sábado, 2 de diciembre de 2017

Los días hábiles.

El veintidós de enero de dos mil tres fue miércoles. Aquel día lo tenía libre. Cuando me levanté, en el salón de casa me encontré con S., aquejada de ese malestar que una vez al mes, especialmente en aquellos que precedieron al cierre de su empresa, le era tan propio, distrayendo su imprevista libranza viendo la película Charada. La dejé tumbada en el sofá y salí hacía la Casa de Campo, donde entonces, tímidamente, practicaba “footing” (otras expresiones para describir la afición por la carrera continua aún no se daban).
Ese mediodía había quedado yo con mi hermana C. para comer. Cuando volví de correr, le propuse a S. que nos acompañase; ella, claro, recuperada de súbito de su malestar matutino y tan dichosa como era alternando fuera de casa, aceptó con alegría.
Comimos los tres en un restaurante de Ópera que entonces frecuentábamos mucho, Inshala, un local a medio camino entre la sofisticación urbana y el gusto por lo étnico, cuya carta era extensión de ese mismo criterio estético. La mayor parte de la conversación se la llevó la relación que mi hermana tenía entonces con un chico al que había conocido seis años atrás. S., tan aficionada como siempre se ha mostrado por los asuntos sentimentales, fue quien guió la conversación. Continuamos esta luego en La Canela, a unos pasos de las Descalzas Reales, hasta que mi hermana, que debía regresar pronto a casa, se marchó. Era media tarde aún y, a pesar de la época del año, aunque sin mucho énfasis, brillaba el sol. 
Sin necesidad de dar por terminado el paseo, nos decidimos entonces a visitar el monasterio cercano, animados también por la gratuidad del día. Desde el claustro del mismo, cuyo silencio en el centro de Madrid fue lo que más nos sorprendió, los edificios circundantes que lo cerraban, observamos, nos parecían lejanos e incomprensibles. Concluyó el recorrido guiado y salimos. 
Nos acercamos después a la Costanilla de los Ángeles, justo en el tramo más próximo a Arenal, donde durante un breve periodo se abrió otra tienda Yunke. S., que ese día se encontraba especialmente rumbosa, al que yo me compré quiso que se uniesen dos compactos más, uno de ellos el Brainwashed de George Harrison, un fantástico disco póstumo.
El frío del atardecer nos condujo hasta casa. Ella, por darle un sentido capicúa al día, se sentó de nuevo en el sofá y empezó a ver la reconfortante Los peores años de nuestra vida. Yo, que había quedado con una chica con la que entonces salía (maravilloso eufemismo), inmerso en una relación con un guión mucho más tonto e inconsistente que el de la película de Martínez Lázaro, descansé un rato en mi habitación y, ya de noche, me encaminé nuevamente Calle Segovia arriba.

Brainwashed, 22 de enero de 2003.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

"Los Rolling" (y II).

Sirva en todo caso la tontuna del crítico de turno para volver brevemente al disco que Los Rolling editaron en 1997, Bridges to Babylon
En España el disco salió a la venta un lunes 29 de septiembre. Sospechando, tal y como ya había comprobado con discos anteriores suyos, que si me hacía con él recién lanzado me encontraría con algún obsequio o añadido especial, ese mismo día subí a Madrid.
Aún no había empezado las clases, me encontraba en aquellas semanas en las que, terminados los exámenes de septiembre, uno se veía ocioso a la espera de que el nuevo curso universitario arrancara.
El otoño ya entonces había llegado Madrid: aquella mañana hacía frío. Me dirigí primero a Madrid Rock, donde en ocasiones anteriores me había encontrado con aquellos obsequios de lanzamiento. Di vueltas en busca del disco pero no lo encontré. Pregunté a un dependiente y este me dijo que aún no lo habían recibido, que a media mañana posiblemente ya lo tuvieran. Me encaminé entonces a FNAC por ver si en esos almacenes había más suerte. Así fue, el disco ya lo tenían a la venta, expuesto preferentemente. 
En esta ocasión el único añadido que ofrecía hacerse con el disco el primer día era la funda que lo cubría, pero nada de parches ni singles especiales como en ocasiones anteriores, lo cual me dejó un poco chafado. Indeciso de volver a Madrid Rock por ver si allí ya lo habían recibido y con la compra del mismo el detalle era mejor anduve un rato hasta que finalmente decidí entretener lo que quedaba de mañana de otra manera.

Bridges to Babylon, 29 de septiembre de 1997.

martes, 17 de octubre de 2017

"Los Rolling" (I).

Gran parte de la crítica musical actual, de igual manera que la crítica artística de las ultimas décadas, tiene el tópico y la retórica insustancial como principales mecanismos. Y eso a pesar de que sus comentarios y reflexiones buscan adornarse de una abstracción petulante y presuntuosa, de una imprecisión que, a falta de mayor base y erudición, busca disimular éstas, con la soberbia y circunspección de quien se siente capaz de poner límites al humo.
Hace unos días, al hilo del último concierto que dieron Los Rolling en España, el cronista de turno, aparte de ilustrar el relato de la actuación con las expresiones de manual que resultan inevitables para el grupo (él probablemente escribiría banda, que ha de parecerle una palabra más cosmopolita y desenfadada), cargantes e inservibles, y un par de reflexiones con intención cómica y ocurrente, de monologista poco inspirado, viene a señalar, sin especificarlo pero dándolo a entender, que referirse a los Rolling Stones como a Los Rolling, y no como a Los Stones, es una paletada.
Es otro de los aspectos que definen a la crítica musical actual, especialmente la de aquellos que se visten con el aroma, siempre atentos al fogonazo de la cámara y a la pose de escaparate: llegar tarde y además con afán exclusivista. Igual que quienes al referirse a Federico García Lorca, emplean el Federico como salvoconducto que parece legitimarles y aproximarles más que a nadie a la figura del poeta. 
¿Puede aquel que durante décadas (siendo coetáneo del periodista que firmaba la crónica), desde adolescente, ha ido comprando todos los discos del grupo, oficiales y rarezas, con variedad de ediciones y formatos, ha asistido a muchos de sus conciertos (esto, es verdad, no es cosa de mérito, ya que a nivel general los conciertos de Los Rolling son cada vez más una obligación social que un compromiso afectivo), ha coleccionado libros, revistas y demás mercadería, puede, decía, referirse a ellos como a Los Rolling?
Quizá sólo se trate de un tema lingüístico, de las pocas nociones que siendo adolescente se tenían de inglés y que le llevaban a uno a referirse a ciertos grupos por el que se imaginaba sería su nombre de pila; pero dar por hecho que por el modo en que estos se nombran pueda colegirse el grado de afición que se tiene a los mismos es una tontería cualquiera. 
Estoy seguro que, de igual manera, si entonces, cuando uno empezó a comprar los discos de Los Rolling, hubiese surgido un grupo nacional y hubiese tenido por nombre, por ejemplo, Los Petulantes Críticos, probablemente, por acortarlo, también uno se hubiese referido a ellos como a Los Petulantes y no como a Los Críticos

Bridges to Babylon, 29 de septiembre de 1997.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Fumata blanca.

Es sabido el afán que tiene la gente de dinero por tratar de ganarse algo de solvencia y reputación intelectual. De la misma manera que aquel que ha nacido en una cuna modesta tiene el dinero como principal preocupación, quien lo ha hecho en una boyante y bien almidonada, no encuentra más anhelo para sí que vestirse de un respeto que le muestre a ojos de todos inteligente y juicioso, y si a la par, satisfaciendo este deseo, puede seguir ensanchando sus cuentas bancarias pues mejor que mejor. En este sentido, una de las manifestaciones más comunes, si es que el patrimonio lo permite, es la regencia de algún negocio de índole cultural, particularmente galerías de arte y tiendas de antigüedades.
Dichos negocios, que de puertas afuera se presentan como ejemplo de exquisitez y buen gusto, esconden para aquellos que cometen la torpeza de vincularse como empleados en los mismos más miserias que la peor de las galeras que describe Cervantes en sus libros. Quien se deja seducir por las palabras de sus opulentos propietarios se verá  irremisiblemente atrapado entre cuatro paredes blancas, con unas condiciones contractuales precarias en el mejor de los casos y un régimen laboral cercano a la servidumbre.
Por suerte, en la primavera de dos mil cinco, después de no más de medio año, encontré otro trabajo que me permitió salir del pozo en el que me había visto atrapado en la galería de arte de la Calle Lagasca. Ese alivio marcó toda aquella primavera.
El primer fin de semana de abril D. viajó con sus padres y hermano a Londres. Mi intención era trabajar y no emplear muchas horas de ocio fuera de casa, sin embargo, entre una cita y otra, aquella intención primera quedó en nada. El sábado dos, por un lado, mientras desde el Vaticano se anunciaba la muerte del Papa, A. B. inauguraba con una fiesta la casa que se había comprado en la Calle de Puerto Rico, un piso que había pertenecido a un par de señoras mayores, hermanas, que se mudaban definitivamente a Algeciras, y que en las siguientes semanas pensaba reformar íntegramente; y por otro, el domingo tres, junto a D., M. y E., en una de esas citas a las que éramos entonces tan aficionados, organizaba una nueva partida de mus, esta vez, en nuestra casa. Enfrascados en el juego estábamos cuando llegó D. de Londres, discreta y dulce, y con ella este primer disco de Porcupine Tree.
  
On the Sunday of life..., 3 de abril de 2005.

domingo, 27 de agosto de 2017

Byrne costero.

Estos días pasados escuchamos este disco de David Byrne en San Ciprián. Lo hice consciente de que es uno de los pocos que con el paso de los años ha quedado preso en el recuerdo de aquellos primeros veranos gallegos.
A comienzos de agosto de dos mil ocho, siendo O. todavía un bebé apenas capaz de incorporarse de la cama, visitamos por segunda vez San Ciprián. Esta vez, a diferencia de la primera, que solo nos tuvo un par de días, por más de una semana, y a la par que aquella de dos mil seis, también en fiestas.
Parte de aquella semana la compartimos con F. y P., que luego han sido una compañía habitual en estas felices estancias. Paseábamos, comíamos, bebíamos y aguantábamos hasta bien entrada la madrugada bailando en la plaza del pueblo, junto a la ría, con O. en nuestros brazos o si es que ya había caído rendida, dormida en el carrito y cubierta por una manta porque no se desvelase.
Unas semanas después estaba yo de vuelta en Madrid trabajando, y D., más liberada laboralmente, con O. aprovechando lo que quedaba de verano de aquí para allá.
Aquel veinticinco de agosto, que puestos a levantar hitos en el calendario quizá sea una de las fechas más señaladas, era lunes. Trabajé y antes de llegar a casa, por significar algo el día, me apeé del tren en Atocha y eché un vistazo en la tienda Daily Price, uno de los locales cercanos a la conexión con la red de Metro, dedicado a la compra y venta de compactos, películas y videojuegos.
El negocio, al completo, cerró recientemente, si bien la sección musical, en los últimos años, fue reduciéndose cada vez más, acogotada en el extremo derecho del local, y lo que antes suponía más de una hora de rastreo, en los últimos tiempos no llegaba a media. 
En dos mil ocho digamos que la cantidad de compactos aún era bastante y revisar todos sus estantes una tarea medianamente paciente. Por eso, por un lado acuciado por el hecho de buscar algún compacto que resaltase la fecha y por otro por el deseo de llegar pronto a casa y descansar, decidí solo revisar las estanterías de música extranjera. Entre otros encontré este de David Byrne, que escuchado entonces, unas semanas después de haber estado en San Ciprián, y escuchado muchas veces después, siempre trae consigo el recuerdo de ese pueblo ameno y discreto de la costa lucense.

Grown backwards, 25 de agosto de 2008.

miércoles, 26 de julio de 2017

El púrpura es para el verano.

Los discos, como algunas prendas de ropa, tienen también su temporada. Hay algunos que se mantienen durante meses apartados en los estantes hasta que llega la estación del año donde mejor visten. 
A mediados de julio de dos mil doce, D. emprendió con su amiga L. un viaje de dos semanas por Tailandia, quedándome yo en Madrid empleado en las acostumbradas obligaciones laborales. 
Su vuelo despegaba a las diez de la noche de aquel viernes trece, poco antes de que The Punzones diesen un nuevo concierto, esta vez en una pequeña sala de Aluche llamada La Mala, a donde, una vez nos despedimos, acudí.
La asistencia a sus conciertos suele ser siempre parecida, con más o menos deserciones, entre familiares y amigos, al menos una docena de conocidos, sino más, es normal que uno se encuentre. Aquella noche, en las primeras filas estaba P., muy embarazada ya de su segundo hijo, y también J. y N., atentos al escenario más que a ninguna conversación, y mi hermana C. y M., que llegaron con el concierto ya comenzado. Terminó este y me acomodé junto a la barra del fondo, esperando la llegada de los Punzones, cuya actuación había servido de preámbulo a la final del grupo de versiones de los Judas Priest. El primero en hacerlo, como de costumbre, fue el bueno de D., con su habitual ánimo bebedor. Después mi hermano I., cuya pandilla ocupaba la mayor parte de la sala, F., S. y V.
La noche, como era de prever, me trajo a casa tarde y con unas cervezas de más. Así, el propósito que tenía para la mañana siguiente de subir al centro y comprar algunos discos y películas con los que entretener los huecos de ocio que pudieran presentarse en las dos semanas siguientes, antes de acostarme, decidí volver a sopesarlo una vez me hubiese despertado.
Amanecí con el cansancio propio de las resacas, pero, aún así, con el suficiente humor como para no dejarme caer en el sofá y abandonar el paseo previsto. Desayuné en la estación y tomé el tren hasta Recoletos. 
Burn, de Deep Purple, lo encontré en los cajones bajos de Yunke, revolviendo como solo puede hacerse en días en los que no se tiene prisa alguna y el entendimiento se desenvuelve con especial lentitud. Pensé: un disco de Deep Purple con David Coverdale, forzosamente ha de ser un buen disco… 
Pero de igual manera que en invierno, melones y sandias, si se encuentran, pueden estar igual de sabrosos que en verano, como sucede con el disco de Deep Purple, es en los meses más cálidos del año cuando con más gusto se toma. 

Burn, 14 de julio de 2012.

lunes, 19 de junio de 2017

Tarta radiofónica.

Un día después de su quincuagésimo aniversario, el veinticinco de mayo de mil novecientos noventa y uno, Radio 80, emisora que, con el paso del tiempo, al fusionarse con Cadena Minuto, devino en la actual M80, emitió durante veinticuatro horas, de la media tarde de aquel sábado veinticinco de mayo a la media tarde del día siguiente, un especial dedicado a Bob Dylan.
El programa lo dirigía José Ramón Pardo y repasaba, disco a disco, incluidas algunas rarezas, toda la carrera del músico. El especial lo habían publicitado mucho y, curioso y respetuoso como solo se es a esa edad, unos días antes me había hecho con un pack de tres cintas vírgenes donde poder grabar aquello que fuese intuyendo resultase de más interés.
José Ramón Pardo desgranaba un disco tras otro, deteniéndose dependiendo de cuál en más o menos cortes, con una erudición y una amenidad apabullantes. Yo, por mi parte, guiado por las palabras que presentaban cada una de las canciones, me limitaba a pulsar el “Record” del radiocasete si la canción, me parecía, lo merecía y a escribir en un folio su título (o lo que mi inglés de bachillerato me dejaba adivinar), el título del disco que la contenía y algún otro detalle más.
De esta manera pase las horas de aquel sábado hasta bien entrada la madrugada, y de igual modo, la mañana siguiente, volviendo a la audición tan pronto como me desperté, completando los minutos de grabación que aún quedaban libres en la última de las tres casetes.
Unos días después, un compañero del instituto, V., al referirle el asunto me dijo que un vecino suyo, creía, tenía un disco de Dylan, uno titulado Street legal. Del mismo, al haber sido referido bien entrada la madrugada de aquel especial radiofónico, yo no conocía canción alguna; debía quedar, digamos, en el paréntesis nocturno de mediados de los setenta a comienzos de los ochenta. Aún así, por hacerme con un LP de Dylan al completo, le dejé una nueva casete virgen, se la pasó a su vecino y aquel me lo grabó.
Street legal estaría por distintos motivos dentro de aquellos diez discos que recientemente D. y yo seleccionamos como principales de nuestra discografía, pero, a pesar de su escucha frecuente desde que el vecino de V. me lo grabó, no fue hasta veinte años después que lo tuve en formato compacto. 
A imitación del atracón que supusieron aquellas horas adolescentes de escucha radiofónica, el quince de junio de dos mil once, imagino que a sugerencia mía, D. me regaló hasta cuatro discos de Dylan, entre ellos este fantástico y familiar Street legal.

Street legal, 15 de junio de 2011.

martes, 23 de mayo de 2017

Disco nuevo.

A finales de julio de dos mil cuatro, D. y yo teníamos ya cerrado el alquiler de una casa donde comenzar a vivir juntos, en la calle Tarragona, a unos pasos de Santa María de la Cabeza. La casa era pequeña, de no más de cuarenta metros cuadrados y se levantaba en el segundo piso de una antigua corrala reformada. Las dimensiones de su planta, que no daban más que para un discreto baño, un saloncito con la cocina incorporada y un dormitorio de parecida holgura, estaban descompensadas en relación a la altura de sus techos, de casi siete metros. El dueño, un hombre joven, taxista de profesión, nos había dicho que el planteamiento primero que tuvo era el de haber levantado una segunda planta dentro del dormitorio y un pequeño altillo en el salón, lo cual hubiese generado nuevos espacios y aliviado la sensación de estrechez que daba la casa. 
El pago de la fianza ya estaba hecho, sólo quedaba que el dueño terminase de pintar el piso y pudiésemos nosotros hacer la mudanza y entrar a vivir. 
Aquella tercera semana de julio la había cogido libre con la intención de ir perfilando el cambio. Por un lado, había ido empaquetando y llevando a casa de mis padres algunas de las cosas que guardaba en mi habitación de la calle Segovia y que, imaginaba, no tendría necesidad conviviendo con D., y, por otro, preparando de igual manera lo que sí tendría que mudar.
Poco aficionado a los cambios, por más que estos supongan una mejora general, en los instantes que los preceden, suelo dejarme llevar por los momentos de ensimismamiento y ponderación. 
Aquel sábado veinticuatro de julio, con la semana a punto de concluir, aprovechando que había cobrado un trabajo hecho como coordinador de una exposición de fotografía, una de esas tareas que visten más contadas que ingresadas en la cuenta bancaria, salí pronto de casa, la que aún compartía con E. y S. en la calle Segovia, y anduve por el centro dando un paseo, comprando algún disco y comiendo luego por Malasaña. Se trataba, sobre todo, de sopesar lo que habían dado de sí los últimos días y pensar con ilusión y prudencia en lo que habrían de ser los que llegasen en agosto.
Aquella mañana, además de un recopilatorio de 10.000 Maniacs que compré en Fnac, inesperadamente di con el segundo disco de Pretenders, que llevaba un tiempo buscando, titulado sencillamente así, Pretenders II, en una tienda de segunda mano, en la calle Clavel, en la que apenas había estado un par de veces y donde apenas había encontrado nunca nada.

Pretenders II, 24 de julio de 2004.

martes, 25 de abril de 2017

Los otros lugares (III...).

Decía Paddy McAloon que una vez lanzado el primer disco de Prefab Sprout, Swoon, tan descontento estaba del resultado final, su deseo hubiese sido ir tienda por tienda, de norte a sur de Inglaterra, en busca de los ejemplares que aún quedasen por vender y hacerse con todos ellos; así, pensaba, el mal, como un incendio descontrolado, encontraría menos fuentes de propagación y su rubor algo de alivio. 
En línea con esta intención, más allá de la retórica del músico, en artículos recientemente editados, es juicio generalizado, destacar de Paddy McAloon su laboriosidad y deseo de perfeccionismo, y situar a Prefab Sprout en una de las posiciones principales de la música Pop de las últimas décadas.   
Los días finales de julio de dos mil quince visitaba Londres por tercera vez, una ciudad donde en ocasiones anteriores la compra de compactos había sido muy cuantiosa. Aquel veintinueve de julio salí de casa de F. y E. pasadas las once de la mañana. Había dormido casi diez horas, lo cual, dada la inquietud e incertidumbre general de las semanas precedentes, resultaba una novedad muy reconfortante. 
En la estación del barrio tomé el tren que me condujo hasta Victoria Station y anduve luego por los alrededores de Buckingham Palace, terriblemente concurridos. 
En cuanto a las tiendas de discos para este viaje, a diferencia de un par de museos señalados, no tenía recorridos ni intenciones precisas, confiaba que, tan sólo paseando, encontrase suficiente oferta.
En Bond Street di con un amplio local, perteneciente a una cadena cuyo nombre no recuerdo que, distribuido en dos plantas, se dedicaba principalmente a la venta de cine, música y literatura. Los compactos se encontraban en el segundo piso y ocupaban decenas de metros cuadrados, divididos y ordenados concienzudamente. Tanta oferta requería de una estrategia efectiva. Sin listado de búsqueda, después de una desbordante primera batida, resolví que, para que la compra fuese verdaderamente fructífera, no había mejor manera que ir paso a paso, letra a letra, artista por artista, sin importar el tiempo que tal táctica me llevase. 
De esa manera salí del local cargado con más compactos de los que el paseo que tenía previsto recomendaba. Si Paddy McAloon en su momento hubiese llevado a cabo su intención de purga, aquel veintinueve de julio, que luego me tuvo caminando durante horas por Regent´s Street y Camden, me hubiese aligerado, al menos, de parte de la carga.

Swoon, 29 de julio de 2015.

martes, 14 de marzo de 2017

Los otros lugares (II).

La primera referencia que tuve de la calle Tallers me llegó gracias al genial Sergio Makaroff, no recuerdo si referida en la letra de una de sus canciones o bien destacada entre los lugares favoritos de su ciudad de adopción, en alguna de las pocas entrevistas que de él se publican.
No fue hasta la primavera de dos mil siete cuando, aprovechando el viaje que hicimos a Barcelona D., M. y yo, con motivo del concierto que Roger Waters daba entonces en el Palau Sant Jordi, recorrí sus tiendas por primera vez. En otras ocasiones había visitado la ciudad, pero nunca antes dicha calle que, convertida por entonces la revista a las tiendas de discos en cita tan importante como la visita a museos y demás sitios de interés, en ese punto vino a destacarse como uno de los principales atractivos de la ciudad.
Un año después, los viajes a Barcelona, por razones laborales, comenzaron a convertirse en frecuentes, dándose desde entonces, y especialmente durante los cinco años siguientes, tres o cuatro visitas anuales. Las rutinas para ese tipo de días fueron siempre las mismas, densas y tediosas; aún así, bien a la llegada, que se buscaba adelantar todo lo posible para atender sin prisas a la afición, bien antes de tomar el AVE de vuelta para Madrid, siempre había oportunidad de recorrer las tiendas de discos de la calle Tallers.
El mejor compañero para estos paseos fue siempre A., con su habitual buena disposición y parsimonia. Rebuscábamos en Castelló, en Revolver…; siempre con éxito, y nos tomábamos luego unas cervezas charlando con gusto de lo que imaginábamos daría o había dado de sí la reunión de trabajo en cuestión.
En ocasiones, a esos paseos por la calle Tallers, se nos unían algunos otros compañeros. Aquel uno de febrero de dos mil doce nos acompañaban A. y Ch., sin especial apetito musical. La tarde era lluviosa y apagada. Entre otros, en Discos Revolver encontré un disco de los Jayhawks que llevaba un par de semanas buscando, Smile; uno de esos grupos de los que en un par de meses, en uno de esos calambres de coleccionismo repentino que de vez en cuando acometen como incontrolables espasmos nerviosos, uno se encuentra completando su discografía con el mismo ahínco con que se correría perseguido por una manada de bisontes.

Smile, 1 de febrero de 2012. 

domingo, 5 de febrero de 2017

Los otros lugares (I).

Hace unas semanas viajamos a Zürich. Era la cuarta vez que visitaba Suiza, pero la primera que lo hacía con D. y O. 
Las tres anteriores, los paseos por la ciudad, entre otros, habían tenido siempre el aliciente de parar en alguna tienda de discos, de las muchas que aún permanecían abiertas, y echar un vistazo sin prisa. La búsqueda solía dar siempre alguna sorpresa de interés, algún compacto complicado de encontrar en Madrid que podía comprarse a un precio razonable.
De aquellas tiendas visitadas en los viajes anteriores, recordaba especialmente dos, una, Crazy Beat, situada en una calle apartada del centro, dedicada principalmente a la venta de vinilos de segunda mano y regentada por una mujer que durante algún tiempo había vivido en la sierra madrileña, y la otra, Musik Hug, de varias plantas, empleadas las superiores a la venta de instrumentos, a la orilla del río Limago y cerca del ayuntamiento de la ciudad.
Crazy Beat, por lo que ya en su momento me había dicho J., había echado el cierre definitivo. La otra, en cambio, seguía abierta, si bien, el surtido que se disponía en la planta baja, me había advertido también J., se había reducido bastante.
Aunque pasamos un par de veces por delante del local, en esta última visita a Zürich sólo entramos en él el penúltimo día, todos, adultos y niños. 
J. tenía razón, el espacio destinado a la venta de compactos había sido reducido notablemente. La oferta, en comparación a lo que había encontrado allí otras veces, era muy pobre. En los paneles de la pared se exponían todas las novedades, cada una de ellas representada por más de una docena de ejemplares, lo cual hacía sospechar que el stock total de producto a exponer no habría de ser mucho. El resto del catálogo, mermado e inconexo, se distribuía en los estantes horizontales, donde en número parecido convivían compactos y separadores. Por más deseo que tuviese no compré nada, no di con nada que mereciese la pena.
Esta mañana, al sacar la entradas para el próximo concierto de Brad Mehldau en Madrid, he pensado en su disco Places, aquel que encontré en febrero de dos mil nueve en Musik Hug, cuando en dicho local podía uno pasarse las horas mirando compactos, limitando, en debate constante, la selección hecha al presupuesto marcado.

Places, 27 de febrero de 2009.