jueves, 12 de diciembre de 2019

Superstición de larga duración.

No recuerdo a quién le escuché decir -quizá fue a aquel profesor universitario tan fino y descreído que nos impartió la asignatura Pintura española del siglo XIX- que entre los artistas y literatos decimonónicos madrileños, atenazados por una mortandad implacable que les cercenaba la vida a las pocas décadas de existencia, corría la superstición, más que la prevención de determinadas enfermedades, de que la mejor manera de garantizarse una cierta longevidad era tener siempre entre manos un libro por terminar. Es decir, asegurarse de que poco antes de llegar a la última página del que se estuviese leyendo, sin margen para caer en ese figurado abismo mortal, se hubiese comenzado otro que ayudase a salvarlo.
Este convencimiento puede que tenga algo que ver con aquel otro que nos acomete a muchos cuando nos decidimos a emprender proyecto coleccionistas, de visionado o de lectura que sabemos han de ocuparnos largos años: de alguna manera, además del disfrute, lo que también uno parece buscar es una garantía de permanencia; por si acaso las circunstancias vienen mal dadas y hay que echar mano de razonamientos del tipo: “¡No, señora, usted se equivoca! A mí no me corresponde morir todavía, aún tengo más de una docena de libros de la serie de tal o cual autor pendientes de leer…” 
Hace unos meses, en este empeño por emprender ocios monumentales, me decidí a iniciar la lectura de las más de veinte novelas que componen la llamadas Novelas Contemporáneas de Pérez Galdós, de La desheredada a Casandra (alternadas, claro, con otras de distintas épocas y autores, no fuese a empacharme de tanto casticismo). Algunas de ellas, como la que estos días me ocupa, La de Bringas, ya la había leído anteriormente, aunque no recordaba con exactitud cuándo. Busqué entre las fichas en que suelo apuntar estos datos (innegable tara historicista) y comprobé que la empecé a finales de dos mil trece, el treinta de diciembre.
Por curiosidad también eché un vistazo después al listado de compactos buscando comprobar si es que existía correspondencia musical. Y sí, la había: ese mismo treinta de diciembre de dos mil trece, llegadas de París, D. y O. me regalaban este Crimson/Red, de Prefab Sprout, mucho menos jugoso y brillante, eso sí, que la novela de Galdós.

Crimson/ Red, 30 de diciembre de 2013.
  

sábado, 16 de noviembre de 2019

El reloj comercial.

La publicidad y los eslóganes comerciales resultan casi siempre de una artificiosidad estúpida. Cuando lo natural sería tratar de aprovechar pausadamente cada una de las estaciones del año, sin más necesidad que conocer y sacar partido de sus particularidades, el deseo que las marcas de consumo tienen por reglar comercialmente su transcurso, acelerándolo nuestra percepción como la de un niño en un tiovivo, a veces sorprende y otras, las más, cuando uno se ve desbordado por la inminente sucesión de citas a las que parece estar obligado a prestar atención, desagrada.
¿Cómo se explica que a comienzos de noviembre se encuentren ya algunos centros comerciales decorados de la misma manera que lo estarán el mismo día de Navidad? Halloween, Black Friday, Navidad… La sucesión de eventos comerciales, propios o importados, ha adulterado y salpicado el calendario con tantas citas como meses, la mayor parte forzadas y huecas, con el único propósito de mantener en constante ebullición nuestras necesidades de consumo.
Esta maniobra recuerda a la de esas ciudades norteamericanas carentes del más nimio atractivo cultural que afanadas en ganarse algo de significación turística se sacan de la manga absurdos museos e irrelevantes memoriales con la misma devoción que mostrarían si en su perímetro se levantase el Coliseo.
En todo caso, lo cierto es que viviendo en una gran ciudad resulta verdaderamente complicado abstraerse de tanto anzuelo y hay ocasiones en las que uno, sin saber muy bien cómo, se ve preso de esa vorágine consumista.
Aquellos primeros días de dos mil dieciséis D., tal y como tenía proyectado, los pasó con su amiga T. en Andorra y O., al trabajarlos yo, en casa de mis padres. El día cuatro de enero, que era lunes, después de una nueva batida por el centro, di por concluida la compra de regalos navideños, que aquel año por clara inconsciencia había sido especialmente copiosa. En Yunke, donde solo acostumbro a pasar de largo si el local está cerrado, entre idas y venidas, me detuve un segundo y encontré el que era último lanzamiento de Jeff Lynne, Alone in the universe.
Esa misma noche lo escuché en casa varias veces mientras trataba desesperadamente de empaquetar la docena de regalos con la que había cargado, empachado de tanta festividad y atolondrado por el machacón sonido de la batería del líder de la ELO.

Alone in the universe, 4 de enero de 2016.

lunes, 7 de octubre de 2019

La obligación.

Puede que en alguna entrada anterior me haya referido a esos compactos que son comprados y que, precintados o no, permanecen en las estanterías de casa hasta que, en el mejor de los casos, si es que tras una larga espera sin escucha no ocupan su puesto definitivo dentro del orden alfabético de la colección, se les presta alguna atención. 
Algunos de ellos son compras que se hacen por devoción y una leve dosis de compromiso, quiero decir: se trata de lanzamientos de un grupo o solista al que se ha seguido con regularidad y cuya discografía en gran medida se tiene completa, y que por ese afán compilador (hábito al que seguro que en más de una ocasión me he referido), ante cualquier nueva grabación uno se ve en la obligación de hacerse con ella, independientemente de cuál sea su verdadero atractivo. 
A comienzos de septiembre Chrissie Hynde lanzó su segundo disco en solitario, una sofisticación jazzística grabada junto a The Valve Bone Woe Ensemble. 
Valiéndome de una de esas plataformas digitales que ofrecen fondos musicales hasta la indigestión lo escuché, y aunque de primeras no me pareció mal, pensando que al anterior en solitario suyo, Stockholm, apenas le había dedicado un par de escuchas, preferí posponer la compra de aquel y darle una nueva oportunidad a este. 
Stockholm, que a pesar de haber sido lanzado como álbum en solitario de la cantante de Pretenders, comparte con los últimos álbumes editados bajo el nombre de la banda, el mismo tono, se editó a comienzos de junio de dos mil cuatro. Unos días después lo compré yo, justo en el momento en que la apertura de las piscinas públicas y privadas daban por comenzado el verano.
Desde el salón del bajo de la calle Amaltea, a la tarde siguiente, a través del brezo de la terraza podía observarse como los vecinos de la urbanización, que hasta que la piscina había estado abierta, poco decididos todavía por el baño, tras haber entretenido la tarde aireándose y cuidando de sus hijos, una vez cerrado el recinto, poco a poco, cargados de toallas y empujando sus carritos infantiles, empezaban a retirarse.
Entonces, cuando el soniquete vecinal de la tarde fue remitiendo, la casa quedó en una quietud solo distraída por aquella primera escucha del disco de Chrissie Hynde, una primera que no tuvo continuidad hasta muchas semanas después.

Stockholm, 28 de junio de 2014.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Tren de media distancia.

Quizá sea este compacto el responsable de que un álbum de rock progresivo reseñable se me figure siempre como el trayecto en un tren de media distancia, plácido y fiable. No me refiero al recorrido que se hace en un tren de Cercanías, habitualmente precipitado e intermitente, ni tampoco al que puede llevarse a cabo durante toda una jornada en un tren dedicado a cubrir largas distancias, llegado el momento, monótono y extenuante; me refiero al viaje de un par de horas, preferiblemente diurnas, en una línea poco concurrida, con una parada o dos a lo sumo, en el que uno encuentra el tiempo preciso para leer, cabecear y contemplar distraídamente el paisaje. Ese traqueteo constante, decidido sin llegar a ser frenético, meditabundo y seguro, es el que a mi gusto define el ritmo y el tono que ha de tener un buen disco de rock progresivo. 
Las últimas semanas del verano de dos mil seis me encontraba decidido a cambiar de trabajo. Mi segunda etapa en la marca mallorquina de calzado no daba más de sí, el empleo se me había vuelto tedioso y decepcionante. En busca de nuevos aires laborales, por un lado, de manera precipitada y endeble, me había aventurado a preparar una oposición mucho más compleja de lo que nunca entonces fui consciente, confiado en la consecución positiva de un proceso al que no le dediqué más tiempo que al estudio de una asignatura de exigencia baja. Por otro lado, dentro de los caminos más factibles, había entrado en contacto con un par de consultoras para que me aireasen un poco el curriculum. De los procesos en los que me vi inmerso, uno para una empresa alemana de ropa deportiva, cuya central española estaba (y ésta) emplazada en Zaragoza, fue perfilándose como el más ventajoso y el que finalmente me llevó a dar el paso fuera de la compañía balear.
Los primeros días en el nuevo empleo me tuvieron de un lugar para otro, como suelen resolver siempre estas marcas internacionales, que por formarte y atontarte un poco hacen que te recorras sus oficinas y negocios con el convencimiento de que irremisiblemente terminarás apabullado de tanto patrimonio y saber hacer. Uno de estos viajes me tuvo un par de días en Barcelona, de tienda en tienda, obligado a prestarle atención a operativas y sugerencias que retenía en la memoria con el mismo gusto que los contenidos de la oposición que ya entonces había decidido relegar.
Durante el trayecto de vuelta, que en estos casos es habitualmente el momento que se disfruta de manera más entusiasta, escuché este brillante y canónico disco de Porcupine Tree, comprado unos días antes, precisamente un cuatro de septiembre como hoy.

Deadwing, 4 de septiembre de 2006. 

martes, 30 de julio de 2019

El paraíso es el recuerdo.

Pocos placeres hay tan personales, tan complejos de explicar y tan imposibles de compartir como el que le acomete a uno cuando se decide a releer uno de sus viejos diarios. Habrá quien diga que estos ejercicios nostálgicos, al igual que la revisión de antiguos álbumes fotográficos, cartas, recortes y, en general, de todas “aquellas pequeñas cosas” de las que hablaba Serrat, no tienen sentido y son dejes romos e ilusorios de aquel que no encuentra en el presente más sustancia que en los días remotos de su pasado. Es esta, a mi parecer, una interpretación simplona y desacertada. Perfectamente se puede estar encandilado por las circunstancias actuales, incluso por las previsibles futuras -estas sí, sin duda, fabricadas de una inestabilidad y fantasía mucho más endeble que la interpretación más condescendiente de los días más anodinos del pasado-, y dejarse arrobar por el inexplicable encantamiento de la evocación de lo vivido.
Al releer las páginas de un diario, especialmente si este queda muy alejado del presente, uno no se idiotiza tanto como para pensar que al salir a la calle va a encontrar cada uno de los detalles que sus palabras le han hecho recordar, tal y como entonces estaban. Ni tan siquiera que las personas que en sus lineas se citaban sigan teniendo ese mismo día un protagonismo parecido, si es que desde hace ya mucho no quedaron en un segundo plano o desaparecieron interpretando variados mutis. Ni tampoco que las preocupaciones, las alegrías y los desvelos de entonces sean ahora los mismos. Ese chispazo nostálgico, como un eclipse, solo es cuestión de minutos, los que nuestra atención permanece sobre sus páginas. Y sirven, si es que en este caso hablar de finalidad como utilidad no es una tontería, si acaso, de distracción, y de alguna manera también como reajuste de aprecios, personales y coyunturales, para que, aunque el tiempo todo lo relativice, ese olvido, que finalmente es el componente principal del medicamento, conserve sus matices.       
Pero me estoy extendiendo más allá de las líneas habituales y toda estas consideraciones sobre la valía de las introspecciones diaristas vienen dadas por la relectura que estos últimos días he hecho de aquellos otros que algunos años atrás definieron el arranque del verano, esas semanas finales de junio y primeras de julio, que han supuesto siempre una fractura en las cadencias habituales. Con especial gusto he leído lo que escribí de aquel periodo en mil novecientos noventa y ocho, cuando, unido al socavón que propiciaba el arranque del verano aquel año se daba también la ruptura que anticipaba el final del ciclo universitario.
Una de aquellas tardes, la del domingo veintiocho de junio, estuve con M&M por el centro de Madrid, en el cine y tomando unas cervezas. Fue entonces cuando compré este compacto de Madredeus, el delicado O Paraíso.

O Paraíso, 28 de junio de 1998.

miércoles, 26 de junio de 2019

Música cotidiana.

Hace unos días estuve por segunda vez en Portland. La primera fue en dos mil doce, también a comienzos de junio. A pesar de haber visitado durante este tiempo otros lugares de Estados Unidos y de alguna manera haberse familiarizado uno más con el tono del país, la ciudad me sigue generando la misma indiferencia que entonces.
Antes de viajar, como es costumbre, eché un vistazo y apunté la dirección de alguna de sus tiendas de discos. Mucha de la oferta que recordaba, aún persistía.
Entonces, en dos mil doce, la primera mañana de estancia, sin compromiso laboral alguno, abocados por los trastornos horarios, la ocupamos en pasear por el centro de la ciudad. Donde más tiempo nos detuvimos los cuatro que íbamos fue en una tienda de discos llamada Everyday Music, tan grande como una cancha de baloncesto. No se trataba de emplear toda la mañana en ella, pero sí al menos de recorrer con atención el directorio de alguno de sus pasillos. De todo lo que compré, quizá el último disco en solitario de Robbie Robertson, supuse que sería el más complicado de encontrar en Madrid.  
Para el viaje de este año, sin apenas tiempo libre, tenía pensado en algún momento descolgarme del paso general y acercarme a Everyday Music. Encontré la oportunidad la tarde del miércoles. Antes de subir a la terraza del hotel, donde todos los días se culminaban las jornadas, pasé por mi habitación, me abrigué y salí a la calle como un fugitivo. Comenzaba a anochecer. El centro de la ciudad se había despoblado de turistas y transeúntes, y sus amplias aceras eran solo ocupadas por decenas de grupos de vagabundos que, como serenos en excedencia, se disponían a pasar la noche. La indigencia masiva en las calles de las ciudades americanas es un asunto que me sigue generando mucha extrañeza y desconfianza. Una sociedad que es incapaz de resolver estas circunstancias a la fuerza ha de ser una sociedad defectuosa. 
La disposición en cuadricula de sus calles y su sencilla nomenclatura numérica me condujeron pronto al local. Estaba casi vacío. Detrás del mostrador, que solo este ocupaba más metros cuadrados que la mayor parte de las tiendas madrileñas dedicadas a la venta de compactos, estaba atendido por una chica joven con la misma expresión de desconcierto que tienen los castores que se ven en las muchas representaciones que de estos animales hay en la ciudad. Tenía una hora por delante hasta que cerrasen el local… 
Es cierto que el viaje a los Estados Unidos es pesadísimo, que su control de aduanas resulta molesto y desconcertante, que sus reclamos turísticos, salvo los emplazamientos naturales, son forzados y secos, que su estilo de vida se intuye precocinado y hueco; todo esto lo tiene uno cada vez más claro, pero tiendas de compactos como las que allí se encuentran, de esto tampoco hay duda, uno no las ha visto en ningún otro lugar.

How to become clairvoyant, 5 de junio de 2012.

miércoles, 22 de mayo de 2019

El ritmo lento.

Hay veces en que desde casa reparo en la cúpula del Palacio de Vistalegre, refulgente y un poco marciana en medio del general velo pardusco del barrio, y al pensamiento, como uno mismo desde los ventanales de la cocina, se asoma siempre el recuerdo de aquel concierto de Supertramp al que allí asistimos en la primavera de dos mil dos, dentro de la gira de presentación del que hasta ahora es su último álbum de estudio, Slow motion.
Este compacto lo compré el veintitrés de abril de aquel mismo dos mil dos, el día de mi santo. Llevaba trabajando en la zapatería de Las Rozas un par de semanas, y ese martes libraba. F. me telefoneó desde Preciados para leerme burlonamente un párrafo de la primera novela que Loquillo había editado. Un rato después nos encontramos allí. Aprovechando lo señalado de la jornada, los almacenes cercanos habían ribeteado la calle de tenderetes con lo más vistoso de su oferta editorial. En Fnac encontré este Slow Motion, un disco que escuchado ahora, sin ser un álbum aburrido, es a la carrera de Supertramp lo que la llegada de un viejo tren a una estación de provincias, un traquetear lento y apacible.
El concierto se celebró el sábado de aquella misma semana. Salvo D., que en uno de sus herméticos mutis, extrañamente había preferido no sacar la entrada, los que sí asistiríamos éramos bastantes. Supertramp, más quizá que ningún otro grupo, era el que en los últimos años de la década anterior más habíamos escuchado juntos. Raro era el día que J. en el Angie, sin necesidad de que se lo pidiésemos, al encontrarnos en el bar no pinchase alguna de sus canciones. 
Pero esa misma mañana la convocatoria para el concierto se vio inesperadamente reducida. Por un lado M., al que por motivos laborales le tocaba viajar de urgencia fuera de Madrid, se caía del plan, y por extensión también B., que verdaderamente solo venía por acompañarle. A estas ausencias, a punto de comenzar el concierto, en la pista, solo con G., se sumaba también la de su novio, I., que entre el desinterés y la inoperancia no era capaz de encontrar aparcamiento, y cuando dio con uno libre no supo dar con nosotros dentro del recinto. Así, G. estuvo más pendiente del teléfono móvil tratando de localizar a su novio que del concierto, y entre unas cosas y otras, con una desconcentración parecida, yo mismo.

Slow motion, 23 de abril de 2002.

viernes, 26 de abril de 2019

El dependiente que sabe asesorar de Música no lleva chaleco.

En un artículo aparecido en El País hace algunos años, cuyo título era algo así como “Conectados a Alta Fidelidad”, con el tono ameno y liviano que caracteriza estos apuntes periodísticos, se referían algunas de las pequeñas tiendas de discos que entonces aún permanecían abiertas en el centro de Madrid, sus particularidades y las de sus clientes: Escridiscos, Toni Martin, Rock and Roll Circus y Radio City.
Lo suyo hubiese sido que de igual manera que sucede con los bares, restaurantes, rincones turísticos y demás que en estos medios se destacan, convirtiéndose al instante en puntos de interés masificados, al fin de semana siguiente, que es cuando en las grandes ciudades la turba ociosa, como un ejército en campaña, está obligada a ponerse en marcha; esas cuatro tiendas de discos, aunque solo fuese por curiosidad, se hubiesen visto llenas de gente hasta los topes. Pero no, con las tiendas de discos, con el consumo de música en general, a diferencia del melómano convencido, el simple aficionado, que ya es norma y legión, por más que algún medio general escrito se lo sugiera, la compra de música y los locales que la promueven, los tienen por cosa de una inutilidad y arcaicismo absoluto.
Toni Martin cerró en dos mil dieciséis, aunque el local sigue dedicado a la venta de música de una manera, a mi parecer, más ligera y aséptica. El neón que antes lo señalaba fue con el cambio de propietarios sustituido por la ilustración colorida y festiva de Janis Joplin, que da nombre al negocio actual.
La pérdida de rentabilidad de Toni Martin debió ser inevitable y progresiva. Es cierto que el local no se situaba en una de las zonas de mayor tránsito del centro, ni tampoco que los precios de sus compactos fuesen especialmente asequibles, pero el catálogo y la atención que el dueño ofrecía, compensaban sobradamente.
Mediado agosto de dos mil diez, una tarde en que andaba rondando por el barrio de Argüelles a la espera de que comenzase la sesión en los cines cercanos, entré en Toni Martin. La contención económica había llegado a tal punto para el dueño del local que, dependiendo de por donde el cliente transitase, así iba él encendiendo y apagando luces. Al menos, tal ahorro energético, a diferencia del sofoco que horneaba las calles, mantenía la tienda fresca y sombreada. 
Aquella tarde, más por hábito que por fe en el posible resarcimiento del negocio, además de un compacto de Lucinda Williams, siguiendo las indicaciones del dueño, tomé también una cajita con cinco discos de Miles Davis de finales de los cincuenta, entre ellos este fenomenal ´Round about midnight.

´Round about midnight, 10 de agosto de 2010.

viernes, 22 de marzo de 2019

El Angie (y II).

La oferta de bares abiertos en Madrid en Nochebuena ha sido siempre muy pobre. A comienzos de dos mil dar con uno en el centro era casi imposible; si con suerte, después de mucho deambular se encontraba uno que, como en un sueño, se presentara franco y refulgente en medio de las sombras, la afluencia era tan discreta y las expectativas de prolongar la noche tan pocas, que lo mejor, nos convencíamos todos pronto, era tomarse una cerveza y recogernos cuanto antes. 
Aquella situación cambió para nosotros cuando J. decidió abrir el Angie en Nochebuena, en dos mil dos por primera vez. Una noche en la que, precisamente, al hilo de lo que se citaba en la entrada anterior, transcurridas un par de horas apareció la policía con tal o cual requisito, sin que, aún así, la noche tuviese que clausurarse antes de lo previsto. De aquella primera apertura de amparo, después de la reforma de los baños, en la pared que los precedía, junto a una docena de fotografías de otros clientes habituales, se reproducía también aquella que esa misma noche nos tomamos nosotros detrás de la barra, apiñados entorno a J., en el lado donde habitualmente él pinchaba. 
Después de dos mil dos, todas las Nochebuenas, pasada la medianoche, con la precisión y la determinación de las que solo son capaces las tradiciones, el Angie, para deleite de nuestro ocio navideño, abría infaliblemente sus puertas.
La compañía para esa cita, sujeta, claro, al devenir de apetencias, distancias y desencuentros, de un año para otro fue variando. Y de igual manera, la concurrencia del local, que unas veces se colmaba incómodamente y otras, la mayor parte, presentaba una ocupación familiar y distendida. 
En los últimos años, solo J. y yo mantuvimos el gusto y el apego por la cita. Su ceremonia era siempre la misma: llegábamos pasada la una, buscábamos un sitio junto a la esquina que enfilaba la escalera de bajada a los baños, y conversábamos durante horas, poniendo al día lo que habían sido las últimas semanas del otoño; siempre hasta que J. echaba el cierre y nos invitaba a tomarnos una última ronda a cuenta de la casa, abriendo entonces la conversación a todos aquellos que aún permaneciésemos dentro.
En algún momento de la noche también, a su ofrecimiento, le sugeríamos que pinchase esta o aquella canción. Anybody wanna take me home, de Ryan Adams, nunca faltaba, esa que, de vuelta a casa en taxi, quedaba siempre como soniquete de una Nochebuena más.

Love is hell, 21 de octubre de 2005.

domingo, 10 de febrero de 2019

El Angie (I).

A finales de enero cerró definitivamente el Angie. La noticia, de alguna manera, ya me la había anticipado un par de semanas antes J., la última noche que había estado allí. Lo hizo con su habitual cautela, a media voz, como si compartiese un secreto del que no se está muy convencido de participar a nadie. Se trataba principalmente, me decía, de una cuestión de rentabilidad. No porque el local hubiese dejado de dar dinero, no, sino porque las multas por la falta de licencia como bar de copas, aseguraba, les estaban amenazando, ahora sí, con cifras ante las que, llegado el momento, no podrían hacer frente. 
El asunto de la licencia, sabíamos, viene de lejos; en opinión de J., fruto de políticas municipales restrictivas y contradictorias que, a pesar de su deseo de adecuarse a la reglamentación pertinente, solo les habían cargado de amonestaciones y medias respuestas. Más de una vez, mientras charlábamos tomando una cerveza, habíamos sido partícipes de la misma escena: la Policía Municipal personándose en el bar y J., a la vez que interrumpía bruscamente la música, desempolvando un carpetón de documentos que manejaba ante la patrulla con resignación y la tranquilidad de quien se sabía con la intención de mantenerse en regla. Pero ha llegado un momento en que, incapaces de obtener la licencia definitiva, se convence, prefieren no arriesgarse a más sanciones y traspasar el local a quien quiera seguir explotándolo dentro de los límites que el permiso vigente concede.   
¿Qué puede decirse del cierre de un bar que se ha frecuentado más de la mitad de los años que uno ha vivido? Cuando al día siguiente de hablarlo con J. pensaba en la posibilidad de su traspaso, por inconcebible, imaginaba que, de alguna manera, como sucede en esas ficciones televisivas en que in extremis el protagonista gracias a una carambola imprevista logra sacar adelante sus intereses, el Angie seguiría abierto tal y como hasta ahora lo habíamos conocido. Quizá por esa fantasía, cuando supe a través de un periódico digital, de su cierre definitivo, la pesadumbre ha sido un poco mayor.
Se impone ahora la evocación de decenas de conversaciones y escenas. Pero empecemos por el principio, o mejor dicho, por el final, por la canción que diariamente cerraba siempre la noche, la misma que daba nombre al local. Había veces en que la versión que pinchaban era la de estudio grabada en el setenta y tres para el Goats head soup, pero otras tantas echaban mano de la registrada en directo en el Stripped, de finales del noventa y cinco. Este compacto lo compré entonces, el mismo día en que fue lanzado, y por establecer una correspondencia con el local, medio año antes de entrar por primera vez en él.

Stripped, 13 de noviembre de 1995.

lunes, 14 de enero de 2019

Los síntomas.

Al poco de mudarme yo a Madrid, mis padres, una vez que les fueron entregadas las llaves de la nueva casa, mucho más espaciosa de lo que había sido aquella otra en la que siempre habíamos vivido, abandonaron también el modesto barrio de San Nicasio para trasladarse al colindante y recién urbanizado barrio de Campo de Tiro, de vecindario parecido, pero de aire más vistoso y desahogado.
Durante aquellos primeros meses y años las visitas al nuevo domicilio familiar solían tener una frecuencia semanal, poco importaba que el día de libranza se tuviese que emplear al completo allí o bien que, después de la jornada laboral, se hubiese de tomar un tren a última hora de la tarde para tan solo compartir el rato de la cena con ellos. Ahora, con el paso de los años, cuando las obligaciones laborales y domésticas son cada vez más y el tiempo de ocio, para convencernos de que se ha aprovechado al máximo, tratamos de calibrarlo con la minuciosidad de un relojero, es raro el mes en que las visitas al barrio de Campo de Tiro se dan en más de una ocasión.   
Ese ocho de abril de dos mil trece aproveché la libranza para pasar el día allí, en su casa, pero no fui directamente, sino que antes me detuve en Parquesur, entre otras tiendas, en Fnac, donde compré este compacto de Opeth, solo por el gancho de saberlo producido por Steven Wilson.
Después de comer, mientras ordenaba los armarios de la que seguramente habría sido mi habitación, aquella que de manera permanente desde que se mudaron nadie ha ocupado, donde conservo guardados apuntes, zapatos, casetes y algunos otros recuerdos y trastos, escuché que mi madre cogía el teléfono; alguien preguntaba por mi padre. Supuse que quizá se trataba de alguno de sus antiguos clientes que, desconocedor de su reciente jubilación, llamaba por temas de trabajo. Pero no, quien estaba al otro lado de la línea era su médica de cabecera, que había recibido los resultados de unos análisis hechos unos días atrás y le pedía que acudiese cuanto antes al centro de salud. Ya durante la comida su inapetencia me había resultado inquietante, y también su aspecto, que en un mes parecía avejentado en más de diez años. 
Esa misma tarde del ambulatorio le remitieron al hospital, donde le hicieron las pruebas de rigor y vieron de qué se trataba.

Blackwater Park, 8 de abril de 2013.