Una de las escenas clásicas que se daba en El Hayedo ocurría durante la celebración de los San Fermines.
Poco antes de las ocho, la concurrencia, que era la habitual, nos acomodábamos en la barra y en las mesas de tal manera que todos pudiésemos ver el encierro sin estorbos ni incomodidades. Aquello sí que era un verdadero ejemplo de distanciamiento social…
Por unos minutos los empleados del servicio municipal de limpieza, de los más asiduos a esa hora, silenciaban sus conversaciones, normalmente quejosas y deslavazadas, y como los demás, se dejaban espabilar por la emoción de la carrera. Terminada esta y la repetición de los momentos más relevantes, si no había habido ningún lance de gravedad, volvíamos todos a nuestros cafés, los apurábamos y continuaba cada cual su camino.
Este año, sin festejos taurinos, la estampa no se ha diferenciado mucho de la de mañanas anteriores, por lo que la consolidación del verano, que de alguna manera se daba con el chupinazo navarro y la retransmisión de los encierros, de manera precisa no se sabe muy bien cuándo ha sucedido.
Pero volviendo al arranque de la anterior entrada, decía que fue mirando una noche estival a través de los ventanales de mi habitación que pensé en el primer compacto en solitario de Donald Fagen como excusa para estas líneas. Y es que finalmente todos los compactos pueden encontrar su verdadero acomodo más allá del momento en que llegan a nuestra colección. Y para este Vuelo nocturno del miembro de Steely Dan, el ancho del patio de una urbanización era campo de operaciones demasiado estrecho, lo suyo era que pudiese desplegarse con mayor brillantez escuchado con la vista puesta en los cielos del Sur de Madrid.
Llegado a este punto, el paciente lector se preguntará: ¿Y qué tiene todo esto que ver con los párrafos que se le han dedicado al bar de la calle Ariel? Pues, bien sencillo. El parecido del dueño de dicho local con Donald Fagen es asombroso. Simplemente por eso. Les invito cualquier mañana a comprobarlo y que me digan si no es así…
De esta manera, de la estampa nocturna de la ciudad a The nightfly y de este cedé a la figura del propietario de El Hayedo y a la nostalgia por sus desayunos diarios, los pasos se han sucedido como si se rodase por una escalera, en gran medida tal y como este impreciso verano se consume.