lunes, 26 de abril de 2021

El cierre de Yunke (y II).

A finales de mayo del año pasado, cuando en Madrid comenzaban a levantarse las restricciones, quedé con A. para dar un paseo por el centro. Como era previsible, llegamos hasta la puerta de Yunke. El cierre estaba echado. Daba la impresión de que el local permanecía cerrado desde mediados de marzo. En su puerta no había ninguna información que indicase una reapertura posterior. Si las vitrinas de sus escaparates, donde se repartían compactos y deuvedés como soldados en retirada, hubiesen estado durante estos años sujetas a las bondades de la limpieza, la capa de polvo imperante nos hubiese dado un veredicto concluyente. Pero en Yunke, donde el material que se exponía en las cristaleras se apostaba entre el polvo como la sombrilla en la arena de la playa, ese detalle no aclaraba nada; aquel que caminase por primera vez por su acera lo natural es que observando el estado de conservación del escaparate pensase que el negocio llevaba cerrado desde mediados del siglo pasado.

Una semana después de aquel paseo, inesperadamente, comprobé con alegría que el negocio se encontraba nuevamente abierto. Era una fabulosa mañana de junio. Atendiéndolo estaba aquel chico amable y sonriente que siempre trataba de entablar conversación preguntándote si tenías previsto asistir a algún concierto. Sorprendía que le refirieses el músico que le refirieses, desarbolando todos los prejuicios, él siempre apuntaba algún detalle juicioso, dando a entender que lo conocía y que del mismo tenía una opinión bien formada. Quizá fue ese día el último en que coincidí con él. 

Revolví en las cubetas y en los paneles sin prisa. Muchos de los compactos, incluido el de Riverside que refería en la entrada anterior, se encontraban en el mismo lugar donde recordaba haberlos visto antes del confinamiento. En esa permanencia, tanto como en los hallazgos, para aquellos que preferimos encontrar las cosas tal y como han estado siempre a nuestro lado, como decía Woody Boyd, se halla gran parte de la felicidad.      

Después de su cierre, en una de nuestras habituales citas, D. y yo hemos seguido quedando en su puerta, más por apego que por conveniencia. El establecimiento, salvo que por dentro ha sido destripado de material (salvo unos rimeros de discos de música clásica que andan desorientados por el suelo), no muestra ningún cambio desde entonces ni ofrece indicios de su futuro empleo. Qué maravilla sería, hemos pensado, que el mismo lo tomasen los dueños de Metralleta y abriesen allí una sucursal de sus locales subterráneos, siempre mucho más oreados y transitados de lo que nunca estuvo Yunke.