martes, 22 de septiembre de 2015

Camino Soria (I).

Se insiste cada vez más, sean las publicaciones más o menos sesudas, noticieros generales o de ámbitos específicos, en incluir con el mismo protagonismo que titulares de actualidad y relevancia, clasificaciones, esquematizaciones y pautas de análisis y atención del tipo: “Los ocho errores que no se han de cometer a la hora de elegir asiento en un autobús de línea”, “Los cinco mejores restaurantes madrileños con mantelería de papel y cubertería de plástico”, “Las diez canciones más estimulantes para comenzar el día en que te transplantan un riñón”, etc.
Habrá algunas, no lo discuto, que puedan resultar de cierta utilidad, pero la mayor parte, además de tendenciosas y fragmentarias, son tan innecesarias y estúpidas como las decisiones que se toman con el cerebro atestado de cerveza.
Aún así, como uno es permeable a muchas tendencias, principalmente si estas se nos presentan inofensivas y se piensa no vayan a transcender el ámbito de lo privado, hace unas semanas D. y yo nos propusimos establecer un ranking con los mejores diez discos de la historia, a juicio de cada uno, claro.
Las pautas para conformar dicho decálogo que, como todo, también en asuntos de ocio, hay reglas que nos condicionan, eran las siguientes: habrían de ser discos de artistas extranjeros, es decir, nada de música en castellano; discos recopilatorios y discos en directo quedarían excluidos; y, como tercera y última pauta, todos los discos seleccionados deberíamos tenerlos en formato compacto.
El ejercicio tuvo su gracia. Gran parte de la tarea, se da cuenta uno, inconscientemente, se ha ido resolviendo con el paso de los años, y hay discos que, en cuanto te detienes a pensarlo, se imponen espontáneamente como recuerdos e imágenes que se habían dado por olvidadas.
Repasé todos los estantes de la habitación de estudio, uno por uno, compacto a compacto, hasta que tuve una preselección de unos dieciocho. Hecha esta, ajustar los diez resultó menos complicado de lo que había pensado, incluso ordenarlos de la primera a la décima posición. 
Una vez compartidas las selecciones, descartes incluidos, han llegado las conversaciones entorno a las mismas y la posibilidad de hacer otras nuevas con distintos condicionantes y objetivos. De entre todas, como le decía a D., hay una para la que no tendría que pensar demasiado: aquella que destacase los mejores discos en castellano; quizá para situar del segundo al décimo puesto sí que tendría que darle alguna vuelta, pero para reseñar el mejor disco en castellano, Camino Soria, de Gabinete Caligari, está, por distintos motivos, muy por delante de todos los demás; incluso, diría, de cualquier disco, nacional o extranjero.     

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