martes, 14 de junio de 2016

Los trenes que deberían pasar más tarde.

El mismo día que compraba el recopilatorio de Talking Heads, entre otros, compraba también el Slow train coming de Bob Dylan. 
Sin mucho interés, recientemente, no sé por qué nuevo fervor alrededor de parte de su discografía, he leído decenas de comentarios acerca de la que dentro de ella algunos denominan “Trilogía cristiana”; todos, un poco manidos. No es mi interés darle la vuelta a una filete que ya está demasiado hecho, finalmente este disco de Dylan, que me agrada como pocos suyos, es sencillamente, la excusa para hablar de otro asunto.
De igual manera que sucedió con aquel recopilatorio de Talking Heads, el de Dylan, decía, comprado también el catorce de marzo de dos mil siete, sólo encontró sentido un tiempo después; escucharlo o pensar en él, es volver a una fecha concreta: el veintinueve de septiembre de dos mil diez.
Aquella jornada fue de una anormalidad absoluta. Para aquel día se había convocado una huelga general que, salvo sucesos de mayor violencia, son de los pocos que trastocan la rutina de una siniestra extrañeza. Las calles estaban vacías y apenas circulaban vehículos. 
Pero no sólo el hecho de la huelga general truncaba de anomalía la jornada, en una combinación desgraciada, a dicha convocatoria se le unía el penoso hecho de que ese mismo día se enterraba a la madre de F., en el pueblo toledano de donde era natural. 
El día, a pesar de tanta irregularidad, era tibio y soleado, con ese brillo pausado que tienen los días finales de septiembre antes de dejarse llevar definitivamente por el otoño.
Regresamos del entierro y hube de acercarme al trabajo por comprobar que la jornada de huelga se había desarrollado sin incidencias. Estuve allí un momento y me marché. 
La huelga afectaba también a los servicios ferroviarios, ya de por sí de una irregularidad insoportable. Así que, sin saber muy bien a qué hora pasaría el tren que me llevaría de regreso a Madrid, una vez fuera del trabajo, me senté en la estación de El Pinar de Las Rozas y dejé que la noche fuese cayendo mientras en el iPod sonaba el disco de Dylan.
Hay trenes que como decía el título del disco avanzan lentamente, de igual manera que aquel que me tuvo más de una hora sentado, cansado y resignado, en el andén de la estación; y hay otros que, incomprensiblemente, como el de la muerte, por desgracia, debiendo hacer parada mucho tiempo después, llegan demasiado pronto, frenéticos y demoledores.  
   
Slow train coming, 14 de marzo de 2007.