Hace unas semanas D. me envió el listado de los que a su juicio son los diez mejores discos editados durante estos primeros años del siglo veintiuno. Los requisitos para la selección son los mismos que empleamos hace un tiempo para distinguir los que consideramos mejores discos de todos los tiempos: hay que tenerlos en formato cedé y no puede tratarse de ninguna recopilación ni disco en directo. Además del listado con sus diez elepés más destacados, D. me incluyó también los descartes que había dejado fuera, un par de docenas más.
Yo hice lo propio la semana pasada. El listado, es verdad, lo tenía perfilado desde hace mucho tiempo, es posible que empezase a decantarlo durante la pandemia, en aquellos meses de inevitable incertidumbre y recapitulación. A diferencia de lo que había hecho él, en mi listado no figuraban aquellos compactos que habían pujado por entrar en la decena puntera. Esta próxima semana nos veremos y comentaremos la selección. Será entonces cuando, tal y como me ha pedido, comparta con él esos descartes.
Uno de ellos será este Coles Corner, de Richard Hawley, un disco de una finura envolvente y de cierto regusto marchito.
El escenario que me viene al pensamiento cuando lo escucho queda lejos del tono evocador que envuelve el lugar que se presenta en la portada: un enclave de la ciudad de Sheffield, de donde es natural el músico británico, tradicional punto de encuentro para las citas de sus habitantes. En mi caso, lejos de ese regusto romántico, el emplazamiento que me evoca Coles Corner es mucho más prosaico: el gimnasio de la urbanización de Amaltea.
Se trataba de un espacio de unos veinticinco o treinta metros cuadrados, desaliñado y frío. Para su acondicionamiento, la comunidad había comprado de inicio algunos aparatos y utensilios, los mínimos, como si se tratase de un decorado de una película de bajo presupuesto. Años después, aquellos vecinos especialmente interesados, habían tratado de poner al día la sala invirtiendo de su bolsillo en nuevas máquinas y equipamiento. Esta intención de saneamiento, se contraponía con la aquellos otros que lo frecuentaban muy de vez en cuando -habitualmente dos veces al año: el siete de enero y el día de apertura de la piscina- y que lo concebían como un trastero deportivo comunal. Estos solían dejar arrinconadas en la sala su antiguo e inservible equipamiento gimnástico (bicicletas estáticas con los cables destripados y los rodamientos fijos como dólmenes, esterillas desvencijadas, combas sin agarraderas, ¡botellas hidratantes!…), muy ufanos de contribuir desinteresadamente a la optimización del espacio y, sin pretenderlo, de dotar a la sala del aire propio de un gimnasio soviético de mediados de los ochenta.
Cuando lo frecuentaba solía hacerlo a última hora. Creo recordar que las ordenanzas de la comunidad marcaban su cierre a las once. Lo hacía entonces buscando evitar el encuentro con otros vecinos. A esas horas se agradece la introspección y el recogimiento. Salvo con F., a quien conocí allí y cuya conversación siempre me resultó muy grata, con el resto, cuando se coincidía, la educación te obligaba a prescindir de los auriculares -en los cuales muchas veces sonaba este Coles Corner- y a establecer un diálogo tan plagado de lugares comunes como de interrupciones.
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| Coles Corner, 25 de septiembre de 2011. |
