A finales de julio de dos mil cuatro, D. y yo teníamos ya cerrado el alquiler de una casa donde comenzar a vivir juntos, en la calle Tarragona, a unos pasos de Santa María de la Cabeza. La casa era pequeña, de no más de cuarenta metros cuadrados y se levantaba en el segundo piso de una antigua corrala reformada. Las dimensiones de su planta, que no daban más que para un discreto baño, un saloncito con la cocina incorporada y un dormitorio de parecida holgura, estaban descompensadas en relación a la altura de sus techos, de casi siete metros. El dueño, un hombre joven, taxista de profesión, nos había dicho que el planteamiento primero que tuvo era el de haber levantado una segunda planta dentro del dormitorio y un pequeño altillo en el salón, lo cual hubiese generado nuevos espacios y aliviado la sensación de estrechez que daba la casa.
El pago de la fianza ya estaba hecho, sólo quedaba que el dueño terminase de pintar el piso y pudiésemos nosotros hacer la mudanza y entrar a vivir.
Aquella tercera semana de julio la había cogido libre con la intención de ir perfilando el cambio. Por un lado, había ido empaquetando y llevando a casa de mis padres algunas de las cosas que guardaba en mi habitación de la calle Segovia y que, imaginaba, no tendría necesidad conviviendo con D., y, por otro, preparando de igual manera lo que sí tendría que mudar.
Poco aficionado a los cambios, por más que estos supongan una mejora general, en los instantes que los preceden, suelo dejarme llevar por los momentos de ensimismamiento y ponderación.
Aquel sábado veinticuatro de julio, con la semana a punto de concluir, aprovechando que había cobrado un trabajo hecho como coordinador de una exposición de fotografía, una de esas tareas que visten más contadas que ingresadas en la cuenta bancaria, salí pronto de casa, la que aún compartía con E. y S. en la calle Segovia, y anduve por el centro dando un paseo, comprando algún disco y comiendo luego por Malasaña. Se trataba, sobre todo, de sopesar lo que habían dado de sí los últimos días y pensar con ilusión y prudencia en lo que habrían de ser los que llegasen en agosto.
Aquella mañana, además de un recopilatorio de 10.000 Maniacs que compré en Fnac, inesperadamente di con el segundo disco de Pretenders, que llevaba un tiempo buscando, titulado sencillamente así, Pretenders II, en una tienda de segunda mano, en la calle Clavel, en la que apenas había estado un par de veces y donde apenas había encontrado nunca nada.
Aquella mañana, además de un recopilatorio de 10.000 Maniacs que compré en Fnac, inesperadamente di con el segundo disco de Pretenders, que llevaba un tiempo buscando, titulado sencillamente así, Pretenders II, en una tienda de segunda mano, en la calle Clavel, en la que apenas había estado un par de veces y donde apenas había encontrado nunca nada.
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| Pretenders II, 24 de julio de 2004. |

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