lunes, 9 de diciembre de 2024

El concierto en la cazuela.

Antes de viajar a Bruselas uno tiene el convencimiento de que la ciudad, epicentro regular de noticieros y prebendas institucionales, ha de ser un lugar donde la pulcritud y el civismo se den con la misma regularidad y minuciosidad que en una cápsula espacial; donde los desperdicios, en el improbable caso de que un viandante arroje uno al suelo por descuido, siguiendo un puntero sistema de limpieza, salgan automáticamente repelidos por el asfalto cayendo con precisión matemática en la papelera más próxima. 

Sin embargo, llegados a la capital belga, la realidad no es tan aparente. Sorprende que unas manzanas más allá de los edificios que ocupan las sedes europeas, firmes e impasibles, las aceras se presenten desdentadas y sucias, muchas de sus fachadas desportilladas y un vago aroma sórdido circule por gran parte de sus rincones. La grisura de su cielo, estrechado por inconcebibles construcciones modernas, no contribuye tampoco a darle mayor vistosidad al conjunto. Solamente, la presencia de ciertos espacios y edificios de origen medieval, de variada índole y esplendor, pujantes entre los bloques de cemento y aluminio, embellecen algo sus calles y tratan de preservar parte de su pasado. Sus proximidades e interiores, claro, son devorados por miles de turistas al mismo ritmo que las cazuelas de mejillones que presiden las mesas de sus restaurantes.

El domingo al mediodía anduvimos dando un paseo por uno de sus mercadillos, en un barrio igual de congestionado que las calles principales de la ciudad, pero con una oferta de locales algo más variopinta. Sin pretenderlo dimos con un par de tiendas de discos. Mientras D., J. y V. continuaban hojeando en los negocios cercanos o curioseando por las calles, yo me detuve a ver cuál era su oferta. Este de José James lo encontré desubicado dentro de las cubetas pop de una tienda decorada como si fuese una cafetería sueca.

Aquella misma tarde asistimos al concierto de Ryan Adams en un teatro próximo al hotel. Esta era la razón principal de nuestro viaje a Bruselas. Teníamos los asientos en la grada más alta, aunque la visibilidad no era del todo mala. Lo que resultaba más incómodo era la estrechez de los asientos. Si el concierto hubiese durado hora y media este detalle hubiese quedado en nada, pero como el compositor norteamericano tuvo a bien saturarnos durante varias horas acompañado tan solo de guitarra y piano, aquello, entre unas cosas y otras, se hizo pesadísimo, espeso como un engrudo mal cocinado. 

Un par de veces me excusé para ir al servicio buscando estirar un poco las piernas. Una de ellas me crucé en los pasillos con una mujer embarazada que era conducida por la asistencia médica fuera del teatro. A poco más que hubiese aguantado en el recinto estoy seguro de hubiese dado a luz allí mismo e, incluso, lo más probable, es hubiese visto llegar a caminar a su criatura recién nacida mientras que Ryan Adams continuaba a lo suyo, nervioso e insistente, desgranando canciones en busca de la consecución de algún récord olímpico.


Blackmagic, 23 de abril de 2023.

domingo, 29 de septiembre de 2024

Donde esté la docencia...

Nunca me planteé el doctorado como una opción de futuro. Haberlo llevado a cabo, tan solo haberlo tanteado, me hubiese obligado a conservar unos hábitos que ya entonces, con el fin de la licenciatura, prefería dar por terminados. En todo caso, de vez en cuando, por pasar el rato, sopesábamos qué materia de la trillada historiografía artística nos hubiera gustado abordar, qué aspecto perfiladísimo e intrascendente de nuestro vasto plan de estudios, hubiésemos deseado refreír una vez más. 
Los docentes no nos ofrecían una perspectiva muy halagüeña del asunto. Había uno, particularmente fino y descreído, que mientras devanaba un cigarrillo, nos advertía: “No se engañen ustedes, en materia artística, especialmente de las vanguardias hacía atrás, está ya todo investigado… A no ser, eso sí, que les dé a ustedes por ocuparse del San Cristóbal de la calle central del retablo barroco de la iglesia mayor de un pueblo de la provincia de Soria. Pero, ¿a quién le interesa eso? ¡A nadie! ¡Ni a ustedes mismos! No les publicaría la tesis ni la diputación… Si quieren continuar en este mundillo, mejor la docencia, señores, la docencia; salvo que estén forrados de patrimonio, ni se les ocurra investigar…” 
Cuando se planteaban aquellas fantasías doctorales todos buscábamos rizar el rizo y formular intereses fuera de lo predecible. Mi floritura recurrente tenía como pretensión analizar ciertas portadas de discos desde un plano teórico-artístico, establecer entre estas y la historiografía del arte algún nexo de unión. Como propósito tenía su atractivo, si bien, mis conocimientos sobre la materia no iban más allá de la absoluta nulidad. 
Unas décadas después estos no han sufrido grandes variaciones, aunque cuando descubro alguna nota que bien podría haber encajado en aquellas disquisiciones, me detengo en ella como ante un cromo de la niñez. 
Hace unos días estuve leyendo un artículo con relación a la portada del Sgt. Pepper's de los Beatles. Peter Blake, pintor británico vinculado a la primera figuración pop, es su coautor. Aún se mantiene en activo y, eventualmente, continua realizando portadas para discos. Sin necesidad de indagar minuciosamente -para lo cual, solo los doctorandos tienen verdadero manejo-, reconocí varias que tengo por aquí. Entre ellas esta, de uno de los últimos discos de estudio de Eric Clapton, I still do.
 
I still do, 9 de enero de 2019.

lunes, 26 de agosto de 2024

Viajeros y muy estables (y II).

En aquel curso coincidí con F., un chico un año menor que yo, estudiante también de Historia del Arte en la Facultad de Geografía e Historia; aunque no nos reconocíamos de habernos cruzado antes por los pasillos de la universidad. F. sentía una gran pasión por el cine, especialmente por la música compuesta específicamente para este medio. A su juicio, en este sentido, John Williams era un creador insuperable. Su conversación era brillante; a pesar de su erudición, se manifestaba con modestia y en un tono afable muy instructivo. De la pródiga producción del compositor estadounidense destacaba siempre la banda sonora de E.T., El Extraterrestre; aunque le gustaba precisar que algunas otras consideradas menores también le parecían sobresalientes, como por ejemplo la banda sonora de El turista accidental

Transcurrieron bastantes meses, más de un año y medio, hasta que di con el disco, y no pudo ser en cedé sino en vinilo, en una feria que se celebraba a comienzos de junio en el Paseo de Recoletos. No se podía contradecir a F., dentro de su tono intimista, aquella música era fabulosa.

En formato cedé me llegó gracias a D., siempre tan atenta, que lo había encontrado en una de esas páginas de venta de segunda mano. Me lo regaló el día de mi cumpleaños de aquel dos mil diecinueve (un día que ya ha tenido más de una entrada, por lo que ya no es necesario prodigarse más).

viernes, 28 de junio de 2024

Viajeros y muy estables (I).

Antes de que concluyera el último curso de licenciatura tenía claro que el inapelable socavón veraniego aquel año sería doblemente desalentador si no era capaz de dar con una distracción que me mantuviese apartado del tradicional y plomizo letargo estival. 
Con este convencimiento junto a L. me informé de los contenidos y condiciones de un curso que durante el mes de julio se impartiría en el Centro Cultural Conde Duque, un taller que tenía como principal objetivo la escritura del guión de un cortometraje. L. finalmente se decantó por otro curso, relacionado con este, pero centrado en su vertiente interpretativa. Yo, en cambio, alentado por el empacho de películas de Woody Allen que había visto durante las últimas semanas universitarias, convencido de que la imitación puede pasar por ingenio, opté por el curso de guión. 
El taller lo impartía un tipo risueño y cordial, formado en una escuela cinematográfica cubana y director de un par de cortometrajes (es posible que hoy siga vinculado a un programa de Televisión Española donde más tarde supe que ocupaba un puesto de dirección). Los alumnos no superábamos la docena. Nuestro rango de edad iba de los veinte a los treinta y pico años; todos, claro está, interesados por el mundo del cine y de la escritura, aunque en distinta medida. 
Las clases se impartían en el mismo Conde Duque, en una sala de su ala derecha, donde se ubicaba la Videoteca Municipal. Se celebraban tres días por semana: lunes, miércoles y viernes; siempre en turno vespertino. El calor a esa hora de la tarde según se avanzaba por Amaniel, y especialmente por los patios del cuartel, era sofocante. 
El curso cumplió su objetivo: por un lado, se alcanzó el esbozo de algunas escenas, interpretadas y grabadas posteriormente por los participantes del taller donde L. estaba inscrita; y por otro, gracias a que pronto cogimos el hábito de extender las clases por los bares de la zona hasta la medianoche, sirvió de distracción y aliciente a aquellas temidas semanas de bache estival.

The accidental tourist, 15 de junio de 2019.

domingo, 21 de abril de 2024

Juegos de manos.

Hace unos días le refería la anécdota a D. El próximo fin de semana se celebrará  en Madrid la vigésimo cuarta edición de la Feria del Disco. El emplazamiento es el mismo donde viene dándose desde hace años: el salón de convenciones de un hotel de Méndez Álvaro. 

Solamente he acudido a dicha feria una vez, fue en la primavera de dos mil catorce, justo el mismo día en que el Atlético se proclamaba campeón de Liga. 

Llegué al hotel a primera hora de la tarde, antes de las cinco, caminando desde la estación de Delicias. Entonces no se daban cita más de veinte expositores, la mayoría especializados en la venta de vinilos. El tono de la cita era pobre, deslavazado. Revisé en las cubetas de los dos o tres que contaban con oferta de compactos y tomé uno, principalmente por testimoniar mi paso por el evento. Fue, diría, en el expositor de uno de los negocios que hace años se abría en la barcelonesa calle Tallers. 

Cuando llegué a casa, aparte de la imprevista victoria colchonera, al ir a escuchar el cedé -en este caso, The Beldam in Goliath, de The Mars Volta- comprobé, con igual sorpresa, que el disco que contenía no era del grupo progresivo estadounidense, sino de una soporífera formación de punk inglés (el sopor y el punk, siempre de la mano). 

Al día siguiente no tuve oportunidad de reclamar la equivocación. Pensé en ponerme en contacto con ellos por teléfono, pero pronto desestimé la opción. Antes que verme inmerso en el reclamo y la gestión de envíos, pensé, mejor solucionarlo sin necesidad de muchos movimientos, como en uno de esos arranques fulgurantes de ajedrez. 

Lo que se me ocurrió fue comprar el mismo compacto en unos grandes almacenes y posteriormente reclamar el error, simulando que el mismo se hubiese dado en esa compra. 

Tuve que esperar un tiempo hasta que el cedé en cuestión apareció por uno de esos almacenes. Cuando lo hizo, también fue necesario comprobar que en sus estantes solamente se exponía un ejemplar, dado que existía la posibilidad de que reclamase el error y, con una lógica irrebatible, me lo cambiasen por uno nuevo si es que disponían de stock. 

Resuelto el punto anterior, acudí a hacer la reclamación. Cometí un error, y es que, en vez de cambiar solo el cedé de caja, devolví tanto el compacto equivocado como la caja primigenia, aquella que había comprado en la Feria del Disco. Por lo tanto, el código de barras que aparecía en el tique de los grandes almacenes no se correspondía con el de la caja que pretendía devolver. Por suerte, el dependiente, aunque se extrañó, no quiso indagar y procedió con la expedición de un vale por el importe abonado. 

Este año, si es que encuentro algo de interés en la Feria del Disco, no hay duda de que antes de abandonar el lugar, para evitar penosas estrategias, revisaré el contenido de las cajas con la meticulosidad de un inspector de aduanas.


The Bedlam in Goliath, 20 de octubre de 2014.

domingo, 18 de febrero de 2024

Atracones musicales.

Las comilonas musicales han sido todas en solitario o en compañía de D. Para estos banquetes, rodearse de quien no tiene apetito es a la postre siempre una carga. 

Recuerdo varias, algunas muy remotas, cuando se calibraba cada compra como una inversión bursátil, y otras, más recientes y alevosas, como esta de la que ahora se cumplen dos años: cuando viajamos a Barcelona solo con la intención de comprar cedés y pasar el día. 

El trayecto lo hicimos en tren, cuyos billetes, dados los horarios, eran muy asequibles. Amaneció una hora antes de llegar a Sants. Desayunamos en el bar donde otras muchas veces lo había hecho con los compañeros de trabajo, a unos metros de la estación. 

Caminamos después hasta Discos 100, atravesando el barrio de Gracia. La mañana era muy agradable. Empleamos en la revisión de sus cubetas casi más tiempo del que nos había llevado el paseo. Cada uno se manejaba por su lado; de vez en cuando compartíamos algún hallazgo o formulábamos en voz alta alguna recomendación. 

Cargados de cedés continuamos el paseo hasta la Sagrada Familia. La muchedumbre turística ocupaba la plaza. Detenernos a visitarla nos hubiese llevado horas, así que, desestimada la posibilidad, que tampoco nos seducía especialmente, tomamos asiento en una cervecería próxima. A las dos teníamos reserva para comer. El restaurante estaba a tan solo unas manzanas. En el otro extremo del salón coincidimos con Eduardo Mendoza. D. le saludó antes de irnos. Como él mismo apuntó: “Qué propio venir a Barcelona y encontrarse con un escritor tan representativo de la ciudad.” 

El sopor de la comida nos condujo hasta el mar. Se había levantado un viento molesto. Regresamos al centro de la ciudad por el Barrio Gótico. Sus calles estaban muy transitadas. Por descansar unos minutos nos detuvimos en uno de los bancos de Santa María del Mar. El punto final de nuestro trayecto era la calle Tallers: Revólver, sobre todo. El local, sin ser tan espacioso como Discos 100, mantenía una oferta muy copiosa y unos precios incluso más bajos. 

Antes de coger el taxi que nos condujo a la estación, hicimos una parada en un bar de una calle perpendicular a Tallers. Sobre su barra apilamos todos compactos que habíamos pescado durante la jornada, más de dos docenas entre ambos. (The slow rust of forgotten machinery, de The Tangent, cuya fotografía aparece a continuación, es el primero que compré aquel día.)


The slow rust of forgotten machinery, 22 de febrero de 2022.