Todo
tiene un principio. Y, del mismo modo que uno no compraría comida para gatos si
no se cría en casa mascota alguna, aquel que no tiene reproductor Compact
Disc, inútil resulta que se haga con una pila de compactos que complicado tiene donde
reproducir.
De
este modo, hasta que en los primerísimos días de mil novecientos noventa y dos mis padres no se decidieron a comprar un completo equipo de música, sólido y
monumental como un mojón, aquello que todos conocíamos con el nombre de “cadena”,
perfectamente encuadrada en un mueble acristalado, con tocadiscos, doble
pletina y reproductor Compact Disc, la compra de CDs (“compactos”, que es la
expresión que mejor parece sonar y que será la que de aquí en adelante con mayor frecuencia utilice) era sencillamente una inalcanzable sofisticación a la que muy pocos conocidos
tenían acceso.
Hasta
entonces, dado que tampoco de tocadiscos se había dispuesto, el
formato casete, las prosaicas “cintas”, originales o bien grabadas, había sido
el único soporte musical al alcance.
Con
la aparición de la cadena de música en el panorama doméstico, las opciones,
como en la mesa del trilero, encontraban dos nuevos soportes en los que poder
fijarse, el “disco” (lo que ahora, por refinamiento, se ha generalizado con el
nombre de “vinilo”) y el compacto.
Durante
un tiempo, principalmente durante esos primeros años “encadenado” al aparato, olvidadas
las cintas con la prontitud de un enfado infantil, en la compra de discos, en
un momento en el que el formato agonizaba, empleé también buena parte de mis
ahorros, quizá más por respeto al enfermo que por practicidad y gusto; pero fue
el compacto, por distintos motivos, unos más arbitrarios que otros, punto este
que en otro momento me detendré a valorar, el que poco a poco se fue haciendo
con todo el protagonismo.
Los
estantes de mi habitación, entonces de aquella primigenia casa paterna, y
posteriormente de aquellas otras que con los años, en distintas circunstancias,
he habitado; se han visto siempre en la infatigable obligación de contener la
incesante entrada de nuevos compactos, obligándome con la misma urgencia a
renovar disposición o a ampliar mobiliario.
Todos
esos compactos tienen consigo, aparte claro de su libreto y contenido, una
distinción y un sentido particular. Yo no sé si a similitud de lo que
decía Galdós en relación a la novela que cada hombre lleva consigo, todos estos
compactos, con sus circunstancias y evocaciones, pudieran también ser parte. En todo caso, si de una novela quizá no, de un par de líneas, incluso
de bastantes, seguro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario