miércoles, 26 de julio de 2017

El púrpura es para el verano.

Los discos, como algunas prendas de ropa, tienen también su temporada. Hay algunos que se mantienen durante meses apartados en los estantes hasta que llega la estación del año donde mejor visten. 
A mediados de julio de dos mil doce, D. emprendió con su amiga L. un viaje de dos semanas por Tailandia, quedándome yo en Madrid empleado en las acostumbradas obligaciones laborales. 
Su vuelo despegaba a las diez de la noche de aquel viernes trece, poco antes de que The Punzones diesen un nuevo concierto, esta vez en una pequeña sala de Aluche llamada La Mala, a donde, una vez nos despedimos, acudí.
La asistencia a sus conciertos suele ser siempre parecida, con más o menos deserciones, entre familiares y amigos, al menos una docena de conocidos, sino más, es normal que uno se encuentre. Aquella noche, en las primeras filas estaba P., muy embarazada ya de su segundo hijo, y también J. y N., atentos al escenario más que a ninguna conversación, y mi hermana C. y M., que llegaron con el concierto ya comenzado. Terminó este y me acomodé junto a la barra del fondo, esperando la llegada de los Punzones, cuya actuación había servido de preámbulo a la final del grupo de versiones de los Judas Priest. El primero en hacerlo, como de costumbre, fue el bueno de D., con su habitual ánimo bebedor. Después mi hermano I., cuya pandilla ocupaba la mayor parte de la sala, F., S. y V.
La noche, como era de prever, me trajo a casa tarde y con unas cervezas de más. Así, el propósito que tenía para la mañana siguiente de subir al centro y comprar algunos discos y películas con los que entretener los huecos de ocio que pudieran presentarse en las dos semanas siguientes, antes de acostarme, decidí volver a sopesarlo una vez me hubiese despertado.
Amanecí con el cansancio propio de las resacas, pero, aún así, con el suficiente humor como para no dejarme caer en el sofá y abandonar el paseo previsto. Desayuné en la estación y tomé el tren hasta Recoletos. 
Burn, de Deep Purple, lo encontré en los cajones bajos de Yunke, revolviendo como solo puede hacerse en días en los que no se tiene prisa alguna y el entendimiento se desenvuelve con especial lentitud. Pensé: un disco de Deep Purple con David Coverdale, forzosamente ha de ser un buen disco… 
Pero de igual manera que en invierno, melones y sandias, si se encuentran, pueden estar igual de sabrosos que en verano, como sucede con el disco de Deep Purple, es en los meses más cálidos del año cuando con más gusto se toma. 

Burn, 14 de julio de 2012.