sábado, 14 de marzo de 2015

El primer eslabón.

Sin apenas días de diferencia, a la vez que la cadena de música se hacía con un lugar principal en el salón de la casa paterna, compraba yo el primer compacto que poder reproducir en ella, un cinco de enero de mil novecientos noventa y dos, víspera de Reyes.
Entonces, incluso para adolescentes criados dentro de los límites de una ciudad dormitorio de la periferia sur madrileña, los lugares donde poder comprar música eran muchos.
Movidos por la revista B. I. D. (Boletín Informativo de Discoplay), densísimo catálogo musical editado por dicha cadena de tiendas, gratuito y de envío mensual, donde se referenciaban cientos de discos, novedades y series medias, todos ellos con la imagen individualizada de sus portada como principal atractivo (fundamentales para la confección y personalización de los dorsos de las cintas grabadas); en más de una ocasión habíamos visitado ya el local de dicha cadena que más cerca teníamos, en del centro comercial Sector 3 de Getafe.
El trayecto hasta allí no era cosa de poco, ya que, además de tener que desplazarnos en autobús de nuestra ciudad al centro de Getafe, luego, cruzando la carretera de Toledo, habíamos de caminar largo rato por el nuevo barrio donde se situaba el centro comercial.
Todos, cada uno de los cuatro que entonces emprendíamos aquellas excursiones musicales, teníamos claro cuál iba a ser la compra que llevásemos a cabo. Conocíamos, gracias al catálogo, el precio de la misma y, para evitar cargar con más dinero del necesario, aparte del que emplearíamos en la compra, sólo llevábamos para el trasporte y para la compra de algunas patatas y refrescos. Solíamos tomar estos sentados en un banco del Sector 3, ya en el trayecto de vuelta, mientras le echábamos un primer vistazo detenido al botín, tanto al propio como al ajeno.
Aquel cinco de enero de mil novecientos noventa y dos tenía claro que significativamente la compra del primer compacto, ese que me hacía sentir como recién ingresado en un club de importancia, habría de recaer en los Rolling (eso de “Los Stones” suena tan mal y sospechoso como referirse a Lorca como “Federico”); tenía entonces ya de ellos las suficientes casetes y con tanto gusto las escuchaba que dicha distinción no podía ir a parar a otros. El disco en que me había fijado en el catálogo, cuya portada me atraía por su composición y colorismo, era Their satanic majesties request.
Imagino que la primera vez que escuché aquel disco, del que antes tan sólo conocía una canción, debí quedarme con la misma expresión que tiene aquel al que se le interpela en un idioma desconocido; pero, igual que pensaríamos de un impreciso engrudo servido en un plato decorado con joyas y filigrana, el contenido era lo de menos, lo principal, y por lo que su escucha me hacía sentir exultante, era el envoltorio, en este caso, el formato, del que por primera vez podía disfrutar.

Their satanic majestic request, 5 de enero de 1992.

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