Uno
de los muchos prejuicios que se tiene es el de desconfiar, en algunos casos
incluso de menospreciar, de aquello que goza de una aceptación masiva. En este
sentido, en lo musical, los ejemplos son muchos, sin que el tiempo, y a pesar
de la compra y escucha de los discos de estos músicos, haya mejorado en la
mayor parte de los casos la valoración de los mismos.
Bruce
Springsteen, con matices, es uno de estos casos; esa supremacía que en los años
ochenta hacía que cada uno de sus discos se posicionase durante semanas en el
número uno de cualquier lista de éxitos, a ojos de un adolescente, que veía en
otros una “autenticidad” mayor, resultaba incomprensible y sospechosa. Además,
que dentro del círculo de amistades con el que entonces se contaba, gozase de
la aceptación y seguimiento de aquellos que apenas sentían un interés musical
específico, contribuía también a generar cierto recelo.
De
Tunnel of love, en el momento de su
aparición, sólo escuché, sin especial interés, los singles que de él se fueron
extrayendo y que de continuo se radiaban en las emisoras de la época. Pero
cinco años después de su lanzamiento, en mil novecientos noventa y dos, ese
disco, y más específicamente una de sus canciones principales, Brilliant Disguise, cobró una
repercusión inesperada. Fue en una de las clases finales del primer trimestre
de C.O.U., en la que el sustituto de la profesora titular de inglés, entonces
enferma, dedicó los
cincuenta minutos de la clase a escuchar y traducir dicha canción. En ella se
descubría a Bruce Springsteen ilustrando con aparente honestidad y amargura la
reciente ruptura de su matrimonio con Julianne Philips, haciendo uso de un tono
alejado de la autosuficiencia y contundencia que yo le suponía.
A
pesar de ello, del mucho gusto con él que desde entonces escuché Brilliant Disguise, por ese tonto
prejuicio que situaba a Springsteen unos peldaños por debajo de otras
preferencias, no fue hasta el catorce de noviembre de dos mil que me decidí a comprar el disco que contenía
el tema. Y lo hice, sin un empuje específico que ahora recuerde, en una de las
tiendas que Madrid Rock tenía entonces en la capital, en la calle Mayor, al
término de una de las conferencias a las que de vez en cuando, en aquellos años
todavía, asistía con D.; aquella noche también, inesperadamente, acompañados de
S.
Es
cierto que después de Tunnel of love,
de Bruce Springsteen he comprado más de media docena de discos, de distintas épocas
y temáticas, pero como aquel ninguno al que se vuelva con tanto gusto. Lo cual
resulta curioso, ya que para sus seguidores, Tunnel of love, alejado de la E Street Band, supone una concesión
y, en términos de “autenticidad”, un retroceso... Cuestión de
prejuicios, supongo.
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| Tunnel of love, 14 de noviembre de 2000. |

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