Según van sucediéndose las entradas de este blog, días y compactos van emparejándose como en un juego infantil de cartas -hay días en que, por despiste, a falta de uno se han entrelazado dos, incluso tres cedés-. El calendario se convierte en uno de esos inmensos arboles genealógicos donde poco a poco, después de trastear en todos los álbumes familiares, el retrato de cada miembro va encontrando acomodo en su rama. Ese imagino que es el propósito final de este blog: darle a cada día su particular significación musical, su santoral en forma de compacto.
Tenía el convencimiento de que de todos los días del año había uno en que nunca había comprado un compacto ni tampoco nadie me lo había regalado: el uno de enero. Siendo un día de cierre comercial y propicio para el recogimiento, no tenía duda; pero me equivocaba. Repasando el listado de cedés, ha habido dos años en que esta llegada imprevista se ha dado.
El primero de ellos fue en dos mil tres. Tratando de recordar lo que fueron aquellos días anoche estuve leyendo lo que entonces escribí en aquel rugoso cuaderno gris. (Es curioso que veinte años después aquella caligrafía en algunas líneas se me vuelve totalmente ilegible.) Si hay otros periodos que de vez en cuando suelo revistar, a los días finales de dos mil dos y primeros de dos mil tres apenas les he prestado luego atención.
La tarde de Año Nuevo había quedado con L. en la puerta de su casa, a tan solo unos metros del local donde la noche anterior había despedido el año. L. vivía entonces con J. en la calle de Lavapiés, a pocos metros de la plaza. El piso lo habían comprado y reformado durante el verano anterior. Todavía conservo una fotografía en la que se les ve embadurnados de yeso, con la llana en la mano, tratando de rasar unas paredes que la memoria me devuelve con la apariencia ondulada de un decorado infantil.
El frío y la fecha mantenían las calles despejadas. Caminamos hasta El Café del Foro, cerca de la glorieta de Bilbao, el local donde transcurrían aquellas inolvidables escenas de “Los peores años de nuestra vida”. Era este un local amplio y acogedor al que acudíamos con frecuencia. Aquella tarde no estaba muy concurrido. Nos pusimos al día, charlando sobre todo de lo que habían sido los días navideños previos, y regresamos a Lavapiés paseando. En su casa J. continuaba estudiando. Cenamos unos bocadillos de calamares que habíamos comprado de camino y prolongamos un rato más la conversación junto a él. Unas semanas antes L. y su ex novio habían desmantelado el bar que tenían juntos en Móstoles. En el reparto había muchos cedés. La mayor parte se los quedó ella, me dijo, aunque había algunos que me había apartado por si me interesaban: entre ellos este de Quimi Portet, que escuchado con detenimiento y sin prejuicios, tantos años después, sigue resultando muy simpático.
| Hoquei sobre pedres, 1 de enero de 2003. |