sábado, 28 de marzo de 2020

Pálida primavera.

No hay duda de que esta primavera seguramente será la más extraña que la mayor parte de nosotros haya vivido. 
Por encima del manto sombrío y funesto que estos días cubre nuestras calles, el arranque de la estación, que no entiende de epidemias, en su imparable empeño por mantenernos dentro de un orden, no deja de alternar cielos luminosos y reconfortantes con otros más grises, tormentosos e introspectivos. Las copas de los árboles han reverdecido y si se camina por la calle, apresurado por resolver aquellas pocas necesidades que hoy se nos han vuelto ineludibles, puede que de manera imprevista llegue hasta nosotros un soplo de aire templado y dulce que nos sacuda el ensimismamiento y nos recuerde que el frío, un año más, está emprendiendo su marcha. Esta primavera, este soplo anhelante viene aderezado con la evocación nostálgica de aquellas otras que dicho aroma nos anticipaba -la del año pasado, sin ir más lejos- y la inquietud de saber si esta desfilará por delante de nosotros sin que, en el mejor de los casos, podamos atender a su paso nada más que a través de los cristales.
Volviendo la vista a otras primaveras que, lejos de ser comparadas, claro, se vieron en parte ensombrecidas, estos días varias veces se me ha venido al recuerdo aquella remota de mil novecientos noventa y ocho. La inminente conclusión de nuestro periodo universitario, que tan estimulante y vital se había desarrollado en aquellos últimos años, llegaba a su fin y los lazos de amistad que entonces se habían generado nadie sabía hasta cuando seríamos capaces de mantenerlos. Alterando el escenario principal donde nuestro trato se había dado, unido a los nuevos caminos que cada uno obligatoriamente habría de tomar, todos intuíamos que, ineludiblemente y sin descanso, nuestros vínculos serían cada vez más endebles. Esa confusión de sentimientos e intuiciones hizo que aquella primavera, al menos en lo que a uno respecta, irremisiblemente se disfrutase de una manera derrotista y precipitada.
Contraviniendo a esta disposición de ánimo, el sábado que aquel año anunciaba el cambio de estación, de manera imprevista y repentina se presentó luminoso y prometedor, lo cual, a media tarde, me decidió a tomar el tren y aprovechar el rato echando un vistazo en alguna tienda de discos y yendo al cine.
Anduve primero en Doctor CD, aquel pequeño local que se abría en la calle Luna y que solía tener muchos últimos lanzamientos a precios asequibles. Pero aquella tarde no encontré nada interesante en sus estantes y continué el paseo hasta FNAC. Pescar en FNAC, creo que ya uno lo ha dicho en otras ocasiones, es como hacerlo en una piscifactoría, donde se va a tiro fijo y las sorpresas son mínimas. 
Breakfast in America era entonces uno de esos compactos que siempre quedaba por encima del presupuesto individual que se tenía fijado para la compra, sin embargo, aquella tarde, bien porque lo encontrase a un precio asumible, bien porque me decidiese a saltarme los límites presupuestarios animado por lo prometedor del ambiente primaveral, lo cierto es que salí de aquellos grandes almacenes cargado con este fantástico disco de Supertramp. 
Recuerdo observar su portada, una de las que a mi gusto resultan más jugosas de toda la historia de la música popular, y hojear su libreto, al amparo del sol que aquella tarde templaba las calles de Madrid (la de Hortaleza, puntualmente), y pensar en un futuro más entusiasta y dichoso al que entonces suponía para después de nuestro final universitario.

Breakfast in America, 21 de marzo de 1998.