos bien espaciados.
El
primero, tomado de la primavera de mil novecientos noventa y siete, me tiene
sentado al escritorio de la habitación que ocupaba en la casa familiar, afanado
en las tareas universitarias del momento, tan pendiente de estas como de la
música que el pequeño radiocasete, lejos de la magnificencia de la cadena
musical que permanecía emplazada en el salón, sintonizaba. Entonces escuché por
primera vez Oye, niña; una canción
que anduvo rondándome un tiempo con agrado, si bien no lo
suficiente como para que me tomase en serio la compra del compacto que la contenía.
Tres
años después, relegado a los estantes de las series medias que tantas
inesperadas alegrías suelen presentar, di con él, en el citado supermercado, a
un precio innegociable. Recuerdo escucharlo entonces en el salón de la casa
recién estrenada, donde uno de los compañeros de piso había colocado un pequeño
equipo de música, que funcionaba con la desesperante irregularidad que sólo
tienen los cacharros viejos y descuidados, sentado en uno de sus sofás, a tono
con la quiebra del aparato eléctrico, mirando por los ventanales, pensando en
las posibilidades y contrariedades a las que se prestaban aquellos nuevos días.
En concierto, de Hilario Camacho, el único que del cantautor madrileño he comprado, no ha sido nunca un
compacto que haya escuchado con asiduidad. Aún así, por encima de otros, en la
memoria mantengo perfilado el momento en que leí que Hilario Camacho se había
suicidado. Fue en una revista musical, en el arranque del otoño de dos mil
seis, mientras caminaba por la calle Delicias. En el mismo, que aún debo
conservar archivado, aparte de unas breves líneas alrededor de la obra del
músico, al hilo de una nota que había dejado junto a sí, se ponía cierto
interés en las razones que parecían haberle llevado al suicidio.
Después de su muerte, de igual modo que se hace al releer una novela de Agatha Christie, atento a cada uno de los pasos de sus personajes, buscando comprensión al desenlace que ya conocemos, condicionado por su suicidio, así he vuelto desde entonces siempre al disco de Hilario Camacho, buscando algún indicio del desenlace. Lo cual, por más que uno se empeñe, no tiene especial sentido.
Después de su muerte, de igual modo que se hace al releer una novela de Agatha Christie, atento a cada uno de los pasos de sus personajes, buscando comprensión al desenlace que ya conocemos, condicionado por su suicidio, así he vuelto desde entonces siempre al disco de Hilario Camacho, buscando algún indicio del desenlace. Lo cual, por más que uno se empeñe, no tiene especial sentido.