jueves, 19 de mayo de 2022

Toledo no se acaba nunca.

A comienzos de mayo estuve pasando el día en Toledo con F. y D. con la excusa de ver por la noche un concierto que se daba en la iglesia de San Vicente. Lo de menos era el concierto.

Todas las visitas a la capital manchega han tenido siempre su atractivo. Recordaba con ellos una que hice en solitario a comienzos de marzo de dos mil doce, un día entre semana, animado por la exposición que se celebraba en el Museo de Santa Cruz de parte de la obra de El Greco. 

Aquel día llegué a Toledo en tren. A pesar de la fecha, sus vagones iban repletos de turistas. El trayecto lo entretuve con la escucha del compacto que hoy me ocupa, este Highway 61 Revisited, de Bob Dylan. No hice otra cosa que atender a sus canciones y observar por los ventanales cómo el tren abandonaba los polígonos industriales madrileños para adentrarse, dentro de una grisura parecida, en los pardos campos manchegos. A las once estaba en el andén de la estación, más allá del Tajo. 

Si tengo oportunidad, suelo acceder siempre a la ciudad por la Puerta de Bisagra. La primera parada, por lo tanto, obligatoriamente, es Santiago del Arrabal; aquella iglesia sobre la que leí y compilé mucha bibliografía para un trabajo universitario que nunca llegué a presentar. Oficiaban misa cuando aquella mañana visité su interior. Me encaminé después hasta Santa Leocadia, la iglesia donde a mediados de los noventa se casó mi prima E. En los locales de alrededor se mezclaban los turistas con los funcionarios municipales empleados en las instalaciones administrativas cercanas. 

Mientras visitaba el claustro de San Juan de los Reyes me telefoneó F. para decirme que P. estaba nuevamente embarazada, “una noticia que no por esperada dejaba de ser novedosa”. Cuando el otro día le refería esta frase, que en más de una ocasión he leído, la negaba con vehemencia y gracia, como suele hacer con aquellas expresiones que le resultan irreconocibles en su boca. 

Después de visitar la Casa-Museo de El Greco, comí cerca de la catedral. La sobremesa la entretuve en el Hospital Tavera, donde nunca había estado. La iglesia y la cripta podían visitarse libremente, pero el resto de dependencias, convertidas en palacio hace un siglo, habían de recorrerse acompañado de un guía. 

De vuelta a la ciudad desemboqué en el Cristo de la Luz, irreconocible ya entonces por los módulos museísticos que habían plantado en su jardín. Unos años atrás, si se quería acceder a la antigua mezquita, en una casa vecina, un hombre antipático le franqueaba el paso al visitante dependiendo del mal o peor humor que tuviese aquel día. 

El punto final del paseo turístico fue la visita al Museo de Santa Cruz. A esa hora de la tarde estaba vacío. Recorridas unas salas, el empacho artístico me obligó a aligerar el paso e ir directamente a las pinturas de mayor interés. 

Antes de tomar el tren de vuelta, me detuve en una terraza cercana. De regreso, mientras anochecía, nuevamente me entretuve con la música de este compacto de Bob Dylan. No sé si en alguna ocasión el cantante americano habrá estado en la capital manchega; en todo caso, para mí recuerdo, su figura es a la misma casi tan indisoluble como El Greco.


Highway 61 Revisited, 15 de junio de 2011.

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