Era entonces todos los domingos costumbre, a la que uno salía a comprar el pan, detenerse en la plaza cercana y hacerse también con el periódico. Esa primera mañana dominical del mes de noviembre de mil novecientos noventa y siete, el cielo estaba nublado y llovía suavemente. En casa no había nadie, mis padres y mis hermanos pequeños estaban pasando el fin de semana en el pueblo y mi hermana B., que ya entonces tampoco acostumbraba a viajar con ellos, a mediodía había salido de casa con una de sus amigas.
Antes de comer hablé por teléfono con una de mis compañeras de la facultad, que andaba entonces en una de sus habituales disyuntivas emocionales; quedamos en vernos a las siete en la estación de Atocha, si es que antes no le surgía algún contratiempo producto de dichos jeroglíficos sentimentales. Transcurrieron las horas y no recibí su llamada cancelando la cita, por lo que, al poco de atardecer, salí de casa.
Llegué a Atocha unos minutos antes de las siete. Había dejado de llover. Las calles estaban mojadas y sobre las aceras brillaban reflejados los faros de los autobuses que se detenían junto a la marquesina próxima.
Ella no tardó en llegar, abrigada y sonriente. Hasta Fnac aprovechamos el descanso que la lluvia se había tomado para conversar y caminar sin prisa. Escuchaba con atención lo que me contaba, las claves de lo que a ella le parecía un complejo e inexplicable sistema de relaciones personales en las que, claro, cuando uno es sensible a la adulación, la tenían, invariablemente, triste y desconcertada. Trataba de opinar con cierta mesura, consciente también de que en toda aquella representación yo deseaba alcanzar un papel de mayor protagonismo, sin tomar posición tajante por nada ni por ninguno de los otros personajes concursantes.
Llegamos a Fnac y cada uno tiro por su lado. De vez en cuando nos juntábamos y cada uno mostraba al otro los compactos que había seleccionado buscando una opinión que terminase de decidirnos, ya que, por mucha música que cargásemos, no disponíamos de presupuesto más que para comprar uno o dos.
Ella se quedó finalmente con un grandes éxitos de Eric Clapton y yo, haciendo caso a su juicio, con el primer disco de Dire Straits, el que para ella era un disco tan imprescindible y básico “como una asignatura troncal”.




