Hace unos días salió a la venta el quinto disco de Transatlantic. Para aquellos que tienen una afición especial por el rock progresivo, los lanzamientos de este grupo son un verdadero acontecimiento. El nuevo disco se ha editado en versión sencilla (si bien en el caso de Transatlantic es este, el de la sencillez, un calificativo que dudo que manejen con normalidad), y también en versión doble, que prolonga y varía parte de lo que aparece en la primera. A la par, tanto uno como otro, se han lanzado en media docena de formatos diferentes. Y es relevante la acogida que ha tenido porque la semana pasada en los almacenes Fnac de Callao no quedaba a la venta más que un ejemplar en vinilo con algunos añadidos documentales en DVD.
(Este detalle daría para una consideración a la que quizá en el futuro vuelva; y es que, a tenor del espacio expositivo del que siguen gozando algunos géneros musicales en las grandes tiendas de música, sin duda el heavy, el rock progresivo y el jazz son los tres cuyos seguidores siguen siendo más constantes y leales; al menos en lo que al consumo de música física se refiere).
Pero volviendo a Transatlantic, este mes quería traer a estas líneas el primer compacto que escuché de ellos, el tercero en su discografía: The Whirlwind. Fue al terminar un concierto de Bernie Marsden, el antiguo guitarrista de Whitesnake (que entonces giraba con una banda italiana de refritos serpentinos), al que asistí con D. y su amigo E. en La Sala, en el entonces lejano barrio de Carabanchel. No sé en el coche de cuál de ellos dos fue que antes de arrancarlo, pusieron aquel cedé y aquella clásica obertura progresiva, para deleite de ambos, comenzó a sonar.
El concierto del fornido Bernie Marsden fue a finales de mayo, la compra del compacto de Transatlantic, en parte por la insistencia de D., que no dejaba de alabar la calidad del mismo, se dio el primer sábado de julio. Había quedado con él y con J. (cuando las idas y venidas a Suiza no exigían de cuarentenas) en Fnac (un espacio recurrente por más que haya veces que la actitud de sus dependientes nos resulte deplorable), con la intención de comprar unos compactos y ver luego el partido de la selección española en los cuartos de final del Mundial de Sudáfrica. Aparte del de Transatlantic, que con verdadero gusto no escuché hasta un tiempo después, también compré algunos otros compactos (Fito Paez incluido). Aquellos días, la efervescencia futbolística, para bien o para mal, relegaba cualquiera de las aficiones.

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