sábado, 20 de octubre de 2018

Planetario.

Llegamos a este barrio hace casi diez años. Fue D. quien, alentada por el deseo de vivir en un piso más amplio, preferiblemente en una urbanización equipada con piscina y otras instalaciones que facilitasen el entretenimiento de O., primero visitó el piso que se alquilaba en el tercero de uno de los bloques de esta. Quedó entonces convencida de que una casa así encajaría bien con nuestras necesidades. A los pocos días la visité yo, una mañana dominical de finales de marzo, sin decirle nada, por no generar expectativas que luego no pudiésemos asumir. El piso, claro, también a mí me gusto: espacioso, diáfano y nuevo. Y de igual manera, la urbanización: silenciosa y bien equipada. Unos días después gestionamos las condiciones del alquiler y a comienzos de mayo de dos mil nueve comenzamos a vivir en él. 
Durante casi cuatro años ocupamos dicho tercero, pero como la necesidad de cambio,  una vez satisfecha hay veces en que, de igual manera que los hierbajos que se arrancan por sanear el terrero, al poco encuentran brios nuevos; al comienzo de dos mil trece nos mudábamos del citado tercero al bajo de otro de los bloques de la misma urbanización; una casa, ciertamente, de condiciones mucho más atractivas. 
Nos lo alquilaban unos vecinos con los que habíamos tenido trato durante aquellos primeros cuatro años en la urbanización. Dado que meses atrás habían tenido un tercer hijo, su casa se les había quedado pequeña y se mudaban a una mayor en un barrio próximo.  
En cuanto a dimensiones, el tercero y el bajo, si bien sus distribuciones diferían notablemente, en metros cuadrados eran muy parecidos; lo que había instigado principalmente el deseo de D. era la terraza que se abría en el lateral de la casa que daba al interior de la urbanización. No más de quince metros, aunque ese espacio, recogido y sosegado, le daba a la casa un tono muy confortable.
Pero volviendo a nuestra llegada al barrio, en la primavera de dos mil nueve, pasaron unos días desde que nos instalamos y pusimos en orden todo lo mudado, hasta que pude encontrar hueco para comprar los primeros compactos. Fue el jueves catorce, una mañana lluviosa, en la tienda Daily Price de la estación de Atocha a la que ya en alguna otra entrada me he referido. No fui mucho más lejos. Allí, pacientemente, recorrí todos sus estantes y entre otros compactos, di con este de Crowed House, Time on Earth.

Time on Earth, 14 de mayo de 2009.