Hay
aficiones que, compartidas, resultan siempre de más gancho y atractivo. D.,
para esta del coleccionismo de compactos, ha sido siempre el amigo más
constante y entusiasta.
Las
circunstancias de nuestra afición en estas casi dos décadas, claro, han ido
variando, aparte del recorrido que en función del progresivo cierre de locales
nos hemos visto obligados a ir ajustando, principalmente, a un nivel
presupuestario; desde los tiempos de estudiantes, cuando el dinero empleado en
la compra de algún compacto lo administrábamos con la previsión que ha de tener
un naufrago con sus últimas reservas de agua potable, a momentos en los que con
unos ingresos más estables, el presupuesto destinado a la compra de música, sin
excesos, nos ha permitido tantear géneros y artistas con más soltura.
Solemos
acordar la cita de una semana para otra. D., una vez concretado el día, suele
añadir: “Tengo X euros guardados sólo para compactos…” Y enumera a continuación
un par de ellos que tiene intención de comprar, lo cual genera siempre cierta expectación.
Llegado
el día, que suele darse después de la jornada laboral de ambos, concretamos el
lugar de la cita, que salvo rara ocasión nos suele encontrar, caída la tarde,
junto a la tienda Yunke de la calle Hileras.
Si
por algún motivo uno de los dos se retrasa, el otro suele esperar en la
sidrería de enfrente. No se trata de plantar la caña cuanto antes con la
intención de hacerse primero con la mejor pieza, se trata principalmente de ir
pescando a la par, unas veces sugiriendo, otras alabando y, las más, bromeando
y cuestionando las decisiones del otro, lo cual es también parte importante del momento.
Fondeado
Yunke hay ocasiones en que nos acercamos a Metralleta o a algún otro de los
pocos locales cercanos, más por salpimentar un poco el recorrido que por un
interés específico; en todo caso, Fnac, lo dejamos siempre como postre,
pensando en la posibilidad de que los platos principales, por frugales, nos
hubiesen dejado aún con apetito.
Recorrida
la segunda planta de los grandes almacenes, donde las opciones de sorpresa son
pocas, si acaso alguna oferta imprevista, lo natural es que, entre un sitio y
otro, cada uno cargue con tres o cuatro compactos y quizá algún libro o DVD.
El
botín lo revisamos en algún bar cercano, si se tiene especial interés
desprecintamos alguno y echamos un vistazo a su libreto. Pasarán días hasta que
del mismo se pueda hacer una escucha detenida, lo cual, en realidad, si se plantea, poco nos importa. Apuramos las cervezas y continuamos la noche.