Al poco de mudarme yo a Madrid, mis padres, una vez que les fueron entregadas las llaves de la nueva casa, mucho más espaciosa de lo que había sido aquella otra en la que siempre habíamos vivido, abandonaron también el modesto barrio de San Nicasio para trasladarse al colindante y recién urbanizado barrio de Campo de Tiro, de vecindario parecido, pero de aire más vistoso y desahogado.
Durante aquellos primeros meses y años las visitas al nuevo domicilio familiar solían tener una frecuencia semanal, poco importaba que el día de libranza se tuviese que emplear al completo allí o bien que, después de la jornada laboral, se hubiese de tomar un tren a última hora de la tarde para tan solo compartir el rato de la cena con ellos. Ahora, con el paso de los años, cuando las obligaciones laborales y domésticas son cada vez más y el tiempo de ocio, para convencernos de que se ha aprovechado al máximo, tratamos de calibrarlo con la minuciosidad de un relojero, es raro el mes en que las visitas al barrio de Campo de Tiro se dan en más de una ocasión.
Ese ocho de abril de dos mil trece aproveché la libranza para pasar el día allí, en su casa, pero no fui directamente, sino que antes me detuve en Parquesur, entre otras tiendas, en Fnac, donde compré este compacto de Opeth, solo por el gancho de saberlo producido por Steven Wilson.
Después de comer, mientras ordenaba los armarios de la que seguramente habría sido mi habitación, aquella que de manera permanente desde que se mudaron nadie ha ocupado, donde conservo guardados apuntes, zapatos, casetes y algunos otros recuerdos y trastos, escuché que mi madre cogía el teléfono; alguien preguntaba por mi padre. Supuse que quizá se trataba de alguno de sus antiguos clientes que, desconocedor de su reciente jubilación, llamaba por temas de trabajo. Pero no, quien estaba al otro lado de la línea era su médica de cabecera, que había recibido los resultados de unos análisis hechos unos días atrás y le pedía que acudiese cuanto antes al centro de salud. Ya durante la comida su inapetencia me había resultado inquietante, y también su aspecto, que en un mes parecía avejentado en más de diez años.
Esa misma tarde del ambulatorio le remitieron al hospital, donde le hicieron las pruebas de rigor y vieron de qué se trataba.
Después de comer, mientras ordenaba los armarios de la que seguramente habría sido mi habitación, aquella que de manera permanente desde que se mudaron nadie ha ocupado, donde conservo guardados apuntes, zapatos, casetes y algunos otros recuerdos y trastos, escuché que mi madre cogía el teléfono; alguien preguntaba por mi padre. Supuse que quizá se trataba de alguno de sus antiguos clientes que, desconocedor de su reciente jubilación, llamaba por temas de trabajo. Pero no, quien estaba al otro lado de la línea era su médica de cabecera, que había recibido los resultados de unos análisis hechos unos días atrás y le pedía que acudiese cuanto antes al centro de salud. Ya durante la comida su inapetencia me había resultado inquietante, y también su aspecto, que en un mes parecía avejentado en más de diez años.
Esa misma tarde del ambulatorio le remitieron al hospital, donde le hicieron las pruebas de rigor y vieron de qué se trataba.
| Blackwater Park, 8 de abril de 2013. |