lunes, 28 de diciembre de 2015

Déjà Voodoo.

Si de cerrar este irregular e inclasificable año se trata, por buscar un compacto significado sin caer en la evidencia, por unir escenarios y tramas agridulces, más allá de que la compra del mismo se diese dos años atrás y de que musicalmente no me genere un interés especial, recordaré este de Gov´t Mule, Déjà Voodoo, comprado el doce de abril de dos mil trece.
En Madrid eran entonces los días aún inestables y lluviosos, pero en Alicante, adonde viajamos el jueves de aquella semana, la temperatura era mucho más suave y benévola, lejos aún de su característico sofoco estival.
Los motivos que en aquella ocasión nos llevaban hasta allí eran principalmente dos, por un lado la consulta que D. necesitaba hacer en la hemeroteca municipal de una serie de documentos relacionados con la actividad teatral celebrada en la ciudad a comienzos del siglo pasado y, por otro, ajustado el primero a este, el concierto que Loquillo daba aquel mismo sábado en una sala de San Vicente del Raspeig.
El viernes doce D. empleó la mañana en compilar toda la información documental que necesitaba, y yo, sin grandes prisas, en el habitual paseo hasta FNAC, cuyo local en Alicante se sitúa no muy lejos de la estación, en la parte baja de una galería comercial muy poco transitada. A diferencia del de Madrid, además del trato amable de la plantilla empleada en la capital levantina, cuenta este también con la particularidad de ofrecer con frecuencia al comprador de compactos la sorpresa que genera el desorden y la venta moderada. Si se busca alguno en concreto, a pesar de hacerlo guiados por la ordenación alfabética que parece regir la disposición del producto, lo habitual es que toda la sección se encuentre dispuesta con la misma lógica que deja a su paso un torbellino; por lo que es frecuente que el compacto buscado se encuentre en una ubicación inesperada y, además, dada la poca venta de la que parece gozar el género en el Levante español, los precios, en algunos casos, al pertenecer a catálogos vencidos y obsoletos, se encuentren muy por debajo de lo que incluso el más optimista podría esperar.
Aquel día, movido por el anuncio de los primeros grupos confirmados para el inminente Azkena, una práctica que desde hace un par de años se ha convertido en habitual, di con uno de Gov´t Mule, de los que aún no tenía ninguno, a un precio, claro, muy por debajo del que había visto en un par de tiendas madrileñas. 
Desprecinté el compacto sentado en la explanada del paseo marítimo, esperando a D., que llegó, como decía aquella canción incluida en el LP de los Rolling Stones ya citado en una de las primeras entradas de este blog, colorida y primaveral.

Déjà Voodoo, 12 de abril de 2013.

sábado, 5 de diciembre de 2015

El brillante disfraz.

Uno de los muchos prejuicios que se tiene es el de desconfiar, en algunos casos incluso de menospreciar, de aquello que goza de una aceptación masiva. En este sentido, en lo musical, los ejemplos son muchos, sin que el tiempo, y a pesar de la compra y escucha de los discos de estos músicos, haya mejorado en la mayor parte de los casos la valoración de los mismos.
Bruce Springsteen, con matices, es uno de estos casos; esa supremacía que en los años ochenta hacía que cada uno de sus discos se posicionase durante semanas en el número uno de cualquier lista de éxitos, a ojos de un adolescente, que veía en otros una “autenticidad” mayor, resultaba incomprensible y sospechosa. Además, que dentro del círculo de amistades con el que entonces se contaba, gozase de la aceptación y seguimiento de aquellos que apenas sentían un interés musical específico, contribuía también a generar cierto recelo.
De Tunnel of love, en el momento de su aparición, sólo escuché, sin especial interés, los singles que de él se fueron extrayendo y que de continuo se radiaban en las emisoras de la época. Pero cinco años después de su lanzamiento, en mil novecientos noventa y dos, ese disco, y más específicamente una de sus canciones principales, Brilliant Disguise, cobró una repercusión inesperada. Fue en una de las clases finales del primer trimestre de C.O.U., en la que el sustituto de la profesora titular de inglés, entonces enferma, dedicó los cincuenta minutos de la clase a escuchar y traducir dicha canción. En ella se descubría a Bruce Springsteen ilustrando con aparente honestidad y amargura la reciente ruptura de su matrimonio con Julianne Philips, haciendo uso de un tono alejado de la autosuficiencia y contundencia que yo le suponía.
A pesar de ello, del mucho gusto con él que desde entonces escuché Brilliant Disguise, por ese tonto prejuicio que situaba a Springsteen unos peldaños por debajo de otras preferencias, no fue hasta el catorce de noviembre de dos mil que me decidí a comprar el disco que contenía el tema. Y lo hice, sin un empuje específico que ahora recuerde, en una de las tiendas que Madrid Rock tenía entonces en la capital, en la calle Mayor, al término de una de las conferencias a las que de vez en cuando, en aquellos años todavía, asistía con D.; aquella noche también, inesperadamente, acompañados de S. 
Es cierto que después de Tunnel of love, de Bruce Springsteen he comprado más de media docena de discos, de distintas épocas y temáticas, pero como aquel ninguno al que se vuelva con tanto gusto. Lo cual resulta curioso, ya que para sus seguidores, Tunnel of love, alejado de la E Street Band, supone una concesión y, en términos de “autenticidad”, un retroceso... Cuestión de prejuicios, supongo.

Tunnel of love, 14 de noviembre de 2000.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Camino Soria (y III).

A finales de los años noventa, junto a una de las principales calles comerciales de Leganés, la construcción de una manzana de viviendas en lo que anteriormente no había sido más que un solar en desuso, hizo que se generase una amplia plaza donde se abrieron media docena de nuevos negocios, entre ellos la tienda de discos donde aquel trece de octubre de mil novecientos noventa y nueve compré Camino Soria.
Ya entonces, imagino, el negocio musical presentaba claros indicios de declive, por lo que, visto ahora, abrir en aquella época una tienda de discos, con las mismas expectativas de supervivencia que tiene un bloque de hielo en pleno agosto, nos resulta de una audacia rayana en la torpeza.
Quizá me equivoque, pero creo recordar que se trataba de una franquicia vinculada a una de esas cadenas especializadas en la venta por catálogo, no sólo de música, también de películas y principalmente de videojuegos; un local pequeño y ambientado sin mucho énfasis, que apenas visité un par de veces. Este de Gabinete fue el único compacto que allí compré, bien por la corta vida del negocio, que no sé si llegaría a cumplir el año, bien porque aquel sólo se prestaba, dado el surtido y el poco atractivo del local, de igual manera que las tiendas de ultramarinos regentadas por chinos, a la atención de emergencias. Y la compra de Camino Soria, impulsado por un impreciso y pasajero sentir nostálgico, entonces lo fue.
A comienzos de aquel otoño de mil novecientos noventa y nueve, terminada la carrera y después de haber trabajado durante el verano, me encontraba desempleado y viviendo en casa de mis padres, lo cual era todavía parte de un guión aceptable. Sin más obligaciones, las fiestas de San Nicasio, que se dan a mediados de octubre, me tuvieron un par de noches en danza por las calles del barrio. Siendo niño, estas fiestas se presentaban siempre como el primer escalón que nos conducía a todos los escolares de la infancia a la adolescencia; pasada esta y mediada la veintena, como principal atractivo, si acaso, sólo quedaba el recuentro con amistades a las que los años, principalmente esas mismas, las escolares, habían ido alejando. Al hilo de esta circunstancia, imagino que, teniendo en cuenta que Camino Soria (en formato cinta) había marcado los últimos años de colegio, el encuentro entonces con antiguos compañeros del mismo, incentivó el deseo de retomar dicho disco; y hacerlo en formato compacto, siendo este uno de los primeros que tuve original en ambos, se impondría en aquel momento como una necesidad inexcusable.

sábado, 3 de octubre de 2015

Camino Soria (II).

Hay quienes, tras media vida de esfuerzo y reflexión, conceden al azar el privilegio indiscutible de la precisión matemática. Cada hecho, en apariencia aleatorio y deslavazado, según estos, entre ellos el húngaro Arthur Koestler, responde a un orden en absoluto casual e inconexo donde las coincidencias no son tales, sino axiomas perfectamente definidos y mesurables de cuya naturaleza aún se desconoce la mayor parte. Complicado empeño, si bien, vectores para el análisis existen.
El primer formato en que tuve Camino Soria fue en casete, que compré, también con su anécdota, que en esta ocasión no viene al caso, en marzo de mil novecientos ochenta y ocho. Entonces, a esa edad, tener un casete, una fortuna esporádica y costosa, era tan infrecuente como haber estrenado zapatillas, que, una vez calzadas, hasta ducharte con ellas se entendía como un acto perfectamente normal.
Trillé aquella cinta con devoción durante años y, de igual manera que sucede con los primeros amores y otros recuerdos infantiles, sus canciones se fijaron a la identidad de uno como la carcoma a la madera.
La preeminencia del compacto como formato musical doméstico, algunos años después, trajo consigo que muchos casetes, comprados o grabados, fuesen poco a poco siendo reemplazados por sus versiones en formato CD. Entre ellos, claro, Camino Soria.
No hace mucho leí el libro que Jesús Rodríguez Lenin dedica a Gabinete Caligari. En él se relata y analiza en detalle el ascenso y posterior decadencia del trío, su progresiva pérdida de popularidad, un último disco, Subid la música, para nada mediocre, y el momento en que Jaime Urrutia decide poner punto final al grupo, en una reunión rutinaria de la sociedad que junto a Edi Clavo y Ferni Presas formaba, el trece de octubre de mil novecientos noventa y nueve.
Animado por un motivo impreciso, me fui entonces al listado donde tengo cronológicamente apuntados todos los compactos de la colección, por ver en qué compras musicales andaba uno por aquellas fechas. Y sí, con gran sorpresa y cierto deleite al comprobar que, por más que a nosotros se nos escape, hay detalles que se hilvanan solos sin necesidad de atención y esfuerzo, aquel trece de octubre de mil novecientos noventa y nueve, mientras Jaime Urrutia decidía dar portazo definitivo a Gabinete, yo me encontraba comprando en formato CD su Camino Soria
Si esta coincidencia responde a un orden matemático-azaroso de mayor proyección y sentido, no seré yo quién lo investigue, pero si alguien se anima, los anteriores son los datos.

Camino Soria, 13 de octubre de 1999.

martes, 22 de septiembre de 2015

Camino Soria (I).

Se insiste cada vez más, sean las publicaciones más o menos sesudas, noticieros generales o de ámbitos específicos, en incluir con el mismo protagonismo que titulares de actualidad y relevancia, clasificaciones, esquematizaciones y pautas de análisis y atención del tipo: “Los ocho errores que no se han de cometer a la hora de elegir asiento en un autobús de línea”, “Los cinco mejores restaurantes madrileños con mantelería de papel y cubertería de plástico”, “Las diez canciones más estimulantes para comenzar el día en que te transplantan un riñón”, etc.
Habrá algunas, no lo discuto, que puedan resultar de cierta utilidad, pero la mayor parte, además de tendenciosas y fragmentarias, son tan innecesarias y estúpidas como las decisiones que se toman con el cerebro atestado de cerveza.
Aún así, como uno es permeable a muchas tendencias, principalmente si estas se nos presentan inofensivas y se piensa no vayan a transcender el ámbito de lo privado, hace unas semanas D. y yo nos propusimos establecer un ranking con los mejores diez discos de la historia, a juicio de cada uno, claro.
Las pautas para conformar dicho decálogo que, como todo, también en asuntos de ocio, hay reglas que nos condicionan, eran las siguientes: habrían de ser discos de artistas extranjeros, es decir, nada de música en castellano; discos recopilatorios y discos en directo quedarían excluidos; y, como tercera y última pauta, todos los discos seleccionados deberíamos tenerlos en formato compacto.
El ejercicio tuvo su gracia. Gran parte de la tarea, se da cuenta uno, inconscientemente, se ha ido resolviendo con el paso de los años, y hay discos que, en cuanto te detienes a pensarlo, se imponen espontáneamente como recuerdos e imágenes que se habían dado por olvidadas.
Repasé todos los estantes de la habitación de estudio, uno por uno, compacto a compacto, hasta que tuve una preselección de unos dieciocho. Hecha esta, ajustar los diez resultó menos complicado de lo que había pensado, incluso ordenarlos de la primera a la décima posición. 
Una vez compartidas las selecciones, descartes incluidos, han llegado las conversaciones entorno a las mismas y la posibilidad de hacer otras nuevas con distintos condicionantes y objetivos. De entre todas, como le decía a D., hay una para la que no tendría que pensar demasiado: aquella que destacase los mejores discos en castellano; quizá para situar del segundo al décimo puesto sí que tendría que darle alguna vuelta, pero para reseñar el mejor disco en castellano, Camino Soria, de Gabinete Caligari, está, por distintos motivos, muy por delante de todos los demás; incluso, diría, de cualquier disco, nacional o extranjero.     

domingo, 16 de agosto de 2015

El cambio de estación.

Si bien a este verano impasible aún le quedan unas cuantas semanas de calor, para aquellos a quienes el otoño se nos ha figurado siempre como la estación del año más estimulante, agosto, más que la cima del verano, es en cierta manera un peldaño de bajada, la antesala de septiembre, el arranque de la estación, que sobre todo en los mediodías y noches de bochorno estival, más se extraña.
Serían decenas los compactos en los que podría detenerme como propios de esta época, y he pensado durante un momento en muchos de ellos, pero, no sé por qué, finalmente me he decidido por dos que compré el diecisiete de agosto de dos mil tres; uno, un recopilatorio de Nick Drake, del cual había leído una reseña en un suplemento cultural, y otro, The Queen is dead, de The Smiths; ambos destinados a ambientar, no sé si intencionadamente o no, los preparativos del viaje a Londres que, en compañía de parte de mis amigos más cercanos, tenía planeado para finales de octubre de ese mismo año.
Eran aquellas semanas, momentos también de pérdida e incertidumbre.
Aquél día libré. M. y B., de vacaciones, me habían pedido el favor de que me acercase un par de veces por semana a su casa para regarles las plantas. Ella, siempre tan detallista, en agradecimiento, el primer día que fui me encontré con que me había dejado un par de tarjetas de regalo de Fnac.
Aquel día aproveché la libranza para gastar una de las dos tarjetas en la compra de estos compactos.
El disco recopilatorio de Nick Drake, a quien luego he leído citado decenas de veces como referente siempre de músicos que me cargan por su impostura y apatía, realmente no me desagradó. Era suave, tristón y reflexivo; pero no pasó de aquellas semanas. Si echo mano de él, tan sólo con ver su portada y las fotos de su libreto, como ya en su momento citaba, en aquel verano de dos mil tres, no hay sentimientos que se impongan tanto como “la nostalgia, el desánimo y la insatisfacción.”
Echar mano de la opinión del redactor de algún suplemento cultural o de alguna revista musical a la hora de comprar un compacto ha sido algo que he llevado a cabo no siempre con mucho acierto, si bien, el disco de Nick Drake, por más que apenas sienta deseos de escucharlo una o dos veces al año, no entraría dentro de los primeros puestos de torpezas cometidas en este sentido.
The Queen is dead, en cambio, sí que es un disco al que vuelvo con asiduidad, especialmente a finales del verano y a comienzos del otoño. Este compacto hace mala la teoría que da por supuesto que comenzar un disco con un tema potente y atrayente es definitivo. De las diez canciones que lo componen, quizá la primera, un desconcertante engrudo sonoro, sea la única que no esté a nivel. El resto, una a una, resultan canciones fantásticas, cada una resuelta como esas secuencias en las películas de acción en las que el protagonista saca adelante con agilidad y determinación las situaciones comprometidas que se le van presentando. De Frankly, Mr Shankly, pasando por Cemetry gates – con las citas a Yeats, Keats y Wilde-, a Some girls are bigger than others, la canción que cierra el disco, cuyo título no admite réplica, el disco de The Smiths se mantiene siempre, escucha tras escucha, año tras año, como la promesa entusiasta de un otoño mejor.


Way to blue & The Queen is dead, 17 de agosto de 2003.

domingo, 5 de julio de 2015

La afición compartida.

Hay aficiones que, compartidas, resultan siempre de más gancho y atractivo. D., para esta del coleccionismo de compactos, ha sido siempre el amigo más constante y entusiasta.
Las circunstancias de nuestra afición en estas casi dos décadas, claro, han ido variando, aparte del recorrido que en función del progresivo cierre de locales nos hemos visto obligados a ir ajustando, principalmente, a un nivel presupuestario; desde los tiempos de estudiantes, cuando el dinero empleado en la compra de algún compacto lo administrábamos con la previsión que ha de tener un naufrago con sus últimas reservas de agua potable, a momentos en los que con unos ingresos más estables, el presupuesto destinado a la compra de música, sin excesos, nos ha permitido tantear géneros y artistas con más soltura.
Solemos acordar la cita de una semana para otra. D., una vez concretado el día, suele añadir: “Tengo X euros guardados sólo para compactos…” Y enumera a continuación un par de ellos que tiene intención de comprar, lo cual genera siempre cierta expectación.
Llegado el día, que suele darse después de la jornada laboral de ambos, concretamos el lugar de la cita, que salvo rara ocasión nos suele encontrar, caída la tarde, junto a la tienda Yunke de la calle Hileras.
Si por algún motivo uno de los dos se retrasa, el otro suele esperar en la sidrería de enfrente. No se trata de plantar la caña cuanto antes con la intención de hacerse primero con la mejor pieza, se trata principalmente de ir pescando a la par, unas veces sugiriendo, otras alabando y, las más, bromeando y cuestionando las decisiones del otro, lo cual es también parte importante del momento.
Fondeado Yunke hay ocasiones en que nos acercamos a Metralleta o a algún otro de los pocos locales cercanos, más por salpimentar un poco el recorrido que por un interés específico; en todo caso, Fnac, lo dejamos siempre como postre, pensando en la posibilidad de que los platos principales, por frugales, nos hubiesen dejado aún con apetito.
Recorrida la segunda planta de los grandes almacenes, donde las opciones de sorpresa son pocas, si acaso alguna oferta imprevista, lo natural es que, entre un sitio y otro, cada uno cargue con tres o cuatro compactos y quizá algún libro o DVD.
El botín lo revisamos en algún bar cercano, si se tiene especial interés desprecintamos alguno y echamos un vistazo a su libreto. Pasarán días hasta que del mismo se pueda hacer una escucha detenida, lo cual, en realidad, si se plantea, poco nos importa. Apuramos las cervezas y continuamos la noche.

domingo, 14 de junio de 2015

La capilla de San Isidro en San Andrés como un pastel flameante.

Aquella tarde de junio salí de casa con la intención de dedicar un par de horas, antes de la celebración del veintitrés cumpleaños de G., al repaso in situ de algunas pinturas y edificios del barroco madrileño, de los que a la semana siguiente me examinaba.
Llegué al Prado, como tantas otras veces, caminando desde la estación de Atocha, bordeando el Jardín Botánico. Además de recorrer las salas donde entonces colgaban las pinturas del diecisiete español, tuve tiempo, dentro de ese afán completivo que debo padecer para casi todo, de visitar una exposición que aquellos días estaba a punto de clausurarse sobre el gótico en Cataluña, poca cosa.
Aún era media tarde cuando salí del Prado. Dada la hora y el recién estrenado calor, apenas había gente por las calles del centro de Madrid. Tomando la Gran Vía llegué hasta San Antonio de los Alemanes, donde se oficiaba misa para no más de media docena de fieles. Me senté en uno de los bancos posteriores y permanecí atento a las pinturas de la iglesia y a la ceremonia todo el tiempo que tardé en repasar mentalmente las notas que del edificio llevaba memorizadas.
A un par de manzanas había visto que se situaba la iglesia de San Plácido, pero por más vueltas que le dediqué, en la dirección que llevaba apuntada, no encontré nada, y desistí. Me acerqué entonces a Doctor CD, una tienda de discos abierta en la calle de la Luna, de las primeras en echar el cierre cuando el sector comenzó a venirse abajo. El atractivo que tenía entonces, en mil novecientos noventa y siete, era principalmente que ofrecía los últimos lanzamientos discográficos a un precio levemente inferior al que se ofertaba, por ejemplo, en Fnac; mucho antes de que Yunque se especializase también en dicho producto.
En uno de sus paneles encontré el último disco de Paul McCartney, Flaming pie, del cual había escuchado radiar una canción que sonaba fantástica, Young boy.  
Compré el disco y continué paseando por la plaza de Santo Domingo, tan inhóspita y desangelada entonces como ahora.
Pasadas las siete dí con la capilla de San Isidro en San Andrés, sólida e imponente. En más de una ocasión, bordeándola o de soslayo, me había detenido a observar el monumental cubo de ladrillo y granito, pero nunca había visitado su interior. Después de esperar unos minutos a que los invitados de una boda fuesen abandonando su atrio, entré. Ciertamente, el interior, no sé por qué, quizá por la comparación que pudiera hacerse con los frescos de la iglesia de San Antonio de los Alemanes, me decepcionó.
Hace unos días volví a pasar junto a ella, desde aquel siete de junio de mil novecientos noventa y siete habrán sido cientos las veces que lo haya hecho, pero hace unos días, como casi siempre que reparo con detenimiento en el monumental edificio, no hay otra cosa que venga a mi memoria con mayor rapidez y precisión que aquel disco de Paul McCartney, Flaming pie.

Flaming pie, 7 de junio de 1997.

sábado, 16 de mayo de 2015

Yunke.

De todas las tiendas de compra y venta de discos que se abrían hace años en el centro de Madrid, localizadas muchas de ellas en las calles próximas a la del Arenal, Yunke, en la de las Hileras, es de las pocas que permanece con cierto ajetreo y atractivo.
Actualmente, el espacio que ocupa la exposición de compactos no es mucho, un par de murales y una docena de cajones, que en total deben dar cabida a no más de mil unidades, pero siempre con mucha rotación y a precios, especialmente para los últimos lanzamientos, que se exponen en los citados murales, imbatibles, si se comparan con los que se promocionan en los grandes almacenes cercanos.
Tiempo atrás, aparte de este espacio, todos los cajones situados en el centro de la tienda, los que generan un pasillo rectangular alrededor del perímetro del local, contenían también miles de compactos; ahora no, desde hace un par de años, esos cajones centrales dan cabida en cifra parecida a películas en formato DVD, de todo género y categoría.
Para aquellos a los que la pasión por el compacto sigue intacta, a pesar de dicha reducción, el interés por la oferta del local sigue siendo el mismo, sino mayor; centrándose cada vez más en la venta de últimos lanzamientos y cribando con cierto criterio las series medias, puede echarse un vistazo con una regularidad semanal sin que las posibilidades de pasar por caja sean menores.
Serán más de cien los compactos que en Yunke haya comprado. Por traer hoy uno a este blog, el primero que me viene a la memoria, sin necesidad de forzar el recuerdo, es el Breathe, del grupo islandés Leaves, del que entonces, el tres de octubre de dos mil siete, cuando lo compré, no conocía absolutamente nada.
Unos días antes, con la vista puesta en el nacimiento de O. y la necesidad de un tiempo de respiro, dada la posibilidad de cobrar durante unos meses la prestación por desempleo, había decidido dar por finalizado mi contrato con la empresa deportiva alemana a la que durante un año de manera insatisfactoria había estado vinculado. Se aventuraba, por lo tanto, una temporada de incertidumbre y contención.
De un día para otro, desatado del teléfono y de otras obligaciones laborales, la asfixiante rutina anterior se había quedado deshilvanada a la espera de que nuevos hábitos se decidiesen a componer una nueva. Cada pequeño detalle, cada hora, sin especial énfasis, resultaba entonces más reconfortante que cualquiera de los que se habían dado durante los meses previos.
La compra de un compacto del que no se tuviera noción alguna era parte de la predisposición del momento. Recuerdo que aquel tres de octubre de dos mil siete estuve en Yunque al mediodía, antes de que el cielo se encapotase y lloviese con insistencia el resto del día. Revolví durante un buen rato en los cajones centrales, entonces aún repletos de compactos, y di con el de Leaves, cuya portada, imprecisa, en tono sepia, evocaba todo lo que el otoño, esperaba, me pudiese ofrecer. Pensé que quizá se trataba de un grupo de gusto jazz, pausado y ameno, no sé por qué; y me hice con él.

Breathe, 3 de octubre de 2007.

domingo, 19 de abril de 2015

Cuerpo de ola.

Unos días después, el doce de abril de dos mil, ya establecido en la habitación compartida del piso de la calle Segovia, compré el que habría de ser primer compacto de aquella nueva etapa: En concierto, de Hilario Camacho.
No lo hice en la tienda a la que me refería en la entrada anterior, pero sí en el mismo centro comercial, en la sección de discos del supermercado que se abría en la planta baja del mismo.
Este compacto, pensado con detenimiento, como otros muchos de imprevistos vértices, guarda consigo el recuerdo de tres momentos bien espaciados.
El primero, tomado de la primavera de mil novecientos noventa y siete, me tiene sentado al escritorio de la habitación que ocupaba en la casa familiar, afanado en las tareas universitarias del momento, tan pendiente de estas como de la música que el pequeño radiocasete, lejos de la magnificencia de la cadena musical que permanecía emplazada en el salón, sintonizaba. Entonces escuché por primera vez Oye, niña; una canción que anduvo rondándome un tiempo con agrado, si bien no lo suficiente como para que me tomase en serio la compra del compacto que la contenía.
Tres años después, relegado a los estantes de las series medias que tantas inesperadas alegrías suelen presentar, di con él, en el citado supermercado, a un precio innegociable. Recuerdo escucharlo entonces en el salón de la casa recién estrenada, donde uno de los compañeros de piso había colocado un pequeño equipo de música, que funcionaba con la desesperante irregularidad que sólo tienen los cacharros viejos y descuidados, sentado en uno de sus sofás, a tono con la quiebra del aparato eléctrico, mirando por los ventanales, pensando en las posibilidades y contrariedades a las que se prestaban aquellos nuevos días.
En concierto, de Hilario Camacho, el único que del cantautor madrileño he comprado, no ha sido nunca un compacto que haya escuchado con asiduidad. Aún así, por encima de otros, en la memoria mantengo perfilado el momento en que leí que Hilario Camacho se había suicidado. Fue en una revista musical, en el arranque del otoño de dos mil seis, mientras caminaba por la calle Delicias. En el mismo, que aún debo conservar archivado, aparte de unas breves líneas alrededor de la obra del músico, al hilo de una nota que había dejado junto a sí, se ponía cierto interés en las razones que parecían haberle llevado al suicidio.
Después de su muerte, de igual modo que se hace al releer una novela de Agatha Christie, atento a cada uno de los pasos de sus personajes, buscando comprensión al desenlace que ya conocemos, condicionado por su suicidio, así he vuelto desde entonces siempre al disco de Hilario Camacho, buscando algún indicio del desenlace. Lo cual, por más que uno se empeñe, no tiene especial sentido.

viernes, 27 de marzo de 2015

Todavía es tarde.

Cenizas en el aire, el cuarto disco en solitario de Ariel Rot, el segundo de su etapa posterior a Los Rodríguez, llegó el veintisiete de marzo de dos mil. Hoy se cumplen, por lo tanto, quince años.
Trabajaba entonces para una empresa conocida y dedicada principalmente a la comercialización de máquinas tragaperras, como encargado de uno de lo que ellos mismos denominaban “centros de ocio”, una rama del negocio centrada en la explotación de establecimientos para el entretenimiento familiar, a medio camino entre el local de máquinas recreativas y la caseta de feria.
El mismo se abría dentro del único centro comercial de un desangelado barrio del sureste madrileño, que aparte de un edificio de gobierno regional, no presentaba entonces más espacios de interés ni atención.
Dicho centro comercial, articulado alrededor de un amplio supermercado que ocupaba la planta baja casi en su totalidad, albergaba también decenas de locales de marcas de moda, entonces en pleno despunte, restaurantes, salas de cine y algunos otros negocios varios, de corte más barrial. Entre estos últimos, la tienda de discos que todo centro comercial bien surtido, a comienzos de siglo, presentaba. Un espacio de no más de treinta metros cuadrados, pero bien provisto y atendido. En él, durante el tiempo que estuve trabajando en dicho “centro de ocio”, encontré y compré numerosos compactos. Entre ellos, este Cenizas en el aire de Ariel Rot, un LP especialmente significado.
Al día siguiente de hacerme con él, mientras me afeitaba, viviendo aún en la casa de mis padres, con la misma naturalidad que en las ramas de los árboles brotan hojas nuevas en primavera, la idea de emanciparme del que hasta entonces había sido mi único hogar, se me presentó ineludible y clara.
Los pasos posteriores se sucedieron con la determinación y soltura con que deberían afrontarse siempre todas las intenciones de las que uno está francamente convencido.
En un par de días, el viernes de esa misma semana, había dado con una habitación en un piso compartido, que ocuparía con gusto durante más de cuatro años.
Cenizas en el aire, sin pretenderlo, y particularmente canciones como Hasta perder la cuenta y Dos de corazones, se convertirían en el soniquete indiscutible de aquellos días, un momento, como todos los arranques de etapas que intuimos rebosantes, animoso y grato.

Cenizas en el aire, 27 de marzo de 2000.

sábado, 21 de marzo de 2015

Las ramas.

De los diez primeros compactos que compré, espaciados según presupuesto, nueve fueron de los Rolling. De ellos, como de algunos otros, aparte del tronco que conforman los discos oficiales del grupo, tanto de estudio como directos, movido por un perseverante e incontrolable afán completivo, otras ramificaciones, carreras en solitario y demás rarezas, sin saber muy bien cómo, también se han convertido en prioridad. Unas veces más acertadamente, y otras, como es el caso, menos.
En la significada fecha del quince de junio de mil novecientos noventa y siete, nuevamente apresado dentro del irremisible y tedioso periodo evaluativo, decidí ventilar un poco la tarde dominical subiendo a Madrid.
Hacía calor, demasiado para la camisa de manga larga que vestía. Durante un buen rato anduve recorriendo los estantes de FNAC sin terminar de decidirme por nada. En la cabeza no llevaba intención fija. Tanteaba de un lado para otro, pero sin convencimiento claro. Que finalmente me decidiese por uno de Dylan, Blonde on blonde, de quien en formato compacto aún no tenía nada, se explica; que tomase también un directo de Keith Richards junto a los X-Pensive Winos, Live at The Hollywood Palladium, teniendo en cuenta que este no era más que la grabación de un concierto dado dentro de la gira de presentación del primer disco en solitario de aquel, que, en realidad, comprado tiempo atrás en formato cinta, tampoco me había apasionado, se explica menos.
Como se sugería en aquella película vista meses después, El chef enamorado, del mismo modo que debe cuidarse de los amores como del apetito, y no comer si no se siente necesidad, de igual manera, quizá, no se debería comprar música si no se tiene la apetencia clara.
Ya entonces, bajando por la Gran Vía camino del barrio de Salamanca, tenía clara la sequedad de las compras y de lo innecesario que había sido fijar la atención en el compacto de Keith Richards.
Ha pasado el tiempo y pocas veces le he dedicado un hueco a ese directo. Incluso hoy, movido por estas líneas, he vuelto a él y me he encontrado yendo, de canción en canción, en busca de aquellas que menos ásperas me resultan.
Si bien, en todo caso, más allá de apetencias, incluso empachado, asociar la compra de un compacto a una fecha significada, independientemente de lo que este posteriormente nos pudiera deparar, ha sido una práctica de la que el directo de Keith Richards, si bien entonces las expectativas eran otras, sólo fue el primer ejemplo. Hay radica, extrañamente, el aprecio que más allá de su contenido machacón y rasposo, a este compacto inesperadamente se le guarda.

Live at The Hollywood Palladium, 15 de junio de 1997.

sábado, 14 de marzo de 2015

El primer eslabón.

Sin apenas días de diferencia, a la vez que la cadena de música se hacía con un lugar principal en el salón de la casa paterna, compraba yo el primer compacto que poder reproducir en ella, un cinco de enero de mil novecientos noventa y dos, víspera de Reyes.
Entonces, incluso para adolescentes criados dentro de los límites de una ciudad dormitorio de la periferia sur madrileña, los lugares donde poder comprar música eran muchos.
Movidos por la revista B. I. D. (Boletín Informativo de Discoplay), densísimo catálogo musical editado por dicha cadena de tiendas, gratuito y de envío mensual, donde se referenciaban cientos de discos, novedades y series medias, todos ellos con la imagen individualizada de sus portada como principal atractivo (fundamentales para la confección y personalización de los dorsos de las cintas grabadas); en más de una ocasión habíamos visitado ya el local de dicha cadena que más cerca teníamos, en del centro comercial Sector 3 de Getafe.
El trayecto hasta allí no era cosa de poco, ya que, además de tener que desplazarnos en autobús de nuestra ciudad al centro de Getafe, luego, cruzando la carretera de Toledo, habíamos de caminar largo rato por el nuevo barrio donde se situaba el centro comercial.
Todos, cada uno de los cuatro que entonces emprendíamos aquellas excursiones musicales, teníamos claro cuál iba a ser la compra que llevásemos a cabo. Conocíamos, gracias al catálogo, el precio de la misma y, para evitar cargar con más dinero del necesario, aparte del que emplearíamos en la compra, sólo llevábamos para el trasporte y para la compra de algunas patatas y refrescos. Solíamos tomar estos sentados en un banco del Sector 3, ya en el trayecto de vuelta, mientras le echábamos un primer vistazo detenido al botín, tanto al propio como al ajeno.
Aquel cinco de enero de mil novecientos noventa y dos tenía claro que significativamente la compra del primer compacto, ese que me hacía sentir como recién ingresado en un club de importancia, habría de recaer en los Rolling (eso de “Los Stones” suena tan mal y sospechoso como referirse a Lorca como “Federico”); tenía entonces ya de ellos las suficientes casetes y con tanto gusto las escuchaba que dicha distinción no podía ir a parar a otros. El disco en que me había fijado en el catálogo, cuya portada me atraía por su composición y colorismo, era Their satanic majesties request.
Imagino que la primera vez que escuché aquel disco, del que antes tan sólo conocía una canción, debí quedarme con la misma expresión que tiene aquel al que se le interpela en un idioma desconocido; pero, igual que pensaríamos de un impreciso engrudo servido en un plato decorado con joyas y filigrana, el contenido era lo de menos, lo principal, y por lo que su escucha me hacía sentir exultante, era el envoltorio, en este caso, el formato, del que por primera vez podía disfrutar.

Their satanic majestic request, 5 de enero de 1992.

lunes, 2 de marzo de 2015

La cadena.

Todo tiene un principio. Y, del mismo modo que uno no compraría comida para gatos si no se cría en casa mascota alguna, aquel que no tiene reproductor Compact Disc, inútil resulta que se haga con una pila de compactos que complicado tiene donde reproducir.
De este modo, hasta que en los primerísimos días de mil novecientos noventa y dos mis padres no se decidieron a comprar un completo equipo de música, sólido y monumental como un mojón, aquello que todos conocíamos con el nombre de “cadena”, perfectamente encuadrada en un mueble acristalado, con tocadiscos, doble pletina y reproductor Compact Disc, la compra de CDs (“compactos”, que es la expresión que mejor parece sonar y que será la que de aquí en adelante con mayor frecuencia utilice) era sencillamente una inalcanzable sofisticación a la que muy pocos conocidos tenían acceso.
Hasta entonces, dado que tampoco de tocadiscos se había dispuesto, el formato casete, las prosaicas “cintas”, originales o bien grabadas, había sido el único soporte musical al alcance.
Con la aparición de la cadena de música en el panorama doméstico, las opciones, como en la mesa del trilero, encontraban dos nuevos soportes en los que poder fijarse, el “disco” (lo que ahora, por refinamiento, se ha generalizado con el nombre de “vinilo”) y el compacto.
Durante un tiempo, principalmente durante esos primeros años “encadenado” al aparato, olvidadas las cintas con la prontitud de un enfado infantil, en la compra de discos, en un momento en el que el formato agonizaba, empleé también buena parte de mis ahorros, quizá más por respeto al enfermo que por practicidad y gusto; pero fue el compacto, por distintos motivos, unos más arbitrarios que otros, punto este que en otro momento me detendré a valorar, el que poco a poco se fue haciendo con todo el protagonismo.
Los estantes de mi habitación, entonces de aquella primigenia casa paterna, y posteriormente de aquellas otras que con los años, en distintas circunstancias, he habitado; se han visto siempre en la infatigable obligación de contener la incesante entrada de nuevos compactos, obligándome con la misma urgencia a renovar disposición o a ampliar mobiliario.
Todos esos compactos tienen consigo, aparte claro de su libreto y contenido, una distinción y un sentido particular. Yo no sé si a similitud de lo que decía Galdós en relación a la novela que cada hombre lleva consigo, todos estos compactos, con sus circunstancias y evocaciones, pudieran también ser parte. En todo caso, si de una novela quizá no, de un par de líneas, incluso de bastantes, seguro.