miércoles, 28 de diciembre de 2016

Raza y elegancia.

Unos años atrás, recién estrenado el siglo, trabajé durante unos meses en una tienda de ropa del barrio de Salamanca. La consecución del puesto se dio como sólo en el cine estos asuntos parecen resolverse: una mañana caminaba por delante del local, me fije en el anuncio que colgaba de unos de sus escaparates, entré, entregué mi currículum e, intercambiadas un par de frases y sin firma previa de contrato, unos días después me encontraba trabajando.
El negocio era propiedad de un chico bilbaíno que había heredado de su familia la posibilidad de poder dedicarse a lo que más se ajustase a su gusto, dada la solvencia económica de la misma, así como la afición por los tejidos y patrones ingleses, ámbito con el que la familia había ganado reputación y dinero, y que él, con la reciente apertura de dicho local en Madrid, buscaba expandir más allá del norte de España.
La tienda tenía un encargado, un chico madrileño experimentado en estos negocios, al que el bilbaíno había contratado y al que gustaba poner en evidencia ante nosotros, los tres o cuatro dependientes empleados, cuando las cosas no se hacían según su parecer. En algunos casos, si había algún cliente en la tienda, tampoco sentía mucho reparo en levantar el tono de voz para amonestar al encargado y mostrarnos a todos quién era el patrón del barco. Es curioso cómo hay algunos que se tienen por respetables y elegantes con actitudes propias de señoritos ensoberbecidos.
En dicho empleo, de pago irregular y aroma a servilismo doméstico, sólo estuve un par de meses y, aparte del gusto por algún disco que allí escuché, no saqué mucho más.
Se dice que las personas de izquierdas tienen como principal anhelo el dinero, y que de igual manera, las personas de derechas, satisfecho aquél, sólo ambicionan ganar algo de cultura. No sé, es una generalización muy vaga. El hecho es que el chico bilbaíno, sin apenas bagaje musical, le pidió al encargado que se hiciese con algunos discos que estuviesen en línea con “la elegancia y la raza de los trajes que allí se vendían”.  No sé cómo el encargado se plantearía dicho recado, pero lo cierto es que entre los discos que seleccionó y que escuchábamos constantemente en el local, estaba un recopilatorio de Steely Dan que sonaba fantástico y que unos meses después compré, Remastered: The best of…

Remastered: The best of..., 2 de enero de 2002.

martes, 29 de noviembre de 2016

Las segundas partes.

También fue J. L. quien me dio a conocer a otro grupo del que, con el paso de los años, de igual manera que America, que protagonizaba la entrada anterior, he ido apilando casi una docena de compactos.
El arranque del otoño de mil novecientos noventa y nueve, terminada la primera obligación laboral de importancia que tuve, había pensado emplearlo en un nuevo proyecto universitario, un poco por gusto, un poco por esa inercia a la que obligan los estados con los que uno se ha sentido conforme. Sin embargo, por más que la intención primera fuese otra, aquella rutina académica, a la tercera hora lectiva, no tuve más remedio que aceptar que excedía sobradamente lo que entonces buscaba.
Fueron semanas erráticas. Recuerdo inscribirme, por tener un motivo por el que viajar un par de días por semana a Madrid, a un ciclo de conferencias en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, en la Torre de los Lujanes, de igual manera que en otras ocasiones, con la compañía de D. y de G., ya había hecho. Asistía a las conferencias, en este caso centradas en la figura de Carlos V como emperador, y aprovechaba para quedar con unos y con otros; de este modo entretenía los días y dilataba un poco más la transición del ciclo universitario al laboral. 
El jueves cuatro de noviembre, llegado el frío de un modo definitivo, quedé con C. Con ella, los planes han sido siempre parecidos. Entonces y ahora para nuestras citas nos ha gustado siempre revisar antes la cartelera y consensuar alguna película de interés, dar un paseo por el centro y curiosear en alguna tienda de discos o, sencillamente, si hace tiempo que no nos vemos, sentarnos en un bar y poner un poco al día nuestros asuntos.
Aquella tarde, dada la desocupación propia de la edad, estuvimos primero en la Filmoteca viendo Muerte en Venecia, la cual no recuerdo con especial agrado, comprando algo de música en FNAC y tomando unas cervezas por el centro. 
Atraído por la portada, que erróneamente supuse de Klee, en FNAC me decidí por un compacto de Marillion, Holidays in Eden, de quienes entonces no tenía nada original. A J. L. le había escuchado decir, al hilo de aquellos discos que en su momento me había prestado, que a él sólo le gustaba la primera etapa del grupo, aquella que tenía como voz solista a Fish, y no la posterior en la que Steve Hogarth relevó a éste como cantante. Holidays in Eden, supe después, era el segundo disco de esta segunda etapa del grupo, lo cual, de partida, me condicionó e hizo que durante un tiempo lo escuchase sin apenas interés.

Holidays in Eden, 4 de noviembre de 1999.

martes, 25 de octubre de 2016

America se escribe con "H".

Hace unos años decía D., entre la extrañeza y la complacencia, que hay grupos, como America, de los que uno, sin pretenderlo y con una regularidad casi imperceptible, cuando se repara, puede haberse hecho con más de una docena de compactos. 
Sí, es curioso como de algunos músicos, sin intención ni deseo específico, con la misma cadencia con que se suceden los años, cada cierto tiempo le da a uno por hacerse con algún otro disco suyo. 
Tocaba a su fin aquel otoño apagado y silencioso de mil novecientos noventa y seis cuando, movido por un enfado con su novia, J. L., que en los meses anteriores había quedado voluntariamente apartado de los continuos planes festivos del grupo universitario, nos propuso a J. H. y a mí salir a tomar algo; era la noche del cinco de diciembre, víspera de puente. Él mismo, J. L., había sido quien primero me había prestado, un par de años antes, un disco de America: una edición en vinilo que contenía las canciones más destacadas de los primeros cinco discos de estudio del grupo, entonces trío: America´s Greatest Hits/ History. 
Aquella noche de diciembre FNAC abría sus puertas exclusivamente para sus socios, que, tal y como se publicitaba, “podrían realizar sus compras habituales con un descuento especial”. J. L. era entonces socio y tenía además un par de invitaciones, así que el arranque de la noche decidimos hacerlo allí. 
El recopilatorio de America, entonces ya un clásico de las series medias, con el descuento puntual del evento, se quedaba a un precio que no se prestaba a indecisión alguna. 
Después de hacer cada uno sus compras bajamos a la planta sótano, donde a los socios, por si acaso no encontraban estímulo suficiente en lo atractivo de los descuentos, se les obsequiaba también con unas copitas de champán; en nuestro caso, con bastantes más de las unidades que habíamos comprado. 
Y si America reunía en dicho compacto los primeros éxitos de su carrera, digamos que nosotros, dado que J. L. apenas había sido de la partida, agrupamos y recorrimos aquella noche junto a él los barrios y bares que habían marcado los meses primeros de aquel mil novecientos noventa y seis: "El Ribeiro", aquella taberna gallega cercana a Plaza de España, que nos había enganchado a todos por lo barato de sus vinos y la generosidad de sus tapas, el Gin Kas, donde Ch., cordial e impertérrito, nos atendía y daba toda la conversación de que fuésemos capaces, El Penta, local incombustible y ameno… El entusiasmo febril de la noche dio con nosotros, bien entrada la madrugada, bajo el desaparecido puente de Santa María de la Cabeza, donde J. H., que se había prodigado menos en la compra de música y también en el atiborramiento de cerveza, dejó a J. L. a unos pasos de su casa y me condujo a mí hasta Leganés. 

America's Greatest Hits/ History, 5 de diciembre de 1996.

martes, 13 de septiembre de 2016

La literatura musical como génesis.

La literatura musical (biografías, autobiografías, ensayos, críticas, crónicas, etc.) ofrece principalmente al comprador de compactos la posibilidad de reforzar el gusto o recuperar la música de grupos y artistas de los que ya se tiene suficiente discografía, o bien, la oportunidad, si el texto es lo suficientemente sugerente, de iniciarse o profundizar en la discografía de aquéllos a los que se ha prestado primero una mayor atención literaria que musical. Es el caso de Genesis, de quienes a finales de dos mil diez apenas tenía un par de discos de estudio, un directo y un recopilatorio de su época más conocida. Era un grupo, por lo tanto, por el que sentía cierto gusto, sin más. Entonces, a finales de dos mil diez, animado por D., me compré y empecé a leer El Libro de las Revelaciones, un volumen amplio y detallado en el que, cronológicamente, a modo de entrevista grupal, todos los miembros de la formación, desde sus inicios hasta sus últimas reuniones, participan dando sus impresiones y valoraciones desde una perspectiva principalmente musical, siempre con una sencillez y solvencia impropia de este tipo de literatura, normalmente de mucha complacencia.
La lectura se me hizo muy amena y, como era de prever, me despertó un interés por todos aquellos discos del grupo que no conocía y, a la par que se iban sucediendo las páginas, me impuso su compra casi como un deber. 
El domingo veintitrés de enero de dos mil once durante la sobremesa estuve leyendo aquello que los componentes de Genesis relataban de los discos inmediatamente posteriores a la salida de Peter Gabriel, a mediados de los años setenta, cuando el grupo se redujo a cuarteto.
Por la tarde, aprovechando que había quedado para ver el fútbol con F. y M., cuando el partido televisado hubo terminado me acerqué al centro solamente por hacerme con A trick of the tail, uno de los discos de dicha época. No lo encontré en FNAC y hube de comprarlo en la sección de discos que El Corte Inglés tenía entonces en el arranque de la calle Preciados, donde, aparte de algunas ofertas tibias, los precios eran habitualmente más caros que en cualquier otro sitio y los dependientes de una apatía y desafección cercana a la ofensa. En todo caso, a pesar de que no fuese éste uno de los lugares donde con más gusto se compraban compactos, al quedar la necesidad satisfecha, aquel día lo di por bueno.

A trick of the tail, 23 de enero de 2011.

jueves, 11 de agosto de 2016

Como un camello en un canalón (y II).

Habrá más de uno que diga que, a pesar de lo referido en la entrada anterior, no en todas las ciudades españolas la situación es la misma, que en muchas de ellas, más allá de los grandes almacenes, donde en mayor o menor medida, los espacios musicales, como pueden, subsisten, la presencia de tiendas de discos, si bien menguada, aún es aceptable. Cierto, son más de uno los ejemplos que dan al traste con el panorama general.
En noviembre de dos mil trece, por ejemplo, D. y yo viajamos a Córdoba para celebrar nuestro décimo aniversario. Como suelo, unos días antes anduve buscando en Internet la dirección de alguna tienda de discos; el resultado fue el habitual, según la información que ofrecía Internet, en Córdoba era más fácil hacerse un trineo tirado por renos que con un LP de música cualquiera. Pero, como por suerte Internet en ocasiones es tan concluyente como la intención de un adolescente, una vez allí, cuando dimos con el hotel, casi tanto como la imagen imponente de un templo romano que se levantaba a tan sólo unos metros de él, inesperadamente nos sorprendió, en su misma manzana, la existencia de una tienda de discos de segunda mano. Era tarde y el negocio estaba ya cerrado, pero a la mañana siguiente, aprovechando que D. remoloneaba sin prisa, bajé pronto y anduve curioseando en sus estantes.
El local lo regentaba un hombre de mediana edad, de aspecto desaliñado que, a juzgar por la familiaridad conque era tratado por algunos vecinos que de tanto en tanto se asomaban a la puerta sólo movidos por la curiosidad de saber si el propietario había visto pasar a tal o a cuál, debía llevar media vida al frente del mismo.
La mayor parte de los estantes lo ocupaban discos de vinilo; para compactos sólo conservaba dos vitrinas, ordenadas, al igual que aquéllos, sin interés ni detenimiento. Dentro, en un pequeño almacén, me informó, tenía muchos compactos más, amontonados de igual manera, un poco a la desbandada; eran, apuntó, los que solía llevar de feria en feria por la provincia y otras ciudades del sur de España. No quise molestarle, con lo que había en las dos vitrinas me resultaba suficiente, le dije. Haber tenido que buscar entre los fondos que guardaba en el almacén, supuse, podría llevarse el fin de semana al completo. 
De los cien o ciento cincuenta compactos que contenían las dos vitrinas me decidí, sin muchos rodeos, por uno de Franco Battiato, Como un camello en un canalón, aceptablemente bien conservado y a un precio que, llegado el caso, volvía la valía de su contenido, en un detalle irrelevante. 

Como un camello en un canalón, 9 de noviembre de 2013.

sábado, 9 de julio de 2016

Como un camello en un canalón (I).

Si se tiene pensado visitar alguna ciudad española y, aparte de recorrer sus calles céntricas, museos y demás puntos de interés, quiere uno aprovechar la ocasión y comprar algo de música, para informarse de las posibles opciones que el lugar a visitar pueda ofrecernos, por hacerse una composición primera, lo más sencillo resulta introducir en algún buscador de Internet la expresión “Tiendas de música”, seguida de la ciudad en cuestión. 
Lo mismo da que se visite una ciudad bañada por el Cantábrico u otra donde la temperatura no baje en todo el verano de los cuarenta grados; en general, si se lleva a cabo la búsqueda sugerida, la primera entrada con la que uno invariablemente va a encontrarse es aquella que nos remite al titular de algún periódico local en el que, sin mucha retórica, se anuncia el cierre de la última tienda de discos que permanecía abierta en dicha ciudad.
Por curiosidad malsana, si se aventura uno a leer la noticia al completo, el contenido no ofrece muchas variantes, empezando por la datación. De dos mil nueve a dos mil doce probablemente se cerrasen más tiendas de discos en España que tontos hay tocados con cuernos de reno en nuestras plazas mayores en Navidad.     
La noticia suele venir acompañada de una fotografía en la que aparece el propietario, aún así, sonriente, sobre un fondo de estantes vacíos o a medio liquidar. Se lamenta éste de que el negocio musical ya no sea lo que tiempo atrás, y achaca el fatal descenso de la venta de discos a los factores que todos imaginamos: las descargas digitales gratuitas y el empobrecimiento del consumo en general, especialmente notable en ámbitos culturales cuando la carestía de la vida impone otras prioridades; incluso hay alguno que se aventura a apuntar también el desinterés y amodorramiento cultural generalizado, opinión que parece llevar velado un profundo y amargo menosprecio hacia sus conciudadanos. 
Si aún así, bien por casualidad, bien por descreimiento, llevado a cabo el viaje, se topa uno con el local donde tiempo atrás se abría la tienda en cuestión, el malestar puede hacerse aún mayor al comprobar que los estantes que antes daban cabida a vinilos y compactos, ahora los ocupan, reaprovechados, chucherías, latas de refresco o, en un caso de mayor sofisticación, ofertas inmobiliarias de alquiler y venta.  

martes, 14 de junio de 2016

Los trenes que deberían pasar más tarde.

El mismo día que compraba el recopilatorio de Talking Heads, entre otros, compraba también el Slow train coming de Bob Dylan. 
Sin mucho interés, recientemente, no sé por qué nuevo fervor alrededor de parte de su discografía, he leído decenas de comentarios acerca de la que dentro de ella algunos denominan “Trilogía cristiana”; todos, un poco manidos. No es mi interés darle la vuelta a una filete que ya está demasiado hecho, finalmente este disco de Dylan, que me agrada como pocos suyos, es sencillamente, la excusa para hablar de otro asunto.
De igual manera que sucedió con aquel recopilatorio de Talking Heads, el de Dylan, decía, comprado también el catorce de marzo de dos mil siete, sólo encontró sentido un tiempo después; escucharlo o pensar en él, es volver a una fecha concreta: el veintinueve de septiembre de dos mil diez.
Aquella jornada fue de una anormalidad absoluta. Para aquel día se había convocado una huelga general que, salvo sucesos de mayor violencia, son de los pocos que trastocan la rutina de una siniestra extrañeza. Las calles estaban vacías y apenas circulaban vehículos. 
Pero no sólo el hecho de la huelga general truncaba de anomalía la jornada, en una combinación desgraciada, a dicha convocatoria se le unía el penoso hecho de que ese mismo día se enterraba a la madre de F., en el pueblo toledano de donde era natural. 
El día, a pesar de tanta irregularidad, era tibio y soleado, con ese brillo pausado que tienen los días finales de septiembre antes de dejarse llevar definitivamente por el otoño.
Regresamos del entierro y hube de acercarme al trabajo por comprobar que la jornada de huelga se había desarrollado sin incidencias. Estuve allí un momento y me marché. 
La huelga afectaba también a los servicios ferroviarios, ya de por sí de una irregularidad insoportable. Así que, sin saber muy bien a qué hora pasaría el tren que me llevaría de regreso a Madrid, una vez fuera del trabajo, me senté en la estación de El Pinar de Las Rozas y dejé que la noche fuese cayendo mientras en el iPod sonaba el disco de Dylan.
Hay trenes que como decía el título del disco avanzan lentamente, de igual manera que aquel que me tuvo más de una hora sentado, cansado y resignado, en el andén de la estación; y hay otros que, incomprensiblemente, como el de la muerte, por desgracia, debiendo hacer parada mucho tiempo después, llegan demasiado pronto, frenéticos y demoledores.  
   
Slow train coming, 14 de marzo de 2007.

martes, 10 de mayo de 2016

Cabezas parlantes.

Hay compactos que, llegados a nosotros en determinada fecha, sólo encuentran verdadera atención tiempo después, transcurridos meses, incluso años.
Los últimos días del verano de dos mil siete los pasamos en una pequeña localidad almeriense llamada Las Presillas, de no más de una veintena de habitantes y perteneciente al municipio cercano de Níjar; en una casa baja, seca y adusta como el paisaje circundante. 
Pensado con distancia, aquellos días fueron momentos de cierto significado. D. estaba entonces en el sexto mes de gestación de O., por lo que aquellas vacaciones, se intuía, pondrían un punto y aparte a lo que habían sido todas las nuestras anteriores, y como tal las vivíamos. Por otro, visitábamos un lugar, el Cabo de Gata, que ya en tiempos escolares había recorrido y cuyos escenarios el paso del tiempo había convertido en parte principal del escaso bagaje viajero de uno: el pueblo anteriormente mencionado de Níjar, la localidad costera de San José, las minas abandonadas de Rodalquilar, las playas de Mónsul y Genoveses… Y por otro, y finalmente, aquel momento lo recuerdo también como el primero en que de modo espontáneo, después, eso sí, de haber leído años atrás La Busca - por dos veces, además, una primera en el instituto y una segunda ya terminada la universidad-, me encontré de vuelta ante una novela de Baroja, en este caso El mundo es ansí. No sé qué estímulo o qué otro gancho me condujo de nuevo hasta él, pero aquel título, que aún hoy, y unido a la trama de la novela, me sigue pareciendo de mucha atractivo, fue el arranque de una afición que, como pocas, tiene tanto de pasión como de fijación.
A las conversaciones sobre nuestro incierto otoño, a las visitas por los lugares más relevantes del entorno y también a los momentos de lectura en el interior de la casa, hubo una música que, como sucede siempre, se convirtió en el estribillo principal de aquellos días, la de Talking Heads, en este caso la contenida en un recopilatorio llamado sencillamente The best of…, comprado el catorce de marzo de aquel mismo dos mil siete.
Cuando viajamos, aparte de nuestra habitual “música de viaje”, que va con nosotros como la manga corta en verano o los guantes de lana en invierno, damos cabida de vez en cuando a otros compactos para los que el viaje nos obliga a una escucha más detenida. Ese fue el caso de aquel recopilatorio de Talking Heads, que escuchamos, más que en los trayectos, en la casa de Las Presillas, en un aparato de música algo desvencijado que se había llevado D. 

The best of..., 14 de marzo de 2007.

sábado, 2 de abril de 2016

La actualidad (y II).

Resulta curioso como las noticias y los días se solapan y se amontonan unos sobre otros y lo que fue actualidad, casi inmediatamente, parece crónica remota.
A la muerte de David Bowie, decía, una semana después le siguió la de Glenn Frey, poco antes también de cumplir los setenta. De Glenn Frey, más allá de su carrera con los Eagles, sólo tengo un recopilatorio, Solo Collection, el cual compré recientemente, además de por lo asequible de su precio, por contener una canción por la que siempre he sentido un gusto especial, You belong to the city, evocadora, o al menos así siempre me ha parecido, de toda aquella escenografía urbana propia de la cinematografía americana de los años ochenta.
Pero no voy a detenerme en dicho recopilatorio, que salvo por un par de temas, tiene un tono menor; hablar de Glenn Frey finalmente es hacerlo de los Eagles. ¿Y qué mejor si lo que se busca es hablar del grupo al que durante tantas décadas perteneció que detenernos en su Hotel California, un LP que por más que se escuche sigue sonando contundente y vivo?
Aquel veintiuno de enero de mil novecientos noventa y ocho, como todas las últimas semanas de los eneros universitarios, no tenía clase, pero sí la obligación de preparar los exámenes inminentes. Después de comer, animado por un inesperado sol invernal, bajé caminando hasta Parquesur. Buscaba, sobre todo, endulzar un poco la monotonía académica con el paseo y la compra de algún compacto y, si daba con algo de interés, comprarle también un regalo a mi hermana C., que ese mismo día celebraba su diecinueve cumpleaños.
El compacto de los Eagles lo encontré en la sección musical del supermercado que ocupaba entonces (y aún ahora) gran parte del centro comercial, cuando en dicho departamento el surtido era cuantioso y atractivo.
Siempre he estudiado con música de fondo. Un hábito que he tenido desde tiempos escolares, quizá debido a la necesidad de aislamiento que se genera si se busca algo de concentración y se vive en una modesta casa de unos sesenta metros cuadrados y se es miembro de una familia numerosa. Por este motivo, el compacto de los Eagles, ya desde ese primer día, lo escuché muchas veces entonces, ambientando aquel tiempo de estudio como ningún otro.

Hotel California, 21 de enero de 1998.

domingo, 28 de febrero de 2016

La actualidad (I).

Dice uno de los pocos lectores que tiene este blog que tienen sus líneas un matiz principalmente nostálgico. Podría ser. Siempre que se mira al pasado, además del interés historicista, que también este, en ocasiones, dirige el tono de sus contenidos, la nostalgia y la extrañeza por lo vivido, se pretenda o no, suelen presentarse como guías principales.
En esta ocasión sólo por contradecir en parte a dicho lector, aún a riesgo de contrariarle y de encender sus comentarios, echando la vista atrás como habitualmente, en esta ocasión y pretendiéndolo, vamos a mirar de soslayo al presente.
Este año dos mil dieciséis ha comenzado con las inesperadas muertes de dos músicos, Bowie y Glenn Frey, por cuyos discos ha sentido uno siempre un afecto especial.
Hace un par de entradas decía que de los diez primeros compactos comprados nueve fueron de los Rolling Stones. El décimo, que en orden cronológico fue el segundo, el veinticuatro de marzo de mil novecientos noventa y dos, tres meses después de aquel Their satanic majestic request, fue un recopilatorio de Bowie, Changesbowie.
Entonces, de David Bowie no había escuchado apenas nada, ni tan siquiera en casete tenía un LP suyo. Un tiempo atrás, creo que en septiembre de mil novecientos noventa había estado de gira en Madrid. De la misma, una revista musical a la que entonces era muy asiduo, editaba en uno de sus números un suplemento especial (que aún conservo), en cuya contraportada se publicitaba el recopilatorio y se detallaban las canciones que el mismo contenía.
Aquel veinticuatro de marzo de mil novecientos noventa y dos fue martes, día laborable. Bajé con J. a Parquesur no recuerdo si movido únicamente por la compra de dicho compacto o impulsados por otro motivo; tampoco recuerdo con claridad si la compra del mismo la hice en la sección musical del supermercado principal del centro o en un local que hacía esquina ya en la zona de restauración y ocio, cuando dicho centro comercial no era aún el transatlántico en que actualmente se ha convertido.
Lo que sí recuerdo con nitidez es la cierta decepción que tuve al llegar a casa y comprobar que Changesbowie, en la edición en CD, contenía solamente dieciocho canciones, tres menos (Starman, Life on Mars? y Sound and vision, quedaban fuera) de las que aparecían referenciadas en la contraportada del citado suplemento, ya que dicho recopilatorio en CD era sencillo, y en los formatos casete y disco, doble. Una anomalía que entonces, sólo por el precio de dicho formato, me pareció incomprensible.

Changesbowie, 24 de marzo de 1992.