sábado, 20 de noviembre de 2021

El calor ferroviario.

Antes de la pandemia, salvo los días que trabajaba de tarde y los fines de semana, y no todos, solía ir al trabajo en transporte público. Primero en Metro, hasta Príncipe Pío, y después en Cercanías hasta El Pinar. Aquella impaciencia cuando algún servicio se retrasaba o inesperadamente quedaba detenido entre dos estaciones quizá sea lo que menos extrañe de entonces. Por el contrario, la posibilidad de entretener el trayecto leyendo -dentro de los vagones, de pie o sentado, o aguardando en el andén-, además del grato calor ferroviario en los días de invierno, seguramente sea lo que más. 

Después del confinamiento el uso del coche se ha convertido en norma. Es cierto que habitualmente resulta mucho más rápido y cómodo que el transporte público, pero como todo, se estará de acuerdo, desplazarse en vehículo propio también tiene sus inconvenientes. Muchos años antes -cuando la obtención del carné la tomaba como una posibilidad remota-, desde los ventanales del tren de Cercanías, en los tramos en que este transcurre junto a la autovía de La Coruña, observaba los accesos de salida y de entrada a Madrid congestionados y pensaba: ¿Cómo es posible que diariamente esta gente pierda tantísimo tiempo en sus desplazamientos laborales? Me resultaba incompresible. Entendía que en un caso extremo entre sus domicilios y sus lugares de trabajo no hubiese más medio de transporte posible. De otra manera no le encontraba explicación. Horas y horas malgastadas en infinitos y predecibles atascos… 

Se dice que actualmente el porcentaje de teletrabajo continua siendo alto. Pudiera ser. De lo que no hay duda es de que la congestión automovilística es parecida a la que entonces observaba desde los vagones de Cercanías, con la variación esta vez de la perspectiva, que en determinados días y a determinadas horas nos tiene también a nosotros incomprensiblemente presos en retenciones desesperantes. 

Volviendo la vista atrás, que es a lo que iba con estas líneas, la llegada del frío hacía que en el transporte público se diese una escena especialmente reconfortante. En el pequeño vestíbulo de la estación de El Pinar nos apiñábamos las decenas de trabajadores que a media tarde habíamos terminado nuestra jornada y aguardábamos la llegada del tren que nos condujese de vuelta a Madrid. En los paneles electrónicos se anunciaban los minutos que restaban para su llegada. Estos se consumían con una pausa desesperante. Cuando se aproximaba la hora todos abandonábamos el vestíbulo y nos distribuíamos por el andén, resguardándonos como buenamente podíamos del frío viento serrano. Al subir al tren nos acogía el grato manto de su sistema de calefacción, envolvente y hospitalario. Yo por mi parte, tomaba siempre asiento en el último vagón, en el lado de la derecha. Apoyaba la cabeza en el cristal, me colocaba las gafas de sol -hubiese atardecido o no- y dejaba que el traqueteo del tren y la música de los auriculares me fuesen meciendo hasta quedarme dormido. 

(Este disco de Lorenna McKennitt es uno de los muchos que escuché en aquellos plácidos letargos ferroviarios, aunque es de los pocos cuyas canciones están especialmente asociadas a ellos).


Parallel dreams, 17 de febrero de 2015.