miércoles, 22 de mayo de 2019

El ritmo lento.

Hay veces en que desde casa reparo en la cúpula del Palacio de Vistalegre, refulgente y un poco marciana en medio del general velo pardusco del barrio, y al pensamiento, como uno mismo desde los ventanales de la cocina, se asoma siempre el recuerdo de aquel concierto de Supertramp al que allí asistimos en la primavera de dos mil dos, dentro de la gira de presentación del que hasta ahora es su último álbum de estudio, Slow motion.
Este compacto lo compré el veintitrés de abril de aquel mismo dos mil dos, el día de mi santo. Llevaba trabajando en la zapatería de Las Rozas un par de semanas, y ese martes libraba. F. me telefoneó desde Preciados para leerme burlonamente un párrafo de la primera novela que Loquillo había editado. Un rato después nos encontramos allí. Aprovechando lo señalado de la jornada, los almacenes cercanos habían ribeteado la calle de tenderetes con lo más vistoso de su oferta editorial. En Fnac encontré este Slow Motion, un disco que escuchado ahora, sin ser un álbum aburrido, es a la carrera de Supertramp lo que la llegada de un viejo tren a una estación de provincias, un traquetear lento y apacible.
El concierto se celebró el sábado de aquella misma semana. Salvo D., que en uno de sus herméticos mutis, extrañamente había preferido no sacar la entrada, los que sí asistiríamos éramos bastantes. Supertramp, más quizá que ningún otro grupo, era el que en los últimos años de la década anterior más habíamos escuchado juntos. Raro era el día que J. en el Angie, sin necesidad de que se lo pidiésemos, al encontrarnos en el bar no pinchase alguna de sus canciones. 
Pero esa misma mañana la convocatoria para el concierto se vio inesperadamente reducida. Por un lado M., al que por motivos laborales le tocaba viajar de urgencia fuera de Madrid, se caía del plan, y por extensión también B., que verdaderamente solo venía por acompañarle. A estas ausencias, a punto de comenzar el concierto, en la pista, solo con G., se sumaba también la de su novio, I., que entre el desinterés y la inoperancia no era capaz de encontrar aparcamiento, y cuando dio con uno libre no supo dar con nosotros dentro del recinto. Así, G. estuvo más pendiente del teléfono móvil tratando de localizar a su novio que del concierto, y entre unas cosas y otras, con una desconcentración parecida, yo mismo.

Slow motion, 23 de abril de 2002.