Sin
apenas días de diferencia, a la vez que la cadena de música se hacía con un
lugar principal en el salón de la casa paterna, compraba yo el primer
compacto que poder reproducir en ella, un cinco de enero de mil novecientos
noventa y dos, víspera de Reyes.
Entonces,
incluso para adolescentes criados dentro de los límites de una ciudad dormitorio
de la periferia sur madrileña, los lugares donde poder comprar música eran
muchos.
Movidos
por la revista B. I. D. (Boletín
Informativo de Discoplay), densísimo catálogo musical editado por dicha cadena
de tiendas, gratuito y de envío mensual, donde se referenciaban cientos de
discos, novedades y series medias, todos ellos con la imagen individualizada de
sus portada como principal atractivo (fundamentales para la confección y
personalización de los dorsos de las cintas grabadas); en más de una ocasión
habíamos visitado ya el local de dicha cadena que más cerca teníamos, en del
centro comercial Sector 3 de Getafe.
El
trayecto hasta allí no era cosa de poco, ya que, además de tener que
desplazarnos en autobús de nuestra ciudad al centro de Getafe, luego, cruzando la carretera de Toledo, habíamos
de caminar largo rato por el nuevo barrio
donde se situaba el centro comercial.
Todos,
cada uno de los cuatro que entonces emprendíamos aquellas excursiones
musicales, teníamos claro cuál iba a ser la compra que llevásemos a cabo.
Conocíamos, gracias al catálogo, el precio de la misma y, para evitar cargar
con más dinero del necesario, aparte del que emplearíamos en la compra, sólo
llevábamos para el trasporte y para la compra de algunas patatas y refrescos. Solíamos
tomar estos sentados en un banco del Sector 3, ya en el trayecto de vuelta,
mientras le echábamos un primer vistazo detenido al botín, tanto al propio como
al ajeno.
Aquel
cinco de enero de mil novecientos noventa y dos tenía claro que
significativamente la compra del primer compacto, ese que me hacía sentir como
recién ingresado en un club de importancia, habría de recaer en los Rolling
(eso de “Los Stones” suena tan mal y sospechoso como referirse a Lorca como “Federico”); tenía entonces ya de ellos las
suficientes casetes y con tanto gusto las escuchaba que dicha distinción no
podía ir a parar a otros. El disco en que me había fijado en el catálogo, cuya
portada me atraía por su composición y colorismo, era Their satanic majesties request.
Imagino
que la primera vez que escuché aquel disco, del que antes tan sólo conocía una
canción, debí quedarme con la misma expresión que tiene aquel al que se le
interpela en un idioma desconocido; pero, igual que pensaríamos de un impreciso
engrudo servido en un plato decorado con joyas y filigrana, el contenido era lo
de menos, lo principal, y por lo que su escucha me hacía sentir exultante, era
el envoltorio, en este caso, el formato, del que por primera vez podía
disfrutar.
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