domingo, 16 de noviembre de 2025

Bangladesh a un billete de Metro.

Uno de los debates más recurrentes de los últimos tiempos es aquel que pretende analizar, de una manera más o menos intuitiva, cómo el turismo ha malogrado el casco histórico de las principales ciudades europeas. Existen opiniones a favor y otras, normalmente furibundas, en contra; en lo que siempre se observa cierta concordia es en la presunción que tienen ambas partes de pensar que cuando son ellos los turistas el perjuicio para el lugar visitado es imperceptible, al contrario, se está plenamente convencido de que su estancia en cualquier destino tiene la misma connotación beatífica que un advenimiento celestial. 

Son ganas de perder el tiempo. Llegados a este punto, al menos en el caso de Madrid, lo más razonable es aceptar que su centro histórico, aquel que nos legaron los Habsburgo, nunca será el que conocimos hace poco menos de treinta años, silencioso y despejado.  De igual modo, seguramente que para aquél que lo conoció durante los años cincuenta del siglo pasado sería un lugar irreconocible unas décadas después, cuando nosotros comenzamos a menudear por sus calles. En todo caso, eso sí, se conservan rincones y negocios que frecuentados a determinados días y horas, aún permanecen indiferentes a la marabunta turística.

La Costanilla de los Ángeles, siendo una vía céntrica, se beneficia de la comunicación  más rápida y vistosa de otras calles adyacentes para mantenerse en una cierta penumbra, olvidada del paso que sugieren los dispositivos electrónicos. Bangladesh se sitúa a la mitad de su trazado, en una fachada donde la luz de las farolas parecen compensar en intensidad el fulgor de la Gran Vía, a tan solo unas manzanas. Su escaparate da la impresión de haber sido esmerilado por la polución y el abandono, pero no es así, observado a un palmo, esa falta de lustre es ilusoria, a pesar de que sus focos tengan el brillo de las hojas secas, pocos comercios de la zona tienen una rotación de lo expuesto tan constante y un producto tan variado y fino. Su interior mantiene el mismo tono. Cuenta D. que, una vez que le pidió hacer uso del aseo del sótano al dependiente, un hombre muy afable al que conocimos hace unas décadas al frente de Yunke, en la planta inferior se amontonan muchos más cedés y vinilos que en la planta abierta al público. Si en uno de nuestros viajes a cualquiera otra ciudad europea diésemos con un establecimiento como Bangladesh, sin duda, emplearíamos en recorrer sus paneles metálicos y sus cubetas de cartón toda una tarde. La proximidad en este caso hace que lo digiramos con cierta moderación, sin llegar nunca al empacho.

Este disco de Tim Bowness, tan impredecible, surgió hace unos cuantos años de una de las pilas de cedés que rotulan con el sugerente reclamo de Rock Progresivo.


Lost in the ghost light, 3 de enero de 2022.

jueves, 14 de agosto de 2025

El espejo de cada casa.

Enumeración (a la manera en que se expresa cierto mediocre reportero cultural de la televisión pública; aunque espero que en un tono menos empalagoso): hace diez años Steven Wilson lanzaba su disco Hand. Cannot. Erase., unos meses después lo presentaba en Madrid, en una tarde lluviosa del mes de septiembre. Su último disco lo publicó en la primavera de este año y lo ha presentado, de igual manera, unos meses después en La Riviera. Hace diez años se levantaba la vista en busca de distracción y siempre se descubría alguna nube en la que detenerse. Este verano el cielo está continuamente despejado y las temperaturas disparatadas, pero era hace diez años, curiosamente, cuando se pensaba que de la estación estival no existía escapatoria. El calor se muestra seco e imperturbable, como el gesto de Dylan sobre el escenario. Las rutinas diarias permanecen llenas de menudencias, tanto entonces como ahora, pero hace diez años era ineludible arrinconar unas en el trastero para atender a las otras. Diez años atrás continuaba abierto un local próximo a la plaza de Santo Domingo que se llamaba We Rock, una discoteca magnífica donde pinchaban exclusivamente heavy y rock duro. Cuando se desalojaba el local el cielo comenzaba a clarear. Era el mismo sol que en los amaneceres deportivos brillaba anaranjado y furioso, igual de fantástico e impasible que el actual. Hace diez años tenía por delante una década para alcanzar la cincuentena; hace unas semanas la cuarentena ha quedado relegada una década atrás. En la comisaria de Santa Engracia al revisar la fecha de validez de mi flamante nuevo carné, pensaba entonces: ¿dentro de diez años dónde lo renovaré? A cierta hora de la tarde, por el paseo de la Castellana se transitaba sin que apenas nos cruzásemos con nadie, con la espalda recta y la mirada al frente, como recomienda J. en determinadas circunstancias. Ahora lo más probable es que amparados bajo la sombra de cada árbol haya una docena de turistas arracimados a la espera de que caiga la noche. Los goznes, como me animaba a pensar C., no se doblegan de un día para otro, ni tan siquiera con la frecuencia con la que Steven Wilson suele lanzar nuevo material, hay ocasiones en que cuesta un poco más engrasarlos y que puedan volver a girar con naturalidad.


Hand. Cannot. Erase. 18 de junio de 2015.

martes, 20 de mayo de 2025

Leve alergia estacional.

Suele escucharse que en Madrid no se dan más que dos estaciones: invierno y verano. Quien lo afirma suele hacerlo de manera taxativa, con un tono de relativa ofensa, como si se le hubiese escamoteado algo. Suelen manifestarlo principalmente aquellos que esperan el progresivo advenimiento delante de la pantalla del ordenador o con la vista puesta a medio centímetro de su ombligo. Cuando finalmente reparan en el cambio estacional tienen el convencimiento de que el cielo y las temperaturas se han trastocado definitivamente de un día para otro, sin previo aviso, obviando la consideración de ir anticipándoles el cambio. Pero esta afirmación resulta fácil de rebatir. Tan solo atendiendo a la transición pausada de las horas de claridad y del mercurio de los termómetros, que día tras día avanzan inexorablemente a través de equinoccios y solsticios, el cambio de estación se manifiesta siempre preciso e incontestable. También esta primavera -que, como el otoño, es tomada por una estación de paso-, gradualmente, ha terminado por imponerse.

Hay compactos que son muy complicados de encontrar. Los hay que ni tan siquiera aparecen en el catálogo de las plataformas de venta online de segunda mano, son absolutamente ilocalizables; otros, si en esas mismas plataformas se consigue dar con su rastro, están publicitados con un precio desorbitado y se mantienen, por lo tanto, como objetos igual de inalcanzables. Por esta razón, cuando uno rebusca en las tiendas de segunda mano, particularmente en aquellas que mueven género más constantemente, siempre se hace con la ilusión de dar con alguno de esos compactos extraordinarios (en lo que a su hallazgo se refiere). Si esta búsqueda se da en una tienda del extranjero la fantasía del encuentro es todavía mayor.

El primer viaje que hicimos después de la pandemia fue a Zürich, en el otoño de dos mil veintidós. Las incomodidades y estrecheces de los vuelos seguían siendo los mismos a los que se habían padecido antes de ella, con el agravante del uso de mascarilla y de ciertas limitaciones añadidas. Después del almuerzo con N. y V. en un restaurante a medio camino entre su casa y sus trabajos, D. y yo, tal y como llevábamos planeando desde hacía semanas, anduvimos a la búsqueda de compactos. Su alto coste, fuesen estos de primera o de segunda mano, unificaba toda la oferta. Este de Bill Evans, You must believe in Spring, llevaba tanto tiempo detrás de él que cuando lo descubrí en las cubetas de una tienda céntrica, más que alegrarme por su encuentro lo giré precipitadamente para comprobar su precio (aunque convencido y resignado de que muchos tenían que ser los francos de la etiqueta para que no picase). 

No hay necesidad de creer en la primavera, a pesar de lo que diga Bill Evans, se desee o no esta siempre termina por imponerse; si no en lo metafórico, sí al menos en lo metereológico.


You must believe in Spring, 8 de noviembre de 2022.

lunes, 24 de febrero de 2025

Todo es ahora.

La escritura automática es una bobería, un atajo. Las semanas finales del invierno se componen de mañanas frías y de mediodías templados. En los centros de salud de los barrios más humildes hay tantos pacientes que los últimos en llegar están obligados a esperar fuera. La afluencia en la pastelería, dice la empleada, los lunes es menor que el resto de la semana. ¿Por qué en las tertulias matinales los participantes tienen la cara estirada y se expresan como antipáticos títeres? Hay quien piensa que mejor este tipo de programas que la retransmisión de una sesión de control al gobierno, donde, como en los parques públicos, a las mascotas se les da rienda suelta para que ladren a sus anchas. Si al mediodía las calles se templan, el suburbano, por su parte, se ventila. Hay plazas del centro de la ciudad cuyos locales han cambiado completamente de ocupación en menos de una década. En la tienda de discos a un cliente no le parece bien que el rival futbolístico, acostumbrado a sucumbir, esta vez llegué con ciertas posibilidades de victoria. El dependiente, por otro lado, sin afectación, apunta que asistió a uno de sus conciertos, cuando el dueto se convirtió temporalmente en el proyecto de uno de ellos en solitario, en mil novecientos noventa y cinco. Los mapas de los teléfonos móviles guían a los turistas por los alrededores de la Puerta del Sol. Hace unos meses un billete de cincuenta euros equivalía a cincuenta dólares, ahora tan solo a cuarenta y cinco. Hay museos que mantienen la artística tradición de permanecer cerrados los lunes. Muchos negocios de reciente apertura publicitan en sus fachadas una fecha de fundación sospechosa, como poco, de mediados del siglo pasado. Sería interesante hablar con el encargado y pedirle la partida de nacimiento. La manzana donde vivió y murió Cervantes ha de ser, a la fuerza, un punto señalado y fotogénico. Detrás de la ventana del Be Hoppy, como después de muchas horas de sueño, el presente queda relegado y distante; aquello que estaba pendiente de resolverse, se tiene el convencimiento de que, después del tiempo transcurrido, se habrá solventado satisfactoriamente por sí solo. ¿Para qué un centro integral para el barrio si en este los vecinos cada vez son menos? Los transeúntes buscan las aceras soleadas. Hay propietarios de negocios de hostelería que aprovechan el día de libranza para saludar a aquellos otros que retoman hoy la tarea. Este año me he propuesto leer diez libros, dice un hombre en la mesa de al lado. Llevo ya cuatro, y además de cosas que ni te imaginas, le añade muy pomposo a la mujer que tiene delante. El que a unos pasos le escucha resopla. Este memo como poco será editor, piensa. Hay quien se gana la vida con la escritura automática, que no es más que una artificiosa literatura a brochazos, pero que, como casi todo, también tiene su público.


The tipping point, 24 de febrero de 2025.