sábado, 9 de julio de 2016

Como un camello en un canalón (I).

Si se tiene pensado visitar alguna ciudad española y, aparte de recorrer sus calles céntricas, museos y demás puntos de interés, quiere uno aprovechar la ocasión y comprar algo de música, para informarse de las posibles opciones que el lugar a visitar pueda ofrecernos, por hacerse una composición primera, lo más sencillo resulta introducir en algún buscador de Internet la expresión “Tiendas de música”, seguida de la ciudad en cuestión. 
Lo mismo da que se visite una ciudad bañada por el Cantábrico u otra donde la temperatura no baje en todo el verano de los cuarenta grados; en general, si se lleva a cabo la búsqueda sugerida, la primera entrada con la que uno invariablemente va a encontrarse es aquella que nos remite al titular de algún periódico local en el que, sin mucha retórica, se anuncia el cierre de la última tienda de discos que permanecía abierta en dicha ciudad.
Por curiosidad malsana, si se aventura uno a leer la noticia al completo, el contenido no ofrece muchas variantes, empezando por la datación. De dos mil nueve a dos mil doce probablemente se cerrasen más tiendas de discos en España que tontos hay tocados con cuernos de reno en nuestras plazas mayores en Navidad.     
La noticia suele venir acompañada de una fotografía en la que aparece el propietario, aún así, sonriente, sobre un fondo de estantes vacíos o a medio liquidar. Se lamenta éste de que el negocio musical ya no sea lo que tiempo atrás, y achaca el fatal descenso de la venta de discos a los factores que todos imaginamos: las descargas digitales gratuitas y el empobrecimiento del consumo en general, especialmente notable en ámbitos culturales cuando la carestía de la vida impone otras prioridades; incluso hay alguno que se aventura a apuntar también el desinterés y amodorramiento cultural generalizado, opinión que parece llevar velado un profundo y amargo menosprecio hacia sus conciudadanos. 
Si aún así, bien por casualidad, bien por descreimiento, llevado a cabo el viaje, se topa uno con el local donde tiempo atrás se abría la tienda en cuestión, el malestar puede hacerse aún mayor al comprobar que los estantes que antes daban cabida a vinilos y compactos, ahora los ocupan, reaprovechados, chucherías, latas de refresco o, en un caso de mayor sofisticación, ofertas inmobiliarias de alquiler y venta.