Hace unos días estuve por segunda vez en Portland. La primera fue en dos mil doce, también a comienzos de junio. A pesar de haber visitado durante este tiempo otros lugares de Estados Unidos y de alguna manera haberse familiarizado uno más con el tono del país, la ciudad me sigue generando la misma indiferencia que entonces.
Antes de viajar, como es costumbre, eché un vistazo y apunté la dirección de alguna de sus tiendas de discos. Mucha de la oferta que recordaba, aún persistía.
Entonces, en dos mil doce, la primera mañana de estancia, sin compromiso laboral alguno, abocados por los trastornos horarios, la ocupamos en pasear por el centro de la ciudad. Donde más tiempo nos detuvimos los cuatro que íbamos fue en una tienda de discos llamada Everyday Music, tan grande como una cancha de baloncesto. No se trataba de emplear toda la mañana en ella, pero sí al menos de recorrer con atención el directorio de alguno de sus pasillos. De todo lo que compré, quizá el último disco en solitario de Robbie Robertson, supuse que sería el más complicado de encontrar en Madrid.
Para el viaje de este año, sin apenas tiempo libre, tenía pensado en algún momento descolgarme del paso general y acercarme a Everyday Music. Encontré la oportunidad la tarde del miércoles. Antes de subir a la terraza del hotel, donde todos los días se culminaban las jornadas, pasé por mi habitación, me abrigué y salí a la calle como un fugitivo. Comenzaba a anochecer. El centro de la ciudad se había despoblado de turistas y transeúntes, y sus amplias aceras eran solo ocupadas por decenas de grupos de vagabundos que, como serenos en excedencia, se disponían a pasar la noche. La indigencia masiva en las calles de las ciudades americanas es un asunto que me sigue generando mucha extrañeza y desconfianza. Una sociedad que es incapaz de resolver estas circunstancias a la fuerza ha de ser una sociedad defectuosa.
La disposición en cuadricula de sus calles y su sencilla nomenclatura numérica me condujeron pronto al local. Estaba casi vacío. Detrás del mostrador, que solo este ocupaba más metros cuadrados que la mayor parte de las tiendas madrileñas dedicadas a la venta de compactos, estaba atendido por una chica joven con la misma expresión de desconcierto que tienen los castores que se ven en las muchas representaciones que de estos animales hay en la ciudad. Tenía una hora por delante hasta que cerrasen el local…
Es cierto que el viaje a los Estados Unidos es pesadísimo, que su control de aduanas resulta molesto y desconcertante, que sus reclamos turísticos, salvo los emplazamientos naturales, son forzados y secos, que su estilo de vida se intuye precocinado y hueco; todo esto lo tiene uno cada vez más claro, pero tiendas de compactos como las que allí se encuentran, de esto tampoco hay duda, uno no las ha visto en ningún otro lugar.
Es cierto que el viaje a los Estados Unidos es pesadísimo, que su control de aduanas resulta molesto y desconcertante, que sus reclamos turísticos, salvo los emplazamientos naturales, son forzados y secos, que su estilo de vida se intuye precocinado y hueco; todo esto lo tiene uno cada vez más claro, pero tiendas de compactos como las que allí se encuentran, de esto tampoco hay duda, uno no las ha visto en ningún otro lugar.
| How to become clairvoyant, 5 de junio de 2012. |