domingo, 19 de abril de 2015

Cuerpo de ola.

Unos días después, el doce de abril de dos mil, ya establecido en la habitación compartida del piso de la calle Segovia, compré el que habría de ser primer compacto de aquella nueva etapa: En concierto, de Hilario Camacho.
No lo hice en la tienda a la que me refería en la entrada anterior, pero sí en el mismo centro comercial, en la sección de discos del supermercado que se abría en la planta baja del mismo.
Este compacto, pensado con detenimiento, como otros muchos de imprevistos vértices, guarda consigo el recuerdo de tres momentos bien espaciados.
El primero, tomado de la primavera de mil novecientos noventa y siete, me tiene sentado al escritorio de la habitación que ocupaba en la casa familiar, afanado en las tareas universitarias del momento, tan pendiente de estas como de la música que el pequeño radiocasete, lejos de la magnificencia de la cadena musical que permanecía emplazada en el salón, sintonizaba. Entonces escuché por primera vez Oye, niña; una canción que anduvo rondándome un tiempo con agrado, si bien no lo suficiente como para que me tomase en serio la compra del compacto que la contenía.
Tres años después, relegado a los estantes de las series medias que tantas inesperadas alegrías suelen presentar, di con él, en el citado supermercado, a un precio innegociable. Recuerdo escucharlo entonces en el salón de la casa recién estrenada, donde uno de los compañeros de piso había colocado un pequeño equipo de música, que funcionaba con la desesperante irregularidad que sólo tienen los cacharros viejos y descuidados, sentado en uno de sus sofás, a tono con la quiebra del aparato eléctrico, mirando por los ventanales, pensando en las posibilidades y contrariedades a las que se prestaban aquellos nuevos días.
En concierto, de Hilario Camacho, el único que del cantautor madrileño he comprado, no ha sido nunca un compacto que haya escuchado con asiduidad. Aún así, por encima de otros, en la memoria mantengo perfilado el momento en que leí que Hilario Camacho se había suicidado. Fue en una revista musical, en el arranque del otoño de dos mil seis, mientras caminaba por la calle Delicias. En el mismo, que aún debo conservar archivado, aparte de unas breves líneas alrededor de la obra del músico, al hilo de una nota que había dejado junto a sí, se ponía cierto interés en las razones que parecían haberle llevado al suicidio.
Después de su muerte, de igual modo que se hace al releer una novela de Agatha Christie, atento a cada uno de los pasos de sus personajes, buscando comprensión al desenlace que ya conocemos, condicionado por su suicidio, así he vuelto desde entonces siempre al disco de Hilario Camacho, buscando algún indicio del desenlace. Lo cual, por más que uno se empeñe, no tiene especial sentido.