El veintidós de enero de dos mil tres fue miércoles. Aquel día lo tenía libre. Cuando me levanté, en el salón de casa me encontré con S., aquejada de ese malestar que una vez al mes, especialmente en aquellos que precedieron al cierre de su empresa, le era tan propio, distrayendo su imprevista libranza viendo la película Charada. La dejé tumbada en el sofá y salí hacía la Casa de Campo, donde entonces, tímidamente, practicaba “footing” (otras expresiones para describir la afición por la carrera continua aún no se daban).
Ese mediodía había quedado yo con mi hermana C. para comer. Cuando volví de correr, le propuse a S. que nos acompañase; ella, claro, recuperada de súbito de su malestar matutino y tan dichosa como era alternando fuera de casa, aceptó con alegría.
Comimos los tres en un restaurante de Ópera que entonces frecuentábamos mucho, Inshala, un local a medio camino entre la sofisticación urbana y el gusto por lo étnico, cuya carta era extensión de ese mismo criterio estético. La mayor parte de la conversación se la llevó la relación que mi hermana tenía entonces con un chico al que había conocido seis años atrás. S., tan aficionada como siempre se ha mostrado por los asuntos sentimentales, fue quien guió la conversación. Continuamos esta luego en La Canela, a unos pasos de las Descalzas Reales, hasta que mi hermana, que debía regresar pronto a casa, se marchó. Era media tarde aún y, a pesar de la época del año, aunque sin mucho énfasis, brillaba el sol.
Sin necesidad de dar por terminado el paseo, nos decidimos entonces a visitar el monasterio cercano, animados también por la gratuidad del día. Desde el claustro del mismo, cuyo silencio en el centro de Madrid fue lo que más nos sorprendió, los edificios circundantes que lo cerraban, observamos, nos parecían lejanos e incomprensibles. Concluyó el recorrido guiado y salimos.
Nos acercamos después a la Costanilla de los Ángeles, justo en el tramo más próximo a Arenal, donde durante un breve periodo se abrió otra tienda Yunke. S., que ese día se encontraba especialmente rumbosa, al que yo me compré quiso que se uniesen dos compactos más, uno de ellos el Brainwashed de George Harrison, un fantástico disco póstumo.
El frío del atardecer nos condujo hasta casa. Ella, por darle un sentido capicúa al día, se sentó de nuevo en el sofá y empezó a ver la reconfortante Los peores años de nuestra vida. Yo, que había quedado con una chica con la que entonces salía (maravilloso eufemismo), inmerso en una relación con un guión mucho más tonto e inconsistente que el de la película de Martínez Lázaro, descansé un rato en mi habitación y, ya de noche, me encaminé nuevamente Calle Segovia arriba.
El frío del atardecer nos condujo hasta casa. Ella, por darle un sentido capicúa al día, se sentó de nuevo en el sofá y empezó a ver la reconfortante Los peores años de nuestra vida. Yo, que había quedado con una chica con la que entonces salía (maravilloso eufemismo), inmerso en una relación con un guión mucho más tonto e inconsistente que el de la película de Martínez Lázaro, descansé un rato en mi habitación y, ya de noche, me encaminé nuevamente Calle Segovia arriba.
| Brainwashed, 22 de enero de 2003. |




