No recuerdo a quién le escuché decir -quizá fue a aquel profesor universitario tan fino y descreído que nos impartió la asignatura Pintura española del siglo XIX- que entre los artistas y literatos decimonónicos madrileños, atenazados por una mortandad implacable que les cercenaba la vida a las pocas décadas de existencia, corría la superstición, más que la prevención de determinadas enfermedades, de que la mejor manera de garantizarse una cierta longevidad era tener siempre entre manos un libro por terminar. Es decir, asegurarse de que poco antes de llegar a la última página del que se estuviese leyendo, sin margen para caer en ese figurado abismo mortal, se hubiese comenzado otro que ayudase a salvarlo.
Este convencimiento puede que tenga algo que ver con aquel otro que nos acomete a muchos cuando nos decidimos a emprender proyecto coleccionistas, de visionado o de lectura que sabemos han de ocuparnos largos años: de alguna manera, además del disfrute, lo que también uno parece buscar es una garantía de permanencia; por si acaso las circunstancias vienen mal dadas y hay que echar mano de razonamientos del tipo: “¡No, señora, usted se equivoca! A mí no me corresponde morir todavía, aún tengo más de una docena de libros de la serie de tal o cual autor pendientes de leer…”
Hace unos meses, en este empeño por emprender ocios monumentales, me decidí a iniciar la lectura de las más de veinte novelas que componen la llamadas Novelas Contemporáneas de Pérez Galdós, de La desheredada a Casandra (alternadas, claro, con otras de distintas épocas y autores, no fuese a empacharme de tanto casticismo). Algunas de ellas, como la que estos días me ocupa, La de Bringas, ya la había leído anteriormente, aunque no recordaba con exactitud cuándo. Busqué entre las fichas en que suelo apuntar estos datos (innegable tara historicista) y comprobé que la empecé a finales de dos mil trece, el treinta de diciembre.
Por curiosidad también eché un vistazo después al listado de compactos buscando comprobar si es que existía correspondencia musical. Y sí, la había: ese mismo treinta de diciembre de dos mil trece, llegadas de París, D. y O. me regalaban este Crimson/Red, de Prefab Sprout, mucho menos jugoso y brillante, eso sí, que la novela de Galdós.
| Crimson/ Red, 30 de diciembre de 2013. |



