miércoles, 2 de diciembre de 2020

El pulso decimonónico.

Relacionado con el compacto de la última entrada está este. Hace unos días se reeditó Delicate sound of thunder, el disco que Pink Floyd publicó como testimonio de la gira que siguió al lanzamiento de A momentary lapse of reason, de 1987. Podría detenerme en este, lo cual nos conduciría al otoño de dos mil, pero esta vez, mejor que volver la mirada veinte años atrás (¡Qué abismales suenan siempre estos rangos de fecha!), ir un poco allá y prestarle atención a Pulse, el albúm en directo que se editó tras la aparición de The división bell, el que fue su siguiente disco de estudio.

Creo que ya en alguna ocasión he referido lo complejo que resulta predecir el vínculo que inexorablemente prendera un compacto a una época determinada. Esta asociación, por más que se quiera forzar, suele escapar casi siempre de nuestro pronóstico y se nos aparece, tarde o temprano, en un punto cronológico firme e inesperado. Es cierto que muchos compactos quedan presos en los días en que fueron comprados, pero muchos otros, de manera inexplicable se traspapelan en el tiempo sin que sepamos a ciencia cierta dónde irán a parar.

Pulse es un álbum doble que compré en aquella tienda que se abría en el centro comercial de Entrevías donde trabaje durante unos meses, justo con el cambio de siglo. Seguro que ya he aludido anteriormente a ella, porque fueron bastantes los compactos que allí encontré. Es cierto que el disco lo escuché con insistencia en aquella época, pero verdaderamente, si lo hago hoy, su música no me conduce a aquellas primeras semanas de dos mil sino a las primeras invernales de mil novecientos noventa y cinco, cuando J. G. L. me lo prestó y yo, como era entonces hábito, lo grabé en casete.

Aquel primer cuatrimestre de tercero de licenciatura tuvimos una asignatura que a la postre resultó ser de las más relevantes de toda la carrera: Literatura del siglo XIX. La misma, aparte del contenido teórico, se articulaba a través de la lectura más de una docena de títulos, del Duque de Rivas a Pardo Bazán, pasando por Baudelaire, Dostoyevski, Flaubert…

Los días libres del puente de la Constitución, solo en casa y sin apetencia para vagar por los marchitos antros de Leganés, los dediqué a la lectura de un par de ellos: Cumbres borrascosas y Casa de muñecas. El directo de Pink Floyd, claro, sonaba de fondo. (La escena la interrumpiría la llamada de teléfono de E., la madre de N., para anunciarnos la muerte del abuelo de V.)

Pulse, 28 de febrero de 2000. 

viernes, 30 de octubre de 2020

Santa Bienvenida (treinta de octubre).

Una entrada que se publica un treinta de octubre lo suyo es que, conmemorando el aniversario de su muerte, se le dedicase a Pío Baroja. Si dispusiese de más tiempo para pensarlo seguro que se me ocurriría alguna manera de hilar la compra de algún compacto con la figura del escritor guipuzcoano. Así, a bote pronto, se me ocurre que de cara al año que viene, si lo que busco es solucionar la papeleta sin mucho esfuerzo, podría hacerme con aquella ópera chica de Pablo Sorozábal titulada Adiós a la bohemia, con libreto suyo, y asunto solucionado. Pero no, esa sería una asociación muy obvia. De cara a una próxima entrada que coincida con alguna fecha relacionada con el gran escritor vasco el vínculo ha de estar un poco más elaborado. Hay que estar a la altura.

Es por esto que para la entrada de este mes, expuesta la imposibilidad, retomo parte del argumento de la entrada anterior, aquella en la que se hablaba de la canción que va asociada con la alarma del teléfono y que de alguna manera se convierte en el primer soniquete del día. Tras este primero normalmente le sucede el disco que uno escucha en el baño, mientras se afeita. En mi caso, en el pequeño altavoz azul que hace algunos años me regaló D. Y es aquí donde viene a colación el compacto sobre el que hoy quería hablar, aquel que en el otoño de dos mil quince lanzó David Gilmour, Ratter that lock.

Es verdad que el mismo no lo compré hasta la primavera de dos mil diecisiete, dos años después, pero fue entonces, recién editado, en aquel otoño destemplado y silencioso, cuando, valiéndome de una de esas plataformas digitales, más lo escuché.

La llegada del frío entiendo que para aquellos que vivan ajenos a las prestaciones de los sistemas de calefacción urbanos traerá consigo decenas de estímulos propios de la estación, entre ellos el olor a leña quemada, siempre tan evocador. En las grandes ciudades, salvando las distancias, claro, como contrapartida se tiene la mecánica calefacción urbana, con su aroma y evocación particular.

Aquel año no encendí la caldera de casa hasta que el frío no fue verdaderamente intenso, a finales de noviembre. Me había hecho con un pequeño aparato calefactor que aquellas primeras semanas de otoño trasladaba de una habitación a otra en función de lo destemplado que me encontrase. 

De aquellas frías mañanas otoñales es imposible disociar la placentera sensación de aire cálido que mientras me afeitaba venteaba el aparato, de las notas musicales de este disco de David Gilmour, a su vez sopladas desde el incombustible altavoz azul…


Rattle that lock, 2 de mayo de 2017.

martes, 29 de septiembre de 2020

El soniquete matinal.

En más de una ocasión se ha referido en estas líneas que el soniquete del día, por describirlo sencillamente, no es más que aquella canción que al final de la jornada, poco antes de que el sueño nos venza definitivamente, ronda en nuestra cabeza como una letanía inesperada y subyugante. La preeminencia de este soniquete por encima de otros no responde a lógica alguna. Puede que la música en cuestión haya llegado a nuestros oídos durante la jornada de manera fugaz, incluso imperceptible; o puede también que esta haya sido escuchada con atención e insistencia durante horas. En cualquier caso, por más que uno trate de propiciarlo, no hay manera posible de forzarlo. El soniquete envolvente con el que clausuramos el día es siempre impredecible.

Por el contrario, su reverso, aquel otro con el que comenzaríamos la jornada, es perfectamente manipulable. Lo natural sería que con la mente despejada ese runrún primero no fuese más que el silencio, pero, si como suele ser frecuente, uno tiene como tono de su despertador determinada canción, los primeros pasos del día a la fuerza siempre van a estar unidos a ella.

Viene a cuento esta consideración como excusa para hablar del disco de Ryan Adams, 1989, aquel que en un juego de obsesiones y malabarismos, revisa integro el álbum homónimo de Taylor Swift.

Casi desde que lo compré, a finales de octubre de dos mil diecisiete, la canción que lo abre, Welcome to New York, es la música con que la alarma del móvil me obliga diariamente a despertar.

No puede decirse que los graznidos que la principian sean especialmente reconfortantes, ni tampoco la evocación de la ciudad a la que alude el título -lugar que precisamente habíamos visitado a mediados de aquel mismo octubre-, fraude paradigmático del absurdo cosmopolitismo actual -y que me perdone Woody Allen-; seguramente la canción me resulte tan animosa y la mantenga desde hace tantos años como soniquete matinal por lo que tiene de entusiasta y receptivo saludo de bienvenida. No hay nada como empezar el día con ese tono.

(Por ponerle una pega, eso sí, alguna vez ha pasado que veraneando en algún lugar de costa, a medianoche, los graznidos de las gaviotas cercanas y reales, me han espabilado como si la hora de echar a rodar hubiese llegado. Entonces, desconcertado, vuelve uno al sueño a la espera de que el gañido musical tarde lo más posible en repicar.)


1989, 27 de octubre de 2017.
1989, 27 de octubre de 2017.
   

lunes, 31 de agosto de 2020

El Hayedo (y II).

Una de las escenas clásicas que se daba en El Hayedo ocurría durante la celebración de los San Fermines. 

Poco antes de las ocho, la concurrencia, que era la habitual, nos acomodábamos en la barra y en las mesas de tal manera que todos pudiésemos ver el encierro sin estorbos ni incomodidades. Aquello sí que era un verdadero ejemplo de distanciamiento social…

Por unos minutos los empleados del servicio municipal de limpieza, de los más asiduos a esa hora, silenciaban sus conversaciones, normalmente quejosas y deslavazadas, y como los demás, se dejaban espabilar por la emoción de la carrera. Terminada esta y la repetición de los momentos más relevantes, si no había habido ningún lance de gravedad, volvíamos todos a nuestros cafés, los apurábamos y continuaba cada cual su camino.

Este año, sin festejos taurinos, la estampa no se ha diferenciado mucho de la de mañanas anteriores, por lo que la consolidación del verano, que de alguna manera se daba con el chupinazo navarro y la retransmisión de los encierros, de manera precisa no se sabe muy bien cuándo ha sucedido.

Pero volviendo al arranque de la anterior entrada, decía que fue mirando una noche estival a través de los ventanales de mi habitación que pensé en el primer compacto en solitario de Donald Fagen como excusa para estas líneas. Y es que finalmente todos los compactos pueden encontrar su verdadero acomodo más allá del momento en que llegan a nuestra colección. Y para este Vuelo nocturno del miembro de Steely Dan, el ancho del patio de una urbanización era campo de operaciones demasiado estrecho, lo suyo era que pudiese desplegarse con mayor brillantez escuchado con la vista puesta en los cielos del Sur de Madrid. 

Llegado a este punto, el paciente lector se preguntará: ¿Y qué tiene todo esto que ver con los párrafos que se le han dedicado al bar de la calle Ariel? Pues, bien sencillo. El parecido del dueño de dicho local con Donald Fagen es asombroso. Simplemente por eso. Les invito cualquier mañana a comprobarlo y que me digan si no es así… 

De esta manera, de la estampa nocturna de la ciudad a The nightfly y de este cedé a la figura del propietario de El Hayedo y a la nostalgia por sus desayunos diarios, los pasos se han sucedido como si se rodase por una escalera, en gran medida tal y como este impreciso verano se consume.

viernes, 31 de julio de 2020

El Hayedo (I).

Llevaba un par de días pensando en el compacto que ocuparía estas líneas sin que ninguna de las opciones que tenía en la cabeza terminase de convencerme. Le había dicho a C., por eso de atender y agradecer la lectura a aquellos contados seguidores que tiene este blog, que la siguiente entrada se la dedicaría a alguno de los cedés que en algún momento de estos muchos años de amistad ella me hubiese regalado. Y pensando en ello estaba pero, observando a través de los ventanales de mi habitación, de manera imprevista, un compacto se ha presentado como protagonista ineludible: The Nightfly, de Donald Fagen. 

De los pocos hábitos que conservo de cuando vivíamos en la calle Amaltea, uno de los que más hago por tratar de mantener es ir a desayunar a El Hayedo, el bar que hace esquina entre las calles Eros y Ariel. La frecuencia ya no es diaria como entonces, lógico; lo era semanal hasta que hace unos meses O. dejó de ir al instituto, y es ahora, como mucho, si acaso, quincenal.

Hace unos días estuve allí de nuevo después del confinamiento. Son tantos los negocios que permanecen cerrados desde marzo, que no sabía si también ellos se habían visto perjudicados por las circunstancias. 

Era poco antes del mediodía, pero la terraza ya estaba al completo. Es la tónica actual: locales terciados y terrazas repletas. Tras la barra atendía Luis, el dueño, como de costumbre a esa hora de la mañana. Su saludo es siempre el mismo, un arqueo de cejas y una media sonrisa. No es una persona de muchas palabras. Acuden los proveedores al local, los recibe con su gestualidad habitual, toma la mercancía, firma el albarán y continua a lo suyo. Pocas veces hemos entablado un dialogo de más de un par de frases. Se ve que esa falta de conversación que también yo busco en los bares en los que suelo desayunar, él la reconoce y valora. Podríamos ser ambos los dos únicos supervivientes de una catástrofe nuclear que es seguro que si casualmente nos encontrásemos caminando por una ciudad devastada, a lo más que llegaría nuestro saludo sería a un arqueo de cejas y a una mueca por sonrisa. 

Después de este confinamiento, como era de prever, la puesta al día solo nos ha llevado un par de expresiones. Me ha servido el desayuno de siempre y cada uno ha continuado dedicado a sus pensamientos. 

Habrá a quien su actitud le resulte áspera, desagradable; pero es la suya una parquedad más próxima a la timidez que a la incorrección. Lo natural es que al poco uno se familiarice con su sobriedad y se tome esta por bondad.


The Nightfly, 11 de mayo de 2013.

jueves, 25 de junio de 2020

La dicha inexplicable (y II).

Muchas veces me he dicho: durante una temporada debería de dejar de comprar compactos y dedicarme a escuchar los que ya tengo. Creo que en alguna ocasión, incluso, lo he referido aquí. Pues bien, esa temporada, que por falta de voluntad tan improbable se figuraba, ha venido a consumarse durante estos últimos meses de forzado confinamiento. Podría haber echado mano de alguna de esas páginas web de comercio electrónico para superar la falta, es verdad, pero, teniendo en cuenta que uno de los principales atractivos del consumo de música es el paseo hasta esos locales de compra-venta que discretamente afloran por el centro de la ciudad y la búsqueda paciente en sus estantes, hasta que no se han levantado las restricciones de movilidad, he preferido esperar y llevar a cabo ese viejo propósito de contención. 
El primer destino de estos paseos han sido, claro, las proximidades de la plaza de San Martín; como tantas otras veces. Aunque ahora, desengrasadas de muchedumbre, mucho más silenciosas y provinciales que de costumbre.
La tarde en que compré el disco de los Burning al que me refería en la entrada anterior, El fin de la década, siendo el tono de aquel veintinueve de abril de dos mil once un punto más monótono, la plaza tenía un color parecido, solitario y quedo. Había estado comiendo en una pizzería de la calle de Lavapiés, que entonces frecuentaba mucho, y haciendo tiempo hasta que abriesen Metralleta a las cuatro y media, me aposté a la sombra, junto al Monasterio de las Descalzas.
El fin de la década no fue el único disco de los Burning que me llevé aquella tarde. Dado el afán completista que se padece, al hilo del libro que del grupo madrileño había leído unos meses atrás, en aquellas semanas, todo los títulos suyos que llegaban a mis manos, sin necesidad de criba, pasaban al instante a formar parte de la colección.
Es curioso que el título del álbum sea el que anteriormente he citado y que este no coincida con el que aparece ni en el canto del compacto ni tampoco en la impresión del mismo (de diseño bastante simplón), en estos el título que se le da es el de El final de una década. Desinterés y torpeza de la discográfica que los reeditó, imagino.
La vanitas de vicios y filiaciones que se despliega en la portada sigue siendo sin duda una de las más contundentes y estilizadas que pueda presentar un grupo de rock, sin caer en presunciones ni poses cargantes. Una composición que uno no se cansa nunca de observar en detalle.

miércoles, 20 de mayo de 2020

La dicha inexplicable (I).

Marzo se fragmentó de manera imprevista. Y de igual manera que transcurrió abril,   pausado en este retraimiento, también parece que se consumirá mayo.
Desde hace unas semanas, sin sobreexponerme, que las horas de lectura de las que ahora se disponen son muchas y en idéntico número las posibilidades de empacho si se fijan sobre un único asunto, estoy leyendo, extraídos de aquí y de allá, algunos escritos en relación a la manía coleccionista. Son todos textos de corte literario, sin afán enciclopedista ni ejemplificador; comprensivos, piadosos, formulados la mayoría por quienes se saben sujetos y conniventes a dicha pasión. 
La principal certeza que de ellos se extrae es la heterodoxia de la manía. Tanto las insondables razones que le empujan a uno a practicarla, el sujeto -la cosa u objeto- que se convierte en epicentro de la misma, las pautas de su ejercicio y, particularmente, lo que resulta más incomprensible y llamativo: lo inabarcable del propósito y, consecuentemente, la imposibilidad de sanación.
De las muchas consideraciones que tratan la cuestión hay una que por lo sencilla y lúcida me ha llamado la atención. Es aquella que sostiene que la manía coleccionista viene dada por una simple cuestión matemática. Pongamos por caso que alguien es francamente dichoso como poseedor y admirador de un determinado objeto - bien sea este un cuadro, un sello, un libro, un compacto o la cosa más corriente o la más extravagante que podamos imaginar-; lo natural es que si dicho objeto le produce al potencial coleccionista una felicidad infalible, en su deseo de conservarla -en previsión además de que esta pueda marchitarse y abandonarle su fragancia-, o sencillamente por el afán de multiplicar el deleite, una de las salidas más razonables y seguras es hacerse con la mayor cantidad posible de objetos parejos a aquel que le vuelve tan dichoso. Si la posesión y contemplación de un grabado antiguo me genera un entusiasmo indescriptible, por qué razón no voy a querer multiplicar esta felicidad con la adquisición de muchos otros… Pura lógica matemática, decía. Y de este primer paso al coleccionismo convulso, incesante y desproporcionado, como es de temer, la distancia es mínima. Y unido a este, el deseo de contención, en la mayor parte de los casos sino en todos, estéril. 
(Incluyo a continuación la fotografía del disco de los Burning que en parte ha originado esta entrada, y del que me ocuparé en la siguiente).

El fin de la década, 29 de abril de 2011.

sábado, 25 de abril de 2020

La "H" sonora.

Qué maravilla aquellos días en que uno sale de casa sin ninguna preocupación ni obligación consigo, solo la de caminar y dejarse llevar por las apetencias que vayan surgiendo. Y si para culminar el paseo se tiene la oportunidad de tomar una cerveza con algún amigo y sacudirse un poco el silencio, entonces la distracción es completa.
A pesar de lo que diga Bill Evans, este año, si ha de creerse en la primavera habrá de ser a través del cristal, como observa el mundo la tortuga dentro del terrario. O llegado el caso, si por momentos el panorama se nos vuelve especialmente mustio y opresivo, girando la vista y buscando la distracción, por ejemplo, de primaveras pasadas.
Retomando el hilo de la entrada anterior, aquellas circunstancias que para después del final universitario se mostraban desalentadoras e inciertas, un año después de su conclusión, sin obligaciones académicas y con un trabajo eventual medianamente grato y llevadero, tenían estos días finales de primavera un tono inesperadamente plácido. Ya solo poder salir a caminar una tarde de comienzos de junio sin adivinar en nuestros pies la pesada traba de los exámenes era un verdadero desahogo.
La tarde de aquel diez de junio salí de casa pronto. Con toda la tarde por delante lo primero que hice fue buscar el último compacto de América por un par de tiendas del centro. Sin más opción, decidido como estaba a comprarlo dada la proximidad de su concierto, me hice con él en Fnac (que en cuestión de novedades es, como ya se ha referido otras veces, el coto mejor abastecido). Pero en vez de quedarme merodeando por sus alrededores, me decidí a tomar un autobús que me llevase hasta la Sala de exposiciones del Circulo de Lectores, que entonces, creo recordar, se abría en el arranque de la calle O’Donnell. Había visto anunciado que en sus salas se celebraba una exposición por el cuarenta aniversario del lanzamiento de las primeras viñetas de Mortadelo y Filemón. Una muestra simpática y discreta. 
De sus salas hasta la Feria del Libro abierta en El Retiro solo me separaban unos minutos. Sin mucho detenimiento anduve revistando las casetas de la feria como se hace con las tropas del ejercito el día de la fiesta nacional, con formalidad pero sin especial atención. Al poco del recorrido la sucesión de expositores se me volvió monótona. Aceleré el paso y abandoné el Retiro por el paseo de Fernán Núñez, desembocando en la Glorieta de Carlos V para callejear después por el Barrio de las Letras hasta las proximidades de la Plaza Mayor, donde había quedado a las nueve con G.
Aquella noche, antes de caer dormido, en la cabeza me rondaba insistente el soniquete que había llevado preso durante la jornada: From a moving train, la canción que abría aquel disco de America.

Human nature, 10 de junio de 1999.

sábado, 28 de marzo de 2020

Pálida primavera.

No hay duda de que esta primavera seguramente será la más extraña que la mayor parte de nosotros haya vivido. 
Por encima del manto sombrío y funesto que estos días cubre nuestras calles, el arranque de la estación, que no entiende de epidemias, en su imparable empeño por mantenernos dentro de un orden, no deja de alternar cielos luminosos y reconfortantes con otros más grises, tormentosos e introspectivos. Las copas de los árboles han reverdecido y si se camina por la calle, apresurado por resolver aquellas pocas necesidades que hoy se nos han vuelto ineludibles, puede que de manera imprevista llegue hasta nosotros un soplo de aire templado y dulce que nos sacuda el ensimismamiento y nos recuerde que el frío, un año más, está emprendiendo su marcha. Esta primavera, este soplo anhelante viene aderezado con la evocación nostálgica de aquellas otras que dicho aroma nos anticipaba -la del año pasado, sin ir más lejos- y la inquietud de saber si esta desfilará por delante de nosotros sin que, en el mejor de los casos, podamos atender a su paso nada más que a través de los cristales.
Volviendo la vista a otras primaveras que, lejos de ser comparadas, claro, se vieron en parte ensombrecidas, estos días varias veces se me ha venido al recuerdo aquella remota de mil novecientos noventa y ocho. La inminente conclusión de nuestro periodo universitario, que tan estimulante y vital se había desarrollado en aquellos últimos años, llegaba a su fin y los lazos de amistad que entonces se habían generado nadie sabía hasta cuando seríamos capaces de mantenerlos. Alterando el escenario principal donde nuestro trato se había dado, unido a los nuevos caminos que cada uno obligatoriamente habría de tomar, todos intuíamos que, ineludiblemente y sin descanso, nuestros vínculos serían cada vez más endebles. Esa confusión de sentimientos e intuiciones hizo que aquella primavera, al menos en lo que a uno respecta, irremisiblemente se disfrutase de una manera derrotista y precipitada.
Contraviniendo a esta disposición de ánimo, el sábado que aquel año anunciaba el cambio de estación, de manera imprevista y repentina se presentó luminoso y prometedor, lo cual, a media tarde, me decidió a tomar el tren y aprovechar el rato echando un vistazo en alguna tienda de discos y yendo al cine.
Anduve primero en Doctor CD, aquel pequeño local que se abría en la calle Luna y que solía tener muchos últimos lanzamientos a precios asequibles. Pero aquella tarde no encontré nada interesante en sus estantes y continué el paseo hasta FNAC. Pescar en FNAC, creo que ya uno lo ha dicho en otras ocasiones, es como hacerlo en una piscifactoría, donde se va a tiro fijo y las sorpresas son mínimas. 
Breakfast in America era entonces uno de esos compactos que siempre quedaba por encima del presupuesto individual que se tenía fijado para la compra, sin embargo, aquella tarde, bien porque lo encontrase a un precio asumible, bien porque me decidiese a saltarme los límites presupuestarios animado por lo prometedor del ambiente primaveral, lo cierto es que salí de aquellos grandes almacenes cargado con este fantástico disco de Supertramp. 
Recuerdo observar su portada, una de las que a mi gusto resultan más jugosas de toda la historia de la música popular, y hojear su libreto, al amparo del sol que aquella tarde templaba las calles de Madrid (la de Hortaleza, puntualmente), y pensar en un futuro más entusiasta y dichoso al que entonces suponía para después de nuestro final universitario.

Breakfast in America, 21 de marzo de 1998. 

miércoles, 26 de febrero de 2020

El día impar.

A comienzos de marzo se cumplirán cinco años desde que empecé a escribir este blog. Un ejercicio que después de la docena de entradas que trato de sacar adelante cada año será aquel que más pronto que tarde me llevará a señalar en un calendario aquellos días que, relacionados con la llegada de los compactos a la colección, ya me he ocupado, obligándome a su vez a ir emparejando, entrada tras entrada, los días restantes con su correspondiente compacto, como en uno de esos juegos de mesa donde al final de la partida todas las casillas del tablero terminan ocupadas.
De todos los días del año el veintinueve de febrero es por motivos obvios uno de los que para hacerse con un compacto más limitaciones presenta. Repasando el listado, en dicha fecha, como recordaba, tan solo tengo uno anotado: el Raising Sand de Robert Plant y Alison Krauss, que encontré en Yunke al poco de ser lanzado aquel día impar de dos mil ocho.
Desconcierta que únicamente el paso de un par de años bisiestos hayan generado una distancia tan insalvable con aquel tiempo que recordado en detalle se nos figure tan remoto y, sobre todo, tan ajeno.
O. tenía entonces tan solo un par de meses y su atención se llevaba por delante la mayor parte de nuestro tiempo y de nuestra distensión. Uno de aquellos fines de semana, D., que aún disfrutaba del permiso de maternidad, viajó a Huesca, y yo, desempleado y todavía indeciso de retomar una carrera laboral que no parecía ofrecerme sendas mejores de las que unos meses atrás voluntariamente había decidido apartarme, me quedé en Madrid cuidando de ella. 
Una de las principales rutinas de aquella época nos tenía diariamente de paseo durante la sobremesa. Después de comer, la acomodaba en el carro y echábamos a andar. Generalmente rondábamos por las proximidades del Pasillo Verde, al amparo de un sol débil, que recordado hoy, se tiene el convencimiento de que nunca faltó a la cita. Al poco, O. se quedaba dormida y yo trataba de distraerme pensando en esto y en aquello. Cuando se despertaba y gruñía, incomprensiblemente hambrienta, emprendíamos el camino de vuelta.  
Al termino de aquel fin de semana, cuando D. volvió, lo sopesaba y me parecía incomprensible que entre unas cosas y otras no hubiese encontrado un momento de descanso ni tan siquiera para leer o escuchar compactos como este Raising Sand.

Raising sand, 29 de febrero de 2008.

domingo, 19 de enero de 2020

Coto turístico.

De vez en cuando se dan estas coincidencias y se queda uno pensativo recordando  aquellas teorías que Arthur Koestler manejaba buscando clarificar de manera científica la naturaleza secreta del azar.
Hace un año que cerró el Angie. Las primeras veces que bordeé su manzana después del cierre ni tan siquiera quise echar un vistazo a su fachada por evitar la constatación de la pérdida, pero no hace mucho, una mañana soleada, infalible a cualquier tipo de melancolía, conocedor por otros del nuevo destino del local, me detuve delante de ella, a los mismos dos pasos que precedían siempre nuestra entrada, y comprobé en qué se había convertido: un anodino bar de tapas más para distracción y deleite del público foráneo.
Pensando en el compacto al que le dedicaría las líneas de este mes, concreté, por darle algo de significación al aniversario del cierre de lugar tan querido, que el compacto en cuestión sería Goats Heap Soup, de Los Rolling, aquel que contiene la canción que daba nombre al local. Eché un vistazo al listado de compactos y comprobé que dicho álbum precisamente, ¡oh, inocente casualidad!, lo compré un dieciocho de enero (el mismo día que fue ayer, cuando empecé a redactar esta entrada)…
Como sucede con otros muchos, Goats Heap Soup, antes de llegar en el sólido formato, fue precedido del formato casete, en el arranque del verano del noventa y cuatro. Las razones de este afán acumulador de un mismo disco en distintos soportes (de este, incluso, B. me lo regaló en formato vinilo), como ya he referido en alguna otra ocasión, por un lado son de índole práctica, “para que su escucha me resulte más próxima y sencilla”, y por otro para que “de alguna manera, simbólicamente, quede definitivamente asentado en la colección.”
La noche del dieciocho de enero de dos mil doce había quedado con los italianos, F. y M., en una taberna irlandesa próxima a Santa Ana. Antes de encontrarme con ellos anduve por Fnac, donde unas semanas atrás había visto abaratada la mayor parte de la discografía de Los Rolling. Cargué con este y con algunos otros más. En la taberna irlandesa, rebosante de una clientela foránea atenta al fútbol televisado, no había sitio ni para llevarse la pinta a los labios.
(Esta misma semana he estado dando una vuelta por Huertas. La taberna irlandesa sigue abierta, lo cual, dado que en Madrid de un tiempo a esta parte todo el ocio orientado al turismo es garantía de permanencia, era cosa más que previsible.)

Goats Head Soup, 18 de enero de 2012.