martes, 29 de septiembre de 2020

El soniquete matinal.

En más de una ocasión se ha referido en estas líneas que el soniquete del día, por describirlo sencillamente, no es más que aquella canción que al final de la jornada, poco antes de que el sueño nos venza definitivamente, ronda en nuestra cabeza como una letanía inesperada y subyugante. La preeminencia de este soniquete por encima de otros no responde a lógica alguna. Puede que la música en cuestión haya llegado a nuestros oídos durante la jornada de manera fugaz, incluso imperceptible; o puede también que esta haya sido escuchada con atención e insistencia durante horas. En cualquier caso, por más que uno trate de propiciarlo, no hay manera posible de forzarlo. El soniquete envolvente con el que clausuramos el día es siempre impredecible.

Por el contrario, su reverso, aquel otro con el que comenzaríamos la jornada, es perfectamente manipulable. Lo natural sería que con la mente despejada ese runrún primero no fuese más que el silencio, pero, si como suele ser frecuente, uno tiene como tono de su despertador determinada canción, los primeros pasos del día a la fuerza siempre van a estar unidos a ella.

Viene a cuento esta consideración como excusa para hablar del disco de Ryan Adams, 1989, aquel que en un juego de obsesiones y malabarismos, revisa integro el álbum homónimo de Taylor Swift.

Casi desde que lo compré, a finales de octubre de dos mil diecisiete, la canción que lo abre, Welcome to New York, es la música con que la alarma del móvil me obliga diariamente a despertar.

No puede decirse que los graznidos que la principian sean especialmente reconfortantes, ni tampoco la evocación de la ciudad a la que alude el título -lugar que precisamente habíamos visitado a mediados de aquel mismo octubre-, fraude paradigmático del absurdo cosmopolitismo actual -y que me perdone Woody Allen-; seguramente la canción me resulte tan animosa y la mantenga desde hace tantos años como soniquete matinal por lo que tiene de entusiasta y receptivo saludo de bienvenida. No hay nada como empezar el día con ese tono.

(Por ponerle una pega, eso sí, alguna vez ha pasado que veraneando en algún lugar de costa, a medianoche, los graznidos de las gaviotas cercanas y reales, me han espabilado como si la hora de echar a rodar hubiese llegado. Entonces, desconcertado, vuelve uno al sueño a la espera de que el gañido musical tarde lo más posible en repicar.)


1989, 27 de octubre de 2017.
1989, 27 de octubre de 2017.