Se
insiste cada vez más, sean las publicaciones más o menos sesudas, noticieros
generales o de ámbitos específicos, en incluir con el mismo protagonismo que
titulares de actualidad y relevancia, clasificaciones, esquematizaciones y
pautas de análisis y atención del tipo: “Los ocho errores que no se han de
cometer a la hora de elegir asiento en un autobús de línea”, “Los cinco mejores
restaurantes madrileños con mantelería de papel y cubertería de plástico”, “Las
diez canciones más estimulantes para comenzar el día en que te transplantan un
riñón”, etc.
Habrá
algunas, no lo discuto, que puedan resultar de cierta utilidad, pero la mayor
parte, además de tendenciosas y fragmentarias, son tan innecesarias y estúpidas
como las decisiones que se toman con el cerebro atestado de cerveza.
Aún
así, como uno es permeable a muchas tendencias, principalmente si estas se nos
presentan inofensivas y se piensa no vayan a transcender el ámbito de lo
privado, hace unas semanas D. y yo nos propusimos establecer un ranking con los
mejores diez discos de la historia, a juicio de cada uno, claro.
Las
pautas para conformar dicho decálogo que, como todo, también en asuntos de ocio,
hay reglas que nos condicionan, eran las siguientes: habrían de ser discos de
artistas extranjeros, es decir, nada de música en castellano; discos
recopilatorios y discos en directo quedarían excluidos; y, como tercera y última
pauta, todos los discos seleccionados deberíamos tenerlos en formato compacto.
El
ejercicio tuvo su gracia. Gran parte de la tarea, se da cuenta uno,
inconscientemente, se ha ido resolviendo con el paso de los años, y hay discos
que, en cuanto te detienes a pensarlo, se imponen espontáneamente como
recuerdos e imágenes que se habían dado por olvidadas.
Repasé
todos los estantes de la habitación de estudio, uno por uno, compacto a
compacto, hasta que tuve una preselección de unos dieciocho. Hecha esta,
ajustar los diez resultó menos complicado de lo que había pensado, incluso
ordenarlos de la primera a la décima posición.
Una
vez compartidas las selecciones, descartes incluidos, han llegado las
conversaciones entorno a las mismas y la posibilidad de hacer otras nuevas con
distintos condicionantes y objetivos. De entre todas, como le decía a D., hay
una para la que no tendría que pensar demasiado: aquella que destacase los
mejores discos en castellano; quizá para situar del segundo al décimo puesto sí
que tendría que darle alguna vuelta, pero para reseñar el mejor disco en
castellano, Camino Soria, de Gabinete
Caligari, está, por distintos motivos, muy por delante de todos los demás;
incluso, diría, de cualquier disco, nacional o extranjero.