jueves, 16 de diciembre de 2021

El techo tiene goteras.

Hace unos años surgió en las redes -no sabría decir exactamente en cuál- una campaña de recogida de firmas para que Phil Collins cejase definitivamente en su actividad musical. 

A poco que uno haya leído -incluso el mismo precursor de dicha campaña, por muy poco ilustrado que fuese-, la tontuna, como enfermedad venial y altamente contagiosa, se distingue con claridad que no es patrimonio específico de ninguna época, comunidad o estrato social, sino más bien de la mayor parte de ellos; si bien es cierto que hay épocas en las que la idiotez, empujada por la benevolencia, el analfabetismo y el uso indiscriminado de determinadas armas tecnológicas, puede alcanzar cotas impensables, tan difíciles de superar como los grupos escultóricos de Bernini en relación a la expresividad de la piedra. ¿Cómo se explica que alguien lance una campaña así conociendo mínimamente los discografía de Phil Collins, tanto junto a Genesis como en solitario? No hay duda de que estos juicios musicales se hacen desde la pose y la mediocridad, buscando principalmente llamar la atención y hacerse con la simpatía de otros muchos simplones de veta parecida. No voy a reivindicar en esta entrada la discografía de Phil Collins, no se trata de eso (si alguien está acostumbrado a hocicar bellotas resulta inútil tratar de tentarle con platos más elaborados), pero escuchando esta tarde su primer disco en solitario he recordado la iniciativa del bobo de turno y no he podido evitar referirla… 

A comienzos de los noventa, aprovechando el gran éxito que supuso el lanzamiento de su cuarto álbum, … But seriously, se reeditaron conjuntamente sus tres primeros discos en formato vinilo. Si del cuarto tenía una copia en casete, de aquellos otros tres anteriores apenas conocía nada. Un compañero de instituto, A., con el que no simpatizaba especialmente pero con el que de vez en cuando intercambiaba música, me prestó los tres. Era octubre de mil novecientos noventa y dos. Para entonces, el formato vinilo ya era uno consciente de que estaba irremediablemente relegado al segundo puesto del podio, entre el anaranjado y terroso casete y el dorado y refulgente cedé. Dado su número y el color de sus portadas, todas ellas con el rostro del músico en primer plano, esos tres discos parecían estar hechos deliberadamente para ilustrar cada uno de los tres meses del otoño, como aquellas representaciones medievales donde las tareas agrícolas y ganaderas fragmentaban e identificaban el ciclo anual. Desde entonces no ha transcurrido otoño en que los haya dejado de escuchar, uno por uno, y el primero con especial gusto. 

En dos mil quince, con Phil Collins prácticamente retirado del panorama musical, se reeditó toda su discografía en solitario. Junto a cada álbum original se incluía en todos los casos un segundo cedé con maquetas, tomas en directo y demás. En un guiño especialmente simpático, la imagen original de cada disco había sido reemplazada por la imagen del músico, en la misma pose y proporción, pero con sus rasgos actuales. Resulta innecesario apuntar que tantas décadas después el músico aparece un punto avejentado, ¿quién no lo estará llegado el caso? ¿Pero, en cambio, quién puede sostener que Face Value, por ejemplo, por muchos años que hayan transcurrido desde su publicación, no se mantiene igual de fino y vigoroso?


Face value, 24 de febrero de 2016.

sábado, 20 de noviembre de 2021

El calor ferroviario.

Antes de la pandemia, salvo los días que trabajaba de tarde y los fines de semana, y no todos, solía ir al trabajo en transporte público. Primero en Metro, hasta Príncipe Pío, y después en Cercanías hasta El Pinar. Aquella impaciencia cuando algún servicio se retrasaba o inesperadamente quedaba detenido entre dos estaciones quizá sea lo que menos extrañe de entonces. Por el contrario, la posibilidad de entretener el trayecto leyendo -dentro de los vagones, de pie o sentado, o aguardando en el andén-, además del grato calor ferroviario en los días de invierno, seguramente sea lo que más. 

Después del confinamiento el uso del coche se ha convertido en norma. Es cierto que habitualmente resulta mucho más rápido y cómodo que el transporte público, pero como todo, se estará de acuerdo, desplazarse en vehículo propio también tiene sus inconvenientes. Muchos años antes -cuando la obtención del carné la tomaba como una posibilidad remota-, desde los ventanales del tren de Cercanías, en los tramos en que este transcurre junto a la autovía de La Coruña, observaba los accesos de salida y de entrada a Madrid congestionados y pensaba: ¿Cómo es posible que diariamente esta gente pierda tantísimo tiempo en sus desplazamientos laborales? Me resultaba incompresible. Entendía que en un caso extremo entre sus domicilios y sus lugares de trabajo no hubiese más medio de transporte posible. De otra manera no le encontraba explicación. Horas y horas malgastadas en infinitos y predecibles atascos… 

Se dice que actualmente el porcentaje de teletrabajo continua siendo alto. Pudiera ser. De lo que no hay duda es de que la congestión automovilística es parecida a la que entonces observaba desde los vagones de Cercanías, con la variación esta vez de la perspectiva, que en determinados días y a determinadas horas nos tiene también a nosotros incomprensiblemente presos en retenciones desesperantes. 

Volviendo la vista atrás, que es a lo que iba con estas líneas, la llegada del frío hacía que en el transporte público se diese una escena especialmente reconfortante. En el pequeño vestíbulo de la estación de El Pinar nos apiñábamos las decenas de trabajadores que a media tarde habíamos terminado nuestra jornada y aguardábamos la llegada del tren que nos condujese de vuelta a Madrid. En los paneles electrónicos se anunciaban los minutos que restaban para su llegada. Estos se consumían con una pausa desesperante. Cuando se aproximaba la hora todos abandonábamos el vestíbulo y nos distribuíamos por el andén, resguardándonos como buenamente podíamos del frío viento serrano. Al subir al tren nos acogía el grato manto de su sistema de calefacción, envolvente y hospitalario. Yo por mi parte, tomaba siempre asiento en el último vagón, en el lado de la derecha. Apoyaba la cabeza en el cristal, me colocaba las gafas de sol -hubiese atardecido o no- y dejaba que el traqueteo del tren y la música de los auriculares me fuesen meciendo hasta quedarme dormido. 

(Este disco de Lorenna McKennitt es uno de los muchos que escuché en aquellos plácidos letargos ferroviarios, aunque es de los pocos cuyas canciones están especialmente asociadas a ellos).


Parallel dreams, 17 de febrero de 2015.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Teatrillo juvenil.

Los perfiles que recorren los estantes musicales de los grandes almacenes (Fnac, por ejemplo) y los que revistan las cubetas de las tiendas de menor aforo, resulta evidente -salvo aquellos que tienen el hábito de alternar ambos caladeros-, son bien distintos entre sí. 
Sin profundizar en tópicos ha germinado en los primeros una tipología de visitante -al que no me atrevería a calificar de melómano ni tampoco de consumidor- , tan recurrente en sus pasillos como las riadas de turistas en las calles céntricas. Son jóvenes que no superan los veinte años, vestidos de manera colorista y desenfada, tanto como los catálogos de las cadenas textiles les permiten. Llegan al departamento musical con expresión entusiasta, como si entre sus expositores hubiesen dado con uno de los componentes de la pandilla perdido entre el marasmo capitalino muchas horas antes. 
De manera parecida a esas señoronas que se inscriben en cursillos de historiografía artística, devoradoras indiscriminadas de exposiciones, estos grupos de jóvenes van de un estante a otro emitiendo sus opiniones en voz alta con tanto criterio como reparo: 
     - ¡Anda, mira! 
     - ¿Esa quién es? 
     - Tía, ¿no sabes quién es Miley Cyrus? 
     - Ah, sí… 
     - Es lo más. 
     - ¡Este me lo llevo seguro! 
Sucede siempre que un miembro del grupo en un gesto heroico toma el compacto en cuestión y asegura, como si fuese el órgano necesario para su supervivencia, que lo que tiene entre sus manos nadie se lo arrebatará. La intención le dura cinco minutos, lo que tarda el grupo en dar la vuelta al recinto a imagen de la cuadrilla taurina después de una mala faena. Entonces, disimuladamente, deja el compacto en el lugar que mejor le parece mencionando alguna plataforma digital o excusándose con las frases de repertorio que quien a su alrededor les observa ha escuchado decenas de veces. Si el negocio de la venta de música dependiera de este perfil no hay duda de que en dos días no quedaría ni una sola tienda abierta. 
(Escenas de este corte en lugares como Fnac se viven con asiduidad. Hoy, no sé por qué, al recordar estos teatrillos juveniles se me ha venido a la memoria la tarde en que compré con D. el último compacto de Toundra. Obligados también nosotros por las modas, la opción de tenerlo en dicho formato pasaba porque nos hiciésemos con su versión en vinilo, que a semejanza de un fulgurante planeta, amparaba la compañía del cedé como la de un satélite sujeto a su órbita).

Das cabinet des Dr. Caligari, 23 de septiembre de 2020.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

La muerte alcanza también a los Rolling Stones.

Hace unos días D. me envió una fotografía de la iglesia de Quintanilla de las Viñas, donde estaba de visita, jugando a que la reconociese. Aproveché la referencia para echar un vistazo al manual de Olaguer-Feliú: El arte medieval hasta el año mil, un volumen minucioso y concienzudo, y releer lo que en él se detallaba del edificio. Entre sus páginas encontré un tique de Madrid Rock. Estaba arrugado, aunque su imprimación se conservaba intacta -seña inequívoca de que el mismo no había sido impreso sobre el inconsistente papel térmico hoy generalizado, sino en uno de mayor calidad-. El tique era de la compra del Beggar´s Banquet de los Rolling Stones, el tercer disco que tenía en formato compacto del quinteto londinense y el que en el arranque de la colección de cedés hacía el número cuatro (entre medias solo se había colado un recopilatorio de David Bowie). Estaba fechado el veintinueve de marzo de mil novecientos noventa y cuatro. La afición y obligación diarística aún no había tomado cuerpo -sería unos meses después cuando lo hiciese de manera definitiva- por lo que de entonces los recuerdos que conservo son menudos e imprecisos. 

Aquella semana final de marzo se celebraba Semana Santa. Este detalle lo he confirmado en Internet. Lo recordaba vagamente. Mis padres y hermanos se habían ido al pueblo y yo me había quedado en Leganés, entiendo, con el pretexto de ir preparando los exámenes del segundo cuatrimestre. No podría asegurar si fui solo a Madrid Rock o lo hice en compañía de algún amigo. Seguro, eso sí, que el compacto lo escuché ese mismo día y los siguientes como solo se hacía en aquella época, cuando la oferta que llegaba a nuestra estantería estaba tan dosificada como la lluvia en verano; de manera atenta e insistente, revisando detalladamente el libreto hasta llegar a familiarizarnos con cada una de sus páginas tanto como con cada uno de los rincones de nuestra habitación. 

Pero si hay un tono que define aquellas primeras escuchas del Beggar´s Banquet es el tono lúgubre que trae consigo el sinsabor inesperado de la muerte de un familiar. Fue aquella misma semana, la noche de uno de los dos días santos, quizá el viernes. La muerte de un primo que vivía en el pueblo toledano, de edad parecida. La misma, en un alarde de tenebrismo, sucedió durante la procesión religiosa nocturna, mientras la mayor parte de los vecinos rondaban las calles a oscuras y en silencio, él agonizaba en la puerta del médico del pueblo. Las causas nunca se supieron con certeza ya que la familia se negó a que se practicase la autopsia. Padecía problemas respiratorios. Se elucubró que quizá estos habían sido los causantes de un fatal paro cardiaco. 

A la mañana siguiente, una de mis tías me telefoneó para decirme que mi primo estaba muy enfermo. Ella estaba en Leganés; no solía frecuentar el terruño toledano. Pensaban viajar hasta allí ese mismo mediodía y me sugirió que me fuese con ellos. Era consciente, aunque mi tía me lo negase, que mi primo había muerto. Lo hizo al entrar en el pueblo. La imagen que nos encontramos en la calle donde había vivido era de una solemnidad y un dolor imponente: numerosos grupos de vecinos, muchos jóvenes amigos, se repartían abrazados o aislados sin punto fijo donde atender, conteniendo los gritos y los sollozos.


Beggar´s banquet, 29 de marzo de 1994. 

sábado, 10 de julio de 2021

Coliflor y chicharro.

Contrarían aquellos días que inmersos en la cerrazón del invierno o del verano, por ser estas las dos estaciones más extremas, amanecen con un discurso contrario al devenir general, cargados de un sol templado o bien de una lluvia desapacible, obligándonos a buscar en el armario una prenda acorde al imprevisto meteorológico.

Como la ropa, ya se ha dicho en alguna ocasión anterior, los compactos tienen también su estación específica, y dependiendo del momento del año en que nos encontremos siempre se sentirá uno más cómodo vestido de una música u otra. 

Hay compactos que son como esos días impares, que siendo lo natural -por muy subjetivas razones- que se les asocie a tal o cual periodo del año, terminan significándose en otros totalmente opuestos. Uno de ellos es este Avalon, de Roxy Music, que llegó a mi estantería a mediados de julio de dos mil. (No esperen, queridos y selectos lectores, que les desgrane los motivos por los cuales mi prejuiciosa comprensión lo hubiese dispuesto junto a los gruesos jerséis de lana y no entre las camisetas de manga corta, que es a la postre donde ha quedado apilado.)

Hace unos días charlaba con D. en relación a algunas amistades que se perdieron. Ella fue quien trajo a L. a la conversación. Me preguntaba si la echaba de menos. Le respondí que no, casi como en un acto reflejo. Ella sabe que de todas aquellas amistades que los contratiempos, la incomprensión, la desidia y los malentendidos han ido echando por tierra es la de G. la que más extraño. Pero pensé entonces en L. -y lo he vuelto a hacer unos días después- en todos aquellos meses y años que compartimos, particularmente en aquella época en que nos encontrábamos los dos viviendo en Madrid. 

A las cenas que todos los martes organizábamos en nuestra casa de la calle Segovia, a las cuales cada compañero de piso invitaba, dependiendo de la semana, a un par de comensales, L. era una asistente con plaza fija. Aquel dieciocho de julio incluso llegó a casa antes que yo. Cocinaba E. Yo aparecí con este compacto de Roxy Music un rato después. Ella me aguardaba con la noticia de que desde la Concejalía de Cultura de Leganés nos habían seleccionado para impartir un curso de Historia del Arte de cara a septiembre.

 - ¡Qué buena música se escucha siempre en esta casa! -exclamó entusiasta cuando cargamos el cedé en la cadena que guardábamos en el mueble del salón, animada tanto por la viveza de la canción de arranque como por la posibilidad de llevar a cabo aquel curso que tan atractivo nos parecía.


Avalon, 18 de julio de 2000.

viernes, 28 de mayo de 2021

Chasco deportivo.

Seguramente, D. (con permiso de D.) sea la persona que más compactos me haya regalado. Unas veces justificados por una fecha o una apuesta perdida y otras, sencillamente, por el deseo de querer compartir el gusto conmigo. Podría detenerme en cualquiera de ellos -que deben alcanzar las dos o tres docenas-, cada uno con su puntual significado, pero esta vez, al hilo de los últimos triunfos deportivos, voy a hacerlo en el directo de Rainbow que se reeditó en la primavera de dos mil dieciséis: Monsters of Rock. Live at Donington 1980.

Resulta incomprensible cómo el devenir futbolístico nos clarea o desbarata el ánimo, cómo el marcador de un tonto partido de fútbol es capaz de henchirnos el pecho hasta el delirio o de hundirnos en el desanimo de la manera más sonrojante.

Tal día como hoy de hace cinco años el Atlético de Madrid se jugaba el título continental con el otro equipo de la capital. Los protagonistas eran los mismos que habían protagonizado la final de dos mil catorce. Entonces el desenlace había  sido calamitoso para el equipo colchonero, que después de haber ido ganando durante todo el partido, en el último momento se descompuso como un castillo de arena. Aquella primera final la vi con D. en la taberna irlandesa de San Vicente Ferrer, en su parte baja. Para la de dos mil dieciséis, con la misma compañía, preferimos cambiar el escenario y seguirlo en una taberna de la calle del Doctor Fourquet. Nos encontramos allí un buen rato antes del comienzo. D. llegó con el compacto de Rainbow, que como en él es habitual me descerrajó sin ningún protocolo solamente acompañado, como también suele, con el apunte de la importancia del disco y el vaticinio de lo mucho que me gustaría.

De la resolución del partido no puede decirse nada entusiasta. Pensar que en el mundo del deporte pueda darse una cierta lógica de justicia resulta tan cándido como creer en la existencia de un ser omnipresente y todopoderoso. Aquella segunda oportunidad resultó tan frustrante como la primera.

El disco lo escuché un par de veces durante la tarde del día siguiente, mientras montaba unos muebles que habíamos comprado para el salón. Fue lo único animoso de la jornada, pero insuficiente para compensar la decepción deportiva y el desgaste que supone el montaje del mobiliario de algunas empresas de diseño.


Monsters of Rock. Live at Donington 1980, 28 de mayo de 2016.

lunes, 26 de abril de 2021

El cierre de Yunke (y II).

A finales de mayo del año pasado, cuando en Madrid comenzaban a levantarse las restricciones, quedé con A. para dar un paseo por el centro. Como era previsible, llegamos hasta la puerta de Yunke. El cierre estaba echado. Daba la impresión de que el local permanecía cerrado desde mediados de marzo. En su puerta no había ninguna información que indicase una reapertura posterior. Si las vitrinas de sus escaparates, donde se repartían compactos y deuvedés como soldados en retirada, hubiesen estado durante estos años sujetas a las bondades de la limpieza, la capa de polvo imperante nos hubiese dado un veredicto concluyente. Pero en Yunke, donde el material que se exponía en las cristaleras se apostaba entre el polvo como la sombrilla en la arena de la playa, ese detalle no aclaraba nada; aquel que caminase por primera vez por su acera lo natural es que observando el estado de conservación del escaparate pensase que el negocio llevaba cerrado desde mediados del siglo pasado.

Una semana después de aquel paseo, inesperadamente, comprobé con alegría que el negocio se encontraba nuevamente abierto. Era una fabulosa mañana de junio. Atendiéndolo estaba aquel chico amable y sonriente que siempre trataba de entablar conversación preguntándote si tenías previsto asistir a algún concierto. Sorprendía que le refirieses el músico que le refirieses, desarbolando todos los prejuicios, él siempre apuntaba algún detalle juicioso, dando a entender que lo conocía y que del mismo tenía una opinión bien formada. Quizá fue ese día el último en que coincidí con él. 

Revolví en las cubetas y en los paneles sin prisa. Muchos de los compactos, incluido el de Riverside que refería en la entrada anterior, se encontraban en el mismo lugar donde recordaba haberlos visto antes del confinamiento. En esa permanencia, tanto como en los hallazgos, para aquellos que preferimos encontrar las cosas tal y como han estado siempre a nuestro lado, como decía Woody Boyd, se halla gran parte de la felicidad.      

Después de su cierre, en una de nuestras habituales citas, D. y yo hemos seguido quedando en su puerta, más por apego que por conveniencia. El establecimiento, salvo que por dentro ha sido destripado de material (salvo unos rimeros de discos de música clásica que andan desorientados por el suelo), no muestra ningún cambio desde entonces ni ofrece indicios de su futuro empleo. Qué maravilla sería, hemos pensado, que el mismo lo tomasen los dueños de Metralleta y abriesen allí una sucursal de sus locales subterráneos, siempre mucho más oreados y transitados de lo que nunca estuvo Yunke. 

miércoles, 24 de marzo de 2021

El cierre de Yunke (I).

Hay constancias que no por previsibles resultan menos penosas. Si uno trata de informarse a través de Internet, a día de hoy todavía no es posible dar con ninguna entrada que anuncie su cierre. Puede que esta sea, en correspondencia, una desatención parecida a la que la propietaria del local dispensó siempre a la difusión del negocio a través de las redes sociales. 

Echando un vistazo en alguna de ellas, en casi todas hay alguna huella de Discos Yunke; unos primeros pasos al menos. Al poco se pierden estos, no se sabe si por desidia o por completo desinterés por unas formas de atención y difusión del negocio extrañas para quien durante décadas prefirió manejarlo sin mucho esmero comercial. En una de estas redes hay un comentario de un cliente, fechado en dos mil trece, que augura sin titubeos el inminente cierre del local dados la imperante despreocupación y el desorden que lo rigen. Su vaticinio erró en ocho años, pero esta sospecha, la de su cierre definitivo, la hemos tenido todos casi desde el mismo día en que entramos por primera vez en él.

Durante los últimos meses, al poco de terminar el verano, el negocio lo atendía la misma dueña. Quien lo haya frecuentado, a poco que coincidiese con ella, sabe que su trato siempre llamó la atención por lo parco y grosero. Por más que se la saludase, pocas veces se obtenía respuesta; lo habitual era encontrarla en discusión con algún cliente, tratando a voces temas políticos o de parecido corte polémico: prostitución, drogas, etc. A Yunke se iba por el amplio surtido y los buenos precios de los últimos lanzamientos, no por el trato afable de su dueña. 

Por suerte hubo épocas en que detrás del mostrador estuvieron dependientes verdaderamente preocupados por el negocio. En contraposición a su empleadora destacaban por su conversación amable, su cierta pasión musical y por una constante fijación por dotarle a todo el surtido de un mínimo de orden. Este deseo, como nos decía a D. y a mí uno de ellos, se le reprobaba constantemente la dueña, que prefería que se ocupasen de otras cosas en vez de preocuparse de facilitar la búsqueda a los clientes… 

(Antes de continuar con la segunda parte de la entrada, incluyo la fotografía del disco de Riverside que, sin ser de los últimos que allí encontré, en parte ilustra el tono agónico que alcanzó el local después del confinamiento.)


Shrine of New Generation Slaves, 3 de junio de 2020.

martes, 23 de febrero de 2021

El futuro viaja en transatlántico.

Hace unos días salió a la venta el quinto disco de Transatlantic. Para aquellos que tienen una afición especial por el rock progresivo, los lanzamientos de este grupo son un verdadero acontecimiento. El nuevo disco se ha editado en versión sencilla (si bien en el caso de Transatlantic es este, el de la sencillez, un calificativo que dudo que manejen con normalidad), y también en versión doble, que prolonga y varía parte de lo que aparece en la primera. A la par, tanto uno como otro, se han lanzado en media docena de formatos diferentes. Y es relevante la acogida que ha tenido porque la semana pasada en los almacenes Fnac de Callao no quedaba a la venta más que un ejemplar en vinilo con algunos añadidos documentales en DVD. 

(Este detalle daría para una consideración a la que quizá en el futuro vuelva; y es que, a tenor del espacio expositivo del que siguen gozando algunos géneros musicales en las grandes tiendas de música, sin duda el heavy, el rock progresivo y el jazz son los tres cuyos seguidores siguen siendo más constantes y leales; al menos en lo que al consumo de música física se refiere).

Pero volviendo a Transatlantic, este mes quería traer a estas líneas el primer compacto que escuché de ellos, el tercero en su discografía: The Whirlwind. Fue al terminar un concierto de Bernie Marsden, el antiguo guitarrista de Whitesnake (que entonces giraba con una banda italiana de refritos serpentinos), al que asistí con D. y su amigo E. en La Sala, en el entonces lejano barrio de Carabanchel. No sé en el coche de cuál de ellos dos fue que antes de arrancarlo, pusieron aquel cedé y aquella clásica obertura progresiva, para deleite de ambos, comenzó a sonar.

El concierto del fornido Bernie Marsden fue a finales de mayo, la compra del compacto de Transatlantic, en parte por la insistencia de D., que no dejaba de alabar la calidad del mismo, se dio el primer sábado de julio. Había quedado con él y con J. (cuando las idas y venidas a Suiza no exigían de cuarentenas) en Fnac (un espacio recurrente por más que haya veces que la actitud de sus dependientes nos resulte deplorable), con la intención de comprar unos compactos y ver luego el partido de la selección española en los cuartos de final del Mundial de Sudáfrica. Aparte del de Transatlantic, que con verdadero gusto no escuché hasta un tiempo después, también compré algunos otros compactos (Fito Paez incluido). Aquellos días, la efervescencia futbolística, para bien o para mal, relegaba cualquiera de las aficiones.


The Whirlwind, 3 de julio de 2010.

martes, 12 de enero de 2021

El compacto dominical.

Hubo un tiempo en que la práctica del compacto dominical era de los pocos alicientes del día. Es posible que en alguna otra ocasión ya me haya referido a ella. Este hábito, en parte propiciado por aquel plomizo y juvenil tedio dominical y el consecuente deseo de sacudírnoslo, fue afianzándose poco a poco durante los últimos meses de licenciatura. 

Todas las tardes de domingo, como si de una obligación lectiva más se tratase, me apartaba por unas horas del escritorio, tomaba el tren y recorría pausadamente las estanterías de la segunda planta de Fnac o bien las del extinto y recordado Madrid Rock de Gran Vía. En la lista de compactos resulta muy sencillo identificar la compra dominical que durante aquellos meses, semanalmente fue dándose. Aquellas incursiones festivas las remataba después con el paseo hasta el bar del barrio de Salamanca donde G., distraída por los clientes y las visitas de sus amistades, también ella, combatía a su manera el abatimiento dominical.

Con el final del periplo universitario la practica del compacto dominical fue perdiendo vigencia. Las nuevas circunstancias hicieron que las maneras de distraer el decaimiento propio de esas jornadas vespertinas, si es que se daba, fuesen otras. La familiaridad y el grato recuerdo de dicha costumbre, en todo caso, por más que esta con el transcurso de los años fuese siendo abandonada, nunca se perdió. 

De vez en cuando, espoleado por aquel mismo deseo de sacudirnos la modorra dominical, me digo: ¿Y por qué no acercarme al centro y echar un vistazo por Fnac? Y sin pensármelo dos veces, más por la distracción que por el compacto que pueda encontrar, así hago.

Este de Counting Crowns, Recovering the satellites, es parte de la eventual recuperación del hábito algunos años después, en dos mil cinco. Aquella tarde al disfrute de la práctica se le unían las circunstancias laborales que, finalmente, tras el paso desafortunado que había dado al aceptar la propuesta de una galerista bisoña, desesperante y poco aficionada a la gestión de sus empleados a través de la legislación que establece la Seguridad Social, en breve me permitirían volver al antiguo empleo que ingenuamente había abandonado por este.

Estaba en la plaza de los antiguos Cines Luna, esperando seguramente a D., cuando me sonó el móvil. Era la "fantástica" dueña de la galería que estaba a punto de abandonar recriminándome que a otro de los chicos vinculados al negocio, uno más de los que le “echaba una mano”, no se le hubiese avisado de tal o cual cosa. A esas alturas de relación laboral la conversación no hubo necesidad de prolongarla demasiado. Después de un par de frases displicentes la colgué y continue quitándole el precinto al compacto, que era lo que verdaderamente en ese momento más me interesaba.


Recovering the satellites, 23 de enero de 2005.