Una entrada que se publica un treinta de octubre lo suyo es que, conmemorando el aniversario de su muerte, se le dedicase a Pío Baroja. Si dispusiese de más tiempo para pensarlo seguro que se me ocurriría alguna manera de hilar la compra de algún compacto con la figura del escritor guipuzcoano. Así, a bote pronto, se me ocurre que de cara al año que viene, si lo que busco es solucionar la papeleta sin mucho esfuerzo, podría hacerme con aquella ópera chica de Pablo Sorozábal titulada Adiós a la bohemia, con libreto suyo, y asunto solucionado. Pero no, esa sería una asociación muy obvia. De cara a una próxima entrada que coincida con alguna fecha relacionada con el gran escritor vasco el vínculo ha de estar un poco más elaborado. Hay que estar a la altura.
Es por esto que para la entrada de este mes, expuesta la imposibilidad, retomo parte del argumento de la entrada anterior, aquella en la que se hablaba de la canción que va asociada con la alarma del teléfono y que de alguna manera se convierte en el primer soniquete del día. Tras este primero normalmente le sucede el disco que uno escucha en el baño, mientras se afeita. En mi caso, en el pequeño altavoz azul que hace algunos años me regaló D. Y es aquí donde viene a colación el compacto sobre el que hoy quería hablar, aquel que en el otoño de dos mil quince lanzó David Gilmour, Ratter that lock.
Es verdad que el mismo no lo compré hasta la primavera de dos mil diecisiete, dos años después, pero fue entonces, recién editado, en aquel otoño destemplado y silencioso, cuando, valiéndome de una de esas plataformas digitales, más lo escuché.
La llegada del frío entiendo que para aquellos que vivan ajenos a las prestaciones de los sistemas de calefacción urbanos traerá consigo decenas de estímulos propios de la estación, entre ellos el olor a leña quemada, siempre tan evocador. En las grandes ciudades, salvando las distancias, claro, como contrapartida se tiene la mecánica calefacción urbana, con su aroma y evocación particular.
Aquel año no encendí la caldera de casa hasta que el frío no fue verdaderamente intenso, a finales de noviembre. Me había hecho con un pequeño aparato calefactor que aquellas primeras semanas de otoño trasladaba de una habitación a otra en función de lo destemplado que me encontrase.
De aquellas frías mañanas otoñales es imposible disociar la placentera sensación de aire cálido que mientras me afeitaba venteaba el aparato, de las notas musicales de este disco de David Gilmour, a su vez sopladas desde el incombustible altavoz azul…

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