domingo, 14 de junio de 2015

La capilla de San Isidro en San Andrés como un pastel flameante.

Aquella tarde de junio salí de casa con la intención de dedicar un par de horas, antes de la celebración del veintitrés cumpleaños de G., al repaso in situ de algunas pinturas y edificios del barroco madrileño, de los que a la semana siguiente me examinaba.
Llegué al Prado, como tantas otras veces, caminando desde la estación de Atocha, bordeando el Jardín Botánico. Además de recorrer las salas donde entonces colgaban las pinturas del diecisiete español, tuve tiempo, dentro de ese afán completivo que debo padecer para casi todo, de visitar una exposición que aquellos días estaba a punto de clausurarse sobre el gótico en Cataluña, poca cosa.
Aún era media tarde cuando salí del Prado. Dada la hora y el recién estrenado calor, apenas había gente por las calles del centro de Madrid. Tomando la Gran Vía llegué hasta San Antonio de los Alemanes, donde se oficiaba misa para no más de media docena de fieles. Me senté en uno de los bancos posteriores y permanecí atento a las pinturas de la iglesia y a la ceremonia todo el tiempo que tardé en repasar mentalmente las notas que del edificio llevaba memorizadas.
A un par de manzanas había visto que se situaba la iglesia de San Plácido, pero por más vueltas que le dediqué, en la dirección que llevaba apuntada, no encontré nada, y desistí. Me acerqué entonces a Doctor CD, una tienda de discos abierta en la calle de la Luna, de las primeras en echar el cierre cuando el sector comenzó a venirse abajo. El atractivo que tenía entonces, en mil novecientos noventa y siete, era principalmente que ofrecía los últimos lanzamientos discográficos a un precio levemente inferior al que se ofertaba, por ejemplo, en Fnac; mucho antes de que Yunque se especializase también en dicho producto.
En uno de sus paneles encontré el último disco de Paul McCartney, Flaming pie, del cual había escuchado radiar una canción que sonaba fantástica, Young boy.  
Compré el disco y continué paseando por la plaza de Santo Domingo, tan inhóspita y desangelada entonces como ahora.
Pasadas las siete dí con la capilla de San Isidro en San Andrés, sólida e imponente. En más de una ocasión, bordeándola o de soslayo, me había detenido a observar el monumental cubo de ladrillo y granito, pero nunca había visitado su interior. Después de esperar unos minutos a que los invitados de una boda fuesen abandonando su atrio, entré. Ciertamente, el interior, no sé por qué, quizá por la comparación que pudiera hacerse con los frescos de la iglesia de San Antonio de los Alemanes, me decepcionó.
Hace unos días volví a pasar junto a ella, desde aquel siete de junio de mil novecientos noventa y siete habrán sido cientos las veces que lo haya hecho, pero hace unos días, como casi siempre que reparo con detenimiento en el monumental edificio, no hay otra cosa que venga a mi memoria con mayor rapidez y precisión que aquel disco de Paul McCartney, Flaming pie.

Flaming pie, 7 de junio de 1997.