Aquella
tarde de junio salí de casa con la intención de dedicar un par de horas, antes
de la celebración del veintitrés cumpleaños de G., al repaso in situ de algunas pinturas y edificios
del barroco madrileño, de los que a la semana siguiente me examinaba.
Llegué
al Prado, como tantas otras veces, caminando desde la estación de Atocha,
bordeando el Jardín Botánico. Además de recorrer las salas donde entonces
colgaban las pinturas del diecisiete español, tuve tiempo, dentro de ese afán
completivo que debo padecer para casi todo, de visitar una exposición que
aquellos días estaba a punto de clausurarse sobre el gótico en Cataluña, poca
cosa.
Aún
era media tarde cuando salí del Prado. Dada la hora y el recién estrenado
calor, apenas había gente por las calles del centro de Madrid. Tomando la Gran
Vía llegué hasta San Antonio de los Alemanes, donde se oficiaba misa para no
más de media docena de fieles. Me senté en uno de los bancos posteriores y permanecí
atento a las pinturas de la iglesia y a la ceremonia todo el tiempo que tardé
en repasar mentalmente las notas que del edificio llevaba memorizadas.
A
un par de manzanas había visto que se situaba la iglesia de San Plácido, pero
por más vueltas que le dediqué, en la dirección que llevaba apuntada, no
encontré nada, y desistí. Me acerqué entonces a Doctor CD, una tienda de discos
abierta en la calle de la Luna, de las primeras en echar el cierre cuando el
sector comenzó a venirse abajo. El atractivo que tenía entonces, en mil novecientos
noventa y siete, era principalmente que ofrecía los últimos lanzamientos
discográficos a un precio levemente inferior al que se ofertaba, por ejemplo,
en Fnac; mucho antes de que Yunque se especializase también en dicho producto.
En
uno de sus paneles encontré el último disco de Paul McCartney, Flaming pie, del cual había escuchado
radiar una canción que sonaba fantástica, Young
boy.
Compré
el disco y continué paseando por la plaza de Santo Domingo, tan inhóspita y desangelada
entonces como ahora.
Pasadas
las siete dí con la capilla de San Isidro en San Andrés, sólida e imponente. En
más de una ocasión, bordeándola o de soslayo, me había detenido a observar el
monumental cubo de ladrillo y granito, pero nunca había visitado su interior.
Después de esperar unos minutos a que los invitados de una boda fuesen
abandonando su atrio, entré. Ciertamente, el interior, no sé por qué, quizá por
la comparación que pudiera hacerse con los frescos de la iglesia de San Antonio
de los Alemanes, me decepcionó.
Hace
unos días volví a pasar junto a ella, desde aquel siete de junio de mil
novecientos noventa y siete habrán sido cientos las veces que lo haya hecho,
pero hace unos días, como casi siempre que reparo con detenimiento en el
monumental edificio, no hay otra cosa que venga a mi memoria con mayor rapidez
y precisión que aquel disco de Paul McCartney, Flaming pie.