viernes, 4 de noviembre de 2022

"¿Te juegas un compacto a que...?"

La procedencia de los compactos es variada. No me refiero solamente a los sitios donde los encontré, también a la causa que los condujo hasta estos estantes sin que en su compra yo interviniese. No sabría cuantificar, por ejemplo, cuántos he regalado y cuántos me han sido regalados, es probable que en este sentido haya un cierto equilibrio. En cambio, en relación a aquellos que han sido parte de alguna apuesta musical, a las que de vez en cuando somos aficionados, mi desventaja seguro que es notable. 

Hubo unos años en que al comienzo de la competición futbolística, haciendo gala de una gran candidez, con D. y M. me jugaba un compacto por cada punto que separase a su equipo del mío al final de la temporada. Incluso, conscientes todos del abuso histórico que dicha apuesta suponía, se baremaban los puntos de diferencia de manera que yo pudiese disponer de un compacto por cada punto de ventaja que alcanzase mi equipo y ellos, en cambio, de uno por cada cinco de diferencia que lograse el suyo. No sé durante aquellos años cuántos compactos pude comprarles, quizá más de una veintena a cada. De su parte, por contra, no creo que a mis estantes llegasen más de dos o tres. Digamos que el club de fútbol al que soy aficionado no se encontraba entonces en su mejor momento… Hubo una temporada en que por no estragarse de tanto cedé, incluso me ofrecieron la posibilidad de convertir parte de sus ganancias en libros de bolsillo. 

El compacto del que hoy quería hablar me llegó a través de este canal azaroso, aunque no se trata de ninguno de aquellos pocos que conseguí arrebatarles a mis amigos con los pronósticos futbolísticos; sino a mi hermana C., con la que a finales de la primavera de mil novecientos noventa y siete empleé ese recurrente envite que he formulado decenas de veces y que dice así: “¿Te juegas un compacto a que…?” En este caso, la apuesta estaba relacionada con sus calificaciones académicas. A semejanza de lo que hacían mis amigos conmigo, yo también jugaba sobre seguro con mi hermana. Me lo llegó unas semanas después de que sus notas finales certificasen su derrota, doble en este caso. Era comienzos de agosto. Unos días después ella se marcharía con mis padres al pueblo; yo me quedaría en casa solo, escuchándolo, pensando en lo inapropiado que siempre me ha parecido tener a Police como banda sonora estival.


Synchronicity, 4 de agosto de 1997.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Seradiscos.

Seradiscos fue la primera tienda de discos que frecuenté. Se abría entonces, a finales de los años ochenta, en la Plaza de París. Era un local pequeño, más largo que ancho; lo recuerdo atiborrado de discos, ordenados con esmero. Traspasar sus puertas no despertaba en nosotros ninguna sensación de reconfortante amparo y disfrute, si acaso, una cierta incomodidad, la inquietud de verse uno en un lugar para el que aún se es demasiado niño. A esta impresión contribuía de algún modo el dueño del negocio, Serafín, un hombre a quien con frecuencia veíamos charlar animadamente con algún cliente, pero que a aquellos que no podíamos disimular nuestra cortedad melómana y presupuestaria trataba con cierta antipatía. 

Pocos años después, Seradiscos se trasladó de local. No muy lejos, mediada la calle de Juan Muñoz. Su escaparate era más apaisado que el anterior; sobre los estantes de este la oferta musical se distribuía como las notas sobre un pentagrama. 

La afición musical se nos había agudizado y las visitas a la tienda eran entonces más frecuentes; el trato con el dueño, consecuentemente, también había mejorado, aunque sin grandes familiaridades. 

Este disco de Pink Floyd, A momentary lapse of reason, que exhibían a buen precio en su escaparate, lo compré una tarde de sábado del verano de mil novecientos noventa y nueve. La disposición de un sueldo regular había traído consigo la posibilidad de gastar en compactos lo que nunca antes había podido. Durante las tardes de aquel verano era frecuente que al salir de trabajar, sin nada mejor que hacer, diese un paseo hasta Seradiscos y echase un vistazo en sus estantes. Solía comprar uno -entonces el empacho consumista lo veía como un afán desproporcionado-, que elegía entre una terna cuyos dos descartes volvían a convertirse en protagonistas en la siguiente visita, haciendo que finalmente, aunque dosificados, terminase comprando todos los que me interesaban. 

Muchos años después me encontré con la mujer de Serafín en una tienda de Las Rozas. Ella frecuentaba el mostrador de Seradiscos con regularidad. La reconocí y la saludé. Me dijo que la tienda de discos la habían cerrado a comienzos de dos mil, justo cuando yo dejé de vivir en aquella ciudad. Se habían trasladado a vivir a un pueblo de la sierra madrileña, aunque mantenían aquel local alquilado, apuntó. De igual manera que había hecho yo, muchos antiguos clientes, al reconocerles, me dijo, se dirigían a ellos con “verdadero cariño”. Añadió que en su casa actual aún conservaban miles y miles de discos. Me invitó a que en algún momento me pasase a echarles un vistazo. Le agradecí el ofrecimiento, aunque los dos sabíamos que el mismo quedaría en nada.


A momentary lapse of reason, 24 de julio de 1999.

lunes, 15 de agosto de 2022

El catálogo grabado.

Hace algunas décadas era una práctica habitual la de copiar en cintas vírgenes aquellas casetes originales que prestadas por un amigo o por un conocido caían en  nuestras manos (raro era el caso de aquellas que no llegaban a formar parte de nuestro catálogo grabado). La confección de sus carátulas era entonces todo un ejercicio creativo. Existía la posibilidad de fotocopiar sin más la carátula original, incluidas las letras de sus canciones y créditos. Pero, salvo ocasiones puntuales, esa práctica yo apenas la cultivé. Tenía la sensación de que fotocopiar la carátula era poco menos que confesar un fraude. En cambio, personalizar esa copia con la caligrafía de uno y algunos otros detalles de diseño, era una manera de dotarla de cierta entidad. Por detalles de diseño, entiéndase principalmente la inclusión en el canto de la caja del recorte en miniatura de la portada del disco a modo de vitola. Aparte, si en la casete original se indicaba la duración de las canciones y se disponía del espacio suficiente en la cuartilla de la cinta virgen, al título de cada uno de sus cortes se le añadía también su duración precisa. Esas eran las principales señas de estilo de mi catálogo grabado

No me he deshecho de ninguna de aquellas casetes, aunque muy raramente las reproduzco. De vez en cuando las observo, eso sí, y, salvo aquellas que compré originales, las demás, me agrada comprobar que mantienen todas una cierta uniformidad estética. 

Compactos grabados apenas conservo una docena, siempre procedentes de amigos, principalmente de D. y de C.; aunque no era esta una práctica habitual entre nosotros. La mayor parte, a poco buenos que me pareciesen, los compraba después -una colección de compactos grabados no entraba dentro de mis aficiones-. Este Ophelia, de Natalie Merchant, es un ejemplo de ello. 

El compacto me lo regaló C., no podría precisar exactamente cuándo, pero de todos los cedés grabados sin duda fue uno de los que más escuché. Algunos años después lo encontré por casualidad a buen precio en una tienda de Pontevedra. Fue hace cinco veranos. D. y yo andábamos pasando unos días por la costa gallega, y como es práctica habitual, en la agenda llevaba apuntadas las tiendas de discos que llegado el caso podríamos visitar. Esta de Pontevedra se situaba en una galería comercial, creo recordar, junto a un negocio de electrodomésticos -sigo hablando de memoria- propiedad del mismo dueño, un señor cano y enflaquecido. Cuando me tendió el datáfono, las manos del hombre, que debía superar con creces la edad recomendada de jubilación, estas le temblaban tristemente. 

Un tiempo después anduvo por Pontevedra un compañero de trabajo, también interesado en la compra de discos, al que le recomendé que echase un vistazo en el local. Lo hizo, pero lo encontró cerrado, me dijo; aparentemente, además, de manera definitiva.


Ophelia, 17 de agosto de 2017.

jueves, 30 de junio de 2022

Sugerencias musicales.

Hay músicos que tienen el don de sonar peor cuando hablan que cuando tocan o cantan. Decía uno de ellos -por suerte para nuestros oídos, uno que ejerce la profesión a tiempo parcial- que lo que más detestaba de las plataformas musicales en streaming es lo muy pautadas que tienen las sugerencias. Si se escucha determinada canción o álbum, explicaba el avezado músico, la plataforma nos conducirá indefectiblemente a aquel “producto que quiere que consumamos”, no a aquel que verdaderamente más nos interesaría, limitando nuestra capacidad de exploración. ¿Telepatía tecnológica? Menuda bobería. 
Puesto que despreciaba las sugerencias de las plataformas digitales le preguntaban a continuación por las fuentes en las que él encontraba nuevas referencias. La respuesta no podía ser más predecible: amigos, bares, revistas… Nada nuevo bajo el sol. Dando por buena su objeción a las plataformas musicales, digo yo, ¿no es igual de cierto que nuestros círculos de amistad tienen también sus limitaciones de conocimiento y de igual manera se encuentran masticadas y orientadas las sugerencias que se glosan en emisoras y revistas? 
Con un par de reflexiones más sobre el negocio musical, el entrevistado concluía triunfante, como si hubiese venido a quitarnos un velo a todos los que aprovechamos las plataformas digitales en lo que tienen de bueno. (Otro dato del sujeto es que se mostraba ferviente defensor del formato vinilo, si bien confesaba que lo había comenzado a cultivar recientemente… Predecible.) 
Las revistas de contenido musical, de eso no hay duda, han sido siempre una manera sencilla de acceder a nuevas propuestas musicales. Durante muchos años coleccioné un par de ellas, todas orientadas al rock clásico; pero de tanto lugar común y falta de erudición, terminé igual de estragado que de la retórica artística. (Durante un año, incluso, unos amigos me suscribieron a una especialmente interesada en el afectado Tonti-Rock anglosajón. Prueba inequívoca de que en algunos casos es preferible dejarse guiar por las sugerencias de las plataformas en streaming antes que por las recomendaciones de nuestras amistades.) Ahora, si compró alguna revista musical, es Prog Magazine -exigente como la música de la que se ocupa-; aunque solo de vez en cuando, dado que al estar publicada en inglés, la traducción de cada uno de sus reportajes y entrevistas me lleva más tiempo que el desciframiento de una estela egipcia. Con un ejemplar tengo para varios meses. 
En definitiva, sirva toda esta digresión para introducir el compacto que este mes quería destacar: Invincible summer, de K. D. Lang. En el otoño de dos mil leí una reseña en el suplemento cultural de un periódico de tirada nacional -cuando estos medios se ocupaban de lanzamientos discográficos-. En tan solo unas líneas se le destacaba de manera sobresaliente, como si no se hubiese editado nada igual en décadas. Piqué. Me sirvió para comprobar, eso sí, por si acaso tenía la fantasía contraria, que la validez de las sugerencias musicales no conoce de fuentes infalibles.


Invincible summer, 7 de noviembre de 2000.

jueves, 19 de mayo de 2022

Toledo no se acaba nunca.

A comienzos de mayo estuve pasando el día en Toledo con F. y D. con la excusa de ver por la noche un concierto que se daba en la iglesia de San Vicente. Lo de menos era el concierto.

Todas las visitas a la capital manchega han tenido siempre su atractivo. Recordaba con ellos una que hice en solitario a comienzos de marzo de dos mil doce, un día entre semana, animado por la exposición que se celebraba en el Museo de Santa Cruz de parte de la obra de El Greco. 

Aquel día llegué a Toledo en tren. A pesar de la fecha, sus vagones iban repletos de turistas. El trayecto lo entretuve con la escucha del compacto que hoy me ocupa, este Highway 61 Revisited, de Bob Dylan. No hice otra cosa que atender a sus canciones y observar por los ventanales cómo el tren abandonaba los polígonos industriales madrileños para adentrarse, dentro de una grisura parecida, en los pardos campos manchegos. A las once estaba en el andén de la estación, más allá del Tajo. 

Si tengo oportunidad, suelo acceder siempre a la ciudad por la Puerta de Bisagra. La primera parada, por lo tanto, obligatoriamente, es Santiago del Arrabal; aquella iglesia sobre la que leí y compilé mucha bibliografía para un trabajo universitario que nunca llegué a presentar. Oficiaban misa cuando aquella mañana visité su interior. Me encaminé después hasta Santa Leocadia, la iglesia donde a mediados de los noventa se casó mi prima E. En los locales de alrededor se mezclaban los turistas con los funcionarios municipales empleados en las instalaciones administrativas cercanas. 

Mientras visitaba el claustro de San Juan de los Reyes me telefoneó F. para decirme que P. estaba nuevamente embarazada, “una noticia que no por esperada dejaba de ser novedosa”. Cuando el otro día le refería esta frase, que en más de una ocasión he leído, la negaba con vehemencia y gracia, como suele hacer con aquellas expresiones que le resultan irreconocibles en su boca. 

Después de visitar la Casa-Museo de El Greco, comí cerca de la catedral. La sobremesa la entretuve en el Hospital Tavera, donde nunca había estado. La iglesia y la cripta podían visitarse libremente, pero el resto de dependencias, convertidas en palacio hace un siglo, habían de recorrerse acompañado de un guía. 

De vuelta a la ciudad desemboqué en el Cristo de la Luz, irreconocible ya entonces por los módulos museísticos que habían plantado en su jardín. Unos años atrás, si se quería acceder a la antigua mezquita, en una casa vecina, un hombre antipático le franqueaba el paso al visitante dependiendo del mal o peor humor que tuviese aquel día. 

El punto final del paseo turístico fue la visita al Museo de Santa Cruz. A esa hora de la tarde estaba vacío. Recorridas unas salas, el empacho artístico me obligó a aligerar el paso e ir directamente a las pinturas de mayor interés. 

Antes de tomar el tren de vuelta, me detuve en una terraza cercana. De regreso, mientras anochecía, nuevamente me entretuve con la música de este compacto de Bob Dylan. No sé si en alguna ocasión el cantante americano habrá estado en la capital manchega; en todo caso, para mí recuerdo, su figura es a la misma casi tan indisoluble como El Greco.


Highway 61 Revisited, 15 de junio de 2011.

martes, 12 de abril de 2022

Mecanismos automovilísticos.

El trayecto en coche hasta el trabajo es un buen momento para escuchar detenidamente un compacto. Suelo llevar siempre dos en la guantera. Los alterno casi diariamente: subo uno, bajo otro… A la hora de escogerlos, tengo en cuenta que no se tiene el mismo ánimo a la ida que a la vuelta. Preferiblemente han de ser compactos de dos espectros musicales complementarios; uno más animoso y otro más introspectivo. Después del trabajo, lo natural es que se tenga la cabeza como un tambor en día de desfile, y que la música con la que habíamos arrancado la jornada nos resulte ocho horas después demasiado expansiva y vibrante. 

En ocasiones hay compactos que en vez de permanecer en la guantera no más de una jornada, se mantienen en ella dos o tres, incluso una semana. Este es el caso de The Orchestrion Project, un disco doble del apabullante Pat Metheny. 

La historia de este compacto tiene dos fechas. La primera nos conduciría a la primavera de dos mil diez, cuando estuvimos pasando unos días en Zürich con J., poco después de que se casase. 

Si recuerdo bien lo que en su momento leí, el proyecto que da nombre al cedé lo articulaba el músico estadounidense como una empresa técnico-musical en la que todos los instrumentos que siempre habían sido tocados por músicos de carne y hueso, aquellos que solían acompañarle, eran entonces sustituidos por un complejo sistema mecanizado en el que cada cual sonaba según había sido programado. Todos, excepto la guitarra, de la cual se ocupaba él en cualquiera de sus múltiples variantes. 

La puesta en escena del proyecto era muy aparatosa y recordaba en parte a la caja de un reloj de proporciones colosales, uno de esos que rematan torres o edificios principales. Tuvimos la oportunidad de ver el espectáculo en aquella visita a Suiza, donde Pat Metheny montó su tinglado en el crucero de una amplia iglesia. El recital, la verdad, se nos hizo largo. Transcurridas dos horas, los cuatro deseábamos que el sonido de tanto cachivache mecanizado concluyese cuanto antes. 

El interés por dicha propuesta quedó ahí hasta que tres años después (esta sería la segunda fecha) encontré en Yunke a buen precio (¡nuevamente Yunke!) la versión ampliada del proyecto. Tampoco entonces la escucha fue más entusiasta. 

Ha sido necesario que hace unas semanas probase a reproducirlo en el equipo del coche para que, ahora sí, le haya prestado verdadera atención y lo tenga por un disco notable. Si hubiese una lista de permanencia en la guantera, sin duda este sería el compacto a batir. Se lo decía hace unos días a J.: “Tú no sabes la de veces que últimamente he escuchado aquel compacto de Pat Metheny que vimos interpretar en Suiza…” “¿El de la orquesta?”. 


The Orchestrion Project, 7 de marzo de 2013.

sábado, 5 de marzo de 2022

McCartney, Estación Central.

Transcurrió el mes de febrero sin que encontrase tiempo para escribir la entrada mensual de este blog. Veremos si ahora soy capaz de acomodar dos compactos en este extenso mes de marzo... 

Hace unos días estuve con D. viendo un concierto en la sala Mon. Antes de encontrarnos en una cervecería próxima él había estado echando un vistazo en la decana tienda de discos de Fernández de los Ríos. Este negocio, con un nombre tan sugerente, de sociedad clandestina, apenas lo hemos frecuentado. Incluso durante nuestros años universitarios tirábamos siempre más hacía las tiendas de la plaza de San Martín y alrededores que a esta. 

Venía D. con el último disco de Paul McCartney, que había encontrado a buen precio. El fantástico documental estrenado recientemente sobre las sesiones de grabación de los Beatles a comienzos de mil novecientos sesenta y nueve lleva ocupando nuestras conversaciones desde hace semanas. Las nuestras y las de otros amigos. Las ocho horas de metraje dan para mucho. Y aunque hay puntos en los que cada uno tiene su opinión, hay dos en los que todos coincidimos: la extrañeza que nos produce la omnipresencia de Yoko Ono en primera línea, a un palmo del cogote de cada uno de ellos, y, sobre todo, el indiscutible liderazgo musical de Paul McCartney. 

A raíz del documental he vuelto a escuchar sus últimos discos. Según se fueron editando los fui comprando, pero desde el fenomenal Chaos and creation in the backyard, es cierto, a ninguno de ellos le había prestado mucha atención. Un ejemplo es este, Egypt Station, su penúltimo disco de estudio, lanzado a finales de dos mil dieciocho. 

Al igual que a D. también a mí me gusta prologar algunas citas con la compra de algún compacto. Aquel día en que había quedado con J. y M. para cenar me detuve antes en el difunto Yunke para ver si lo habían recibido. Allí estaba. (Con su cierre, la posibilidad de encontrar nuevos lanzamientos a precios moderados ha desaparecido. Todas las novedades nos obligan a pasar forzosamente por Fnac.) 

Egypt Station fue de los primeros discos que se añadieron a la colección al poco de mudarnos a esta casa. Curiosamente los tres habíamos estrenado vivienda recientemente. Esta circunstancia ocupó gran parte de nuestra conversación. J., después de su vuelta de Estados Unidos, habiendo vivido durante más de un año en la casa de A. en Tirso de Molina, se había comprado un piso en la calle Divino Vallés. Lo había reformado íntegramente. No era muy grande, pero solo para él, aseguraba, resultaba espacioso y confortable. M., por su parte, incapaz de sobrepasar las murallas del barrio de Salamanca, se había trasladado recientemente con M. y su hijo a uno nuevo en la calle Ayala. El agrado que surge del cambio de domicilio cuando este es deseado nos tenía a los tres de muy buen ánimo.


Egypt Station, 29 de noviembre de 2018.

domingo, 23 de enero de 2022

Juegos de cartas.

Según van sucediéndose las entradas de este blog, días y compactos van emparejándose como en un juego infantil de cartas -hay días en que, por despiste, a falta de uno se han entrelazado dos, incluso tres cedés-. El calendario se convierte en uno de esos inmensos arboles genealógicos donde poco a poco, después de trastear en todos los álbumes familiares, el retrato de cada miembro va encontrando acomodo en su rama. Ese imagino que es el propósito final de este blog: darle a cada día su particular significación musical, su santoral en forma de compacto. 

Tenía el convencimiento de que de todos los días del año había uno en que nunca había comprado un compacto ni tampoco nadie me lo había regalado: el uno de enero. Siendo un día de cierre comercial y propicio para el recogimiento, no tenía duda; pero me equivocaba. Repasando el listado de cedés, ha habido dos años en que esta llegada imprevista se ha dado. 

El primero de ellos fue en dos mil tres. Tratando de recordar lo que fueron aquellos días anoche estuve leyendo lo que entonces escribí en aquel rugoso cuaderno gris. (Es curioso que veinte años después aquella caligrafía en algunas líneas se me vuelve totalmente ilegible.) Si hay otros periodos que de vez en cuando suelo revistar, a los días finales de dos mil dos y primeros de dos mil tres apenas les he prestado luego atención. 

La tarde de Año Nuevo había quedado con L. en la puerta de su casa, a tan solo unos metros del local donde la noche anterior había despedido el año. L. vivía entonces con J. en la calle de Lavapiés, a pocos metros de la plaza. El piso lo habían comprado y reformado durante el verano anterior. Todavía conservo una fotografía en la que se les ve embadurnados de yeso, con la llana en la mano, tratando de rasar unas paredes que la memoria me devuelve con la apariencia ondulada de un decorado infantil. 

El frío y la fecha mantenían las calles despejadas. Caminamos hasta El Café del Foro, cerca de la glorieta de Bilbao, el local donde transcurrían aquellas inolvidables escenas de “Los peores años de nuestra vida”. Era este un local amplio y acogedor al que acudíamos con frecuencia. Aquella tarde no estaba muy concurrido. Nos pusimos al día, charlando sobre todo de lo que habían sido los días navideños previos, y regresamos a Lavapiés paseando. En su casa J. continuaba estudiando. Cenamos unos bocadillos de calamares que habíamos comprado de camino y prolongamos un rato más la conversación junto a él. Unas semanas antes L. y su ex novio habían desmantelado el bar que tenían juntos en Móstoles. En el reparto había muchos cedés. La mayor parte se los quedó ella, me dijo, aunque había algunos que me había apartado por si me interesaban: entre ellos este de Quimi Portet, que escuchado con detenimiento y sin prejuicios, tantos años después, sigue resultando muy simpático.


Hoquei sobre pedres, 1 de enero de 2003.