Hay clubes deportivos poco pródigos en alegrías. La simpatía por equipos como este tiene algo de superstición; de forma inexplicable es generadora de contrarios y funestos temores. Las satisfacciones, por el contrario, son pocas y tan infrecuentes como el paso de un cometa. La primera de la que fui partícipe, ya de adolescente, se dio cuando, después de recurrentes imposibilidades y frustraciones, el equipo en cuestión fue capaz de alzarse con la copa de un sufrido título nacional, a comienzos de los años noventa.
Al día siguiente de la celebración del título, la televisión autonómica emitió un reportaje en el que se centraba con especial deleite en esa perpetua y singular sombra perdedora, pero también en la extraña e insospechada euforia que había generado en la afición colchonera dicha victoria. Y musicaba las imágenes de sus seguidores de camino al estadio donde iba a celebrarse la final con aquella entusiasta canción de Serrat, a modo de inefable corazonada, titulada “Hoy puede ser un gran día”.
Alguna vez le he escuchado decir a mi tío S. que la afición atlética le llegó a mi padre por oposición a la que él sentía por el otro equipo de la capital (aquel cuyos jugadores visten como espectros de un castillo y tiene la soberbia de pensarse siempre justos vencedores; dicho sea esto sin acritud, claro). Consecuentemente, al resto de la familia, siguiendo teorías lamarckianas, la simpatía por la derrota nos llegó sin duda por herencia de esa cualidad paterna adquirida.
Y no solo esa. De igual modo, la afición serratiana también podría destacarse como otra de las principales características heredadas. Fueron incontables los viajes que emprendimos con la música de Serrat en el radiocasete del coche familiar. Cuando la cadena musical (aquella que protagonizaba la primera y remota entrada de este blog) llegó al salón de nuestra casa, uno de los primeros regalos que tuvo mi padre fue el vinilo Bienaventurados. El disco se abre con la canción que le da título, tan animosa y radiante como la canción que acompañaba aquel reportaje televisivo.
Serrat nunca parece haber estado de moda, ni sus canciones ni la mesura de su figura, pero es curioso observar como, a pesar de que de vez en cuando haya voces que le denosten, su música siempre se ha mantenido ahí, elocuente y sosegada, especialmente en abril.

