lunes, 28 de diciembre de 2015

Déjà Voodoo.

Si de cerrar este irregular e inclasificable año se trata, por buscar un compacto significado sin caer en la evidencia, por unir escenarios y tramas agridulces, más allá de que la compra del mismo se diese dos años atrás y de que musicalmente no me genere un interés especial, recordaré este de Gov´t Mule, Déjà Voodoo, comprado el doce de abril de dos mil trece.
En Madrid eran entonces los días aún inestables y lluviosos, pero en Alicante, adonde viajamos el jueves de aquella semana, la temperatura era mucho más suave y benévola, lejos aún de su característico sofoco estival.
Los motivos que en aquella ocasión nos llevaban hasta allí eran principalmente dos, por un lado la consulta que D. necesitaba hacer en la hemeroteca municipal de una serie de documentos relacionados con la actividad teatral celebrada en la ciudad a comienzos del siglo pasado y, por otro, ajustado el primero a este, el concierto que Loquillo daba aquel mismo sábado en una sala de San Vicente del Raspeig.
El viernes doce D. empleó la mañana en compilar toda la información documental que necesitaba, y yo, sin grandes prisas, en el habitual paseo hasta FNAC, cuyo local en Alicante se sitúa no muy lejos de la estación, en la parte baja de una galería comercial muy poco transitada. A diferencia del de Madrid, además del trato amable de la plantilla empleada en la capital levantina, cuenta este también con la particularidad de ofrecer con frecuencia al comprador de compactos la sorpresa que genera el desorden y la venta moderada. Si se busca alguno en concreto, a pesar de hacerlo guiados por la ordenación alfabética que parece regir la disposición del producto, lo habitual es que toda la sección se encuentre dispuesta con la misma lógica que deja a su paso un torbellino; por lo que es frecuente que el compacto buscado se encuentre en una ubicación inesperada y, además, dada la poca venta de la que parece gozar el género en el Levante español, los precios, en algunos casos, al pertenecer a catálogos vencidos y obsoletos, se encuentren muy por debajo de lo que incluso el más optimista podría esperar.
Aquel día, movido por el anuncio de los primeros grupos confirmados para el inminente Azkena, una práctica que desde hace un par de años se ha convertido en habitual, di con uno de Gov´t Mule, de los que aún no tenía ninguno, a un precio, claro, muy por debajo del que había visto en un par de tiendas madrileñas. 
Desprecinté el compacto sentado en la explanada del paseo marítimo, esperando a D., que llegó, como decía aquella canción incluida en el LP de los Rolling Stones ya citado en una de las primeras entradas de este blog, colorida y primaveral.

Déjà Voodoo, 12 de abril de 2013.

sábado, 5 de diciembre de 2015

El brillante disfraz.

Uno de los muchos prejuicios que se tiene es el de desconfiar, en algunos casos incluso de menospreciar, de aquello que goza de una aceptación masiva. En este sentido, en lo musical, los ejemplos son muchos, sin que el tiempo, y a pesar de la compra y escucha de los discos de estos músicos, haya mejorado en la mayor parte de los casos la valoración de los mismos.
Bruce Springsteen, con matices, es uno de estos casos; esa supremacía que en los años ochenta hacía que cada uno de sus discos se posicionase durante semanas en el número uno de cualquier lista de éxitos, a ojos de un adolescente, que veía en otros una “autenticidad” mayor, resultaba incomprensible y sospechosa. Además, que dentro del círculo de amistades con el que entonces se contaba, gozase de la aceptación y seguimiento de aquellos que apenas sentían un interés musical específico, contribuía también a generar cierto recelo.
De Tunnel of love, en el momento de su aparición, sólo escuché, sin especial interés, los singles que de él se fueron extrayendo y que de continuo se radiaban en las emisoras de la época. Pero cinco años después de su lanzamiento, en mil novecientos noventa y dos, ese disco, y más específicamente una de sus canciones principales, Brilliant Disguise, cobró una repercusión inesperada. Fue en una de las clases finales del primer trimestre de C.O.U., en la que el sustituto de la profesora titular de inglés, entonces enferma, dedicó los cincuenta minutos de la clase a escuchar y traducir dicha canción. En ella se descubría a Bruce Springsteen ilustrando con aparente honestidad y amargura la reciente ruptura de su matrimonio con Julianne Philips, haciendo uso de un tono alejado de la autosuficiencia y contundencia que yo le suponía.
A pesar de ello, del mucho gusto con él que desde entonces escuché Brilliant Disguise, por ese tonto prejuicio que situaba a Springsteen unos peldaños por debajo de otras preferencias, no fue hasta el catorce de noviembre de dos mil que me decidí a comprar el disco que contenía el tema. Y lo hice, sin un empuje específico que ahora recuerde, en una de las tiendas que Madrid Rock tenía entonces en la capital, en la calle Mayor, al término de una de las conferencias a las que de vez en cuando, en aquellos años todavía, asistía con D.; aquella noche también, inesperadamente, acompañados de S. 
Es cierto que después de Tunnel of love, de Bruce Springsteen he comprado más de media docena de discos, de distintas épocas y temáticas, pero como aquel ninguno al que se vuelva con tanto gusto. Lo cual resulta curioso, ya que para sus seguidores, Tunnel of love, alejado de la E Street Band, supone una concesión y, en términos de “autenticidad”, un retroceso... Cuestión de prejuicios, supongo.

Tunnel of love, 14 de noviembre de 2000.