lunes, 2 de marzo de 2015

La cadena.

Todo tiene un principio. Y, del mismo modo que uno no compraría comida para gatos si no se cría en casa mascota alguna, aquel que no tiene reproductor Compact Disc, inútil resulta que se haga con una pila de compactos que complicado tiene donde reproducir.
De este modo, hasta que en los primerísimos días de mil novecientos noventa y dos mis padres no se decidieron a comprar un completo equipo de música, sólido y monumental como un mojón, aquello que todos conocíamos con el nombre de “cadena”, perfectamente encuadrada en un mueble acristalado, con tocadiscos, doble pletina y reproductor Compact Disc, la compra de CDs (“compactos”, que es la expresión que mejor parece sonar y que será la que de aquí en adelante con mayor frecuencia utilice) era sencillamente una inalcanzable sofisticación a la que muy pocos conocidos tenían acceso.
Hasta entonces, dado que tampoco de tocadiscos se había dispuesto, el formato casete, las prosaicas “cintas”, originales o bien grabadas, había sido el único soporte musical al alcance.
Con la aparición de la cadena de música en el panorama doméstico, las opciones, como en la mesa del trilero, encontraban dos nuevos soportes en los que poder fijarse, el “disco” (lo que ahora, por refinamiento, se ha generalizado con el nombre de “vinilo”) y el compacto.
Durante un tiempo, principalmente durante esos primeros años “encadenado” al aparato, olvidadas las cintas con la prontitud de un enfado infantil, en la compra de discos, en un momento en el que el formato agonizaba, empleé también buena parte de mis ahorros, quizá más por respeto al enfermo que por practicidad y gusto; pero fue el compacto, por distintos motivos, unos más arbitrarios que otros, punto este que en otro momento me detendré a valorar, el que poco a poco se fue haciendo con todo el protagonismo.
Los estantes de mi habitación, entonces de aquella primigenia casa paterna, y posteriormente de aquellas otras que con los años, en distintas circunstancias, he habitado; se han visto siempre en la infatigable obligación de contener la incesante entrada de nuevos compactos, obligándome con la misma urgencia a renovar disposición o a ampliar mobiliario.
Todos esos compactos tienen consigo, aparte claro de su libreto y contenido, una distinción y un sentido particular. Yo no sé si a similitud de lo que decía Galdós en relación a la novela que cada hombre lleva consigo, todos estos compactos, con sus circunstancias y evocaciones, pudieran también ser parte. En todo caso, si de una novela quizá no, de un par de líneas, incluso de bastantes, seguro.  

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