sábado, 2 de diciembre de 2023

Matices de percepción.

Continuando con los cedés que se encuentran cuando se viaja, hoy voy a detenerme en el primer directo oficial que publicó Porcupine Tree, el doble titulado Coma Divine. Este disco recoge las actuaciones del grupo durante los días veinticinco y veintisiete de mil novecientos noventa y siete en la Sala Frontiera, en Roma. 

Muchas veces, revisando la fecha de edición de algunos cedés, tontamente se piensa: “Si hubiese escuchado este disco cuando salió en vez de cuando lo compré, tantos años después, quién sabe si mi percepción de las cosas hubiese sido otra…” Por más que pasen los años, como le sucede al devoto con las apariciones divinas, aún se mantiene firme la fe en el poder determinante y esclarecedor de la música. 

Otras veces, cuando se repasan los créditos de los libretos y aparece tal o cual fecha en relación al periodo en que el disco fue grabado o, como en este caso, a los días en que se celebró el concierto que se recoge; uno se detiene y trata de recordar: “¿Qué hacía yo entonces?” 

Aquel año, como este dos mil veinticuatro que está a punto de presentarse, la Semana Santa se celebró a finales de marzo. Madrid permanecía descongestionado. El turismo incesante que de un tiempo a esta parte todo lo arrolla, entonces se manifestaba de un modo menos ruidoso y desproporcionado. Era frecuente que gran parte de los locales de ocio que frecuentábamos cerrasen toda la semana. 

Aquel veintisiete de marzo de mil novecientos noventa y siete, en todo caso, al igual que aquellos que en Roma acudiesen a ver a Porcupine Tree, también nosotros andábamos de concierto: Ariel Rot tocaba en la Sala Suristán con un grupo con el que entonces giraba eventualmente, The Rota. Llama la atención que el concierto se celebrase a las doce de la noche, una hora a tono con unos tiempos que en muchos aspectos poco tienen que ver con estos. La afluencia era muy discreta, no más de media sala. No solamente se mantenían despejadas las calles del centro, también sus locales. 

(En mil novecientos noventa y siete, claro, no tenía ni idea de la existencia de un grupo llamado Porcupine Tree. De hecho, el rock progresivo, en aquella época, seguro que se me figuraría como una cosa muy sufrida. ¿Quién sabe si haberme comprado este disco cuando se editó, y no casi veinte años después -en una tienda de Roma, por mantener la concordancia-, me hubiese matizado la percepción musical que entonces tenía?.)


Coma divine, 2 de mayo de 2018.

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Las huellas de otro (y II).

Imagino que el hermano de A. obra de manera parecida. Antes de viajar acostumbro a buscar en Internet la dirección de las principales tiendas de discos del lugar de destino. Si se trata de una ciudad grande, donde la oferta suele ampliarse, me guió por las fotografías que se destacan de cada uno de los negocios. Aquellos en los que aparecen estantes y cubetas repletos de compactos son los que quedan señalados como preferentes. (En este sentido, si las fotografías no son muy recientes, uno puede llevarse un buen chasco.) 

¿Cómo haríamos a finales del siglo pasado? ¿Cómo estableceríamos entonces la ruta de tiendas? ¿Nos fiaríamos de nuestra intuición, del azar? Probablemente no, supongo que seguiríamos las indicaciones de algún amigo que hubiese visitado el lugar con anterioridad o, quizá, guiados por las recomendaciones de alguna revista especializada. 

Para este último viaje a Londres todos los locales que llevaba marcados parecían tener unas dimensiones discretas, de no más de cincuenta o sesenta metros cuadrados, y  la presencia del compacto quedaba relegaba a la preponderancia del vinilo. En otras ocasiones recordaba haber estado en locales amplísimos, divididos en varias plantas, donde la oferta de cedés era desbordante, mucho más que nuestras posibilidades adquisitivas. Esta vez, fuese por mi impericia en la búsqueda o por el cierre generalizado que vienen sufriendo estos negocios en las dos últimas décadas, no pisé ninguno de aquellos mastodontes del comercio musical. 

Todos los días desayunábamos en el barrio donde residen F. y E., Balham, y tomábamos después el tren hasta Victoria Station. Desde allí caminábamos hasta el barrio que teníamos previsto visitar esa jornada: Soho, Camden, Notting Hill… Este compacto de Kamasi Washington lo encontré la tarde que anduvimos por Portobello, en un local que se abría en la parte alta del barrio. Era un negocio especializado en música jazz y, al contrario de otras tiendas que había visitado, centrado principalmente en el formato cedé. El dueño lo atendía con mimo. De cada artista que se le consultaba era capaz de localizar algún álbum dentro del ingente catálogo y del aparente desorden que lo regía.

martes, 26 de septiembre de 2023

Las huellas de otro (I).

Decía el hermano de A. que su principal objetivo cuando viajaba era recorrer las tiendas de música del lugar. Los viajes no tienen para él un aliciente mayor. 
A finales de agosto estuvimos durante una semana en Londres, aprovechando la celebración de la boda de F. y E. Siempre que se viaja a ciudades que se han visitado con anterioridad resulta inevitable pensar en aquellas otras veces, en las circunstancias que se dieron entonces y en los lugares que se frecuentaron. 
La primera vez que estuve en Londres fue en mil novecientos noventa y nueve, al poco de terminar mi empleo veraniego en el Parque de Atracciones. Aquellos meses estivales, de igual manera que yo los habíamos ocupado en atender una atracción de feria, M. los había pasado en la capital inglesa trabajando y tratando de mejorar su nivel de inglés; su presencia allí fue el acicate definitivo. 
Después del paso por la facultad, Londres se había convertido en una ciudad ineludible. Muchos de mis compañeros la habían frecuentado con la asiduidad con que uno había pisado el terruño toledano. Sus apreciaciones, artísticas y musicales, unidas a la afición que había tomado por los pintores Prerrafaelitas, me había generado una expectación que había convertido el viaje a Londres en una obligación de sesgo casi iniciático. 
Durante estos días de finales de agosto, paseando con D. y O., he reparado con cierta incredulidad en aquella primera vez que visité la ciudad (mucho más que en las veces posteriores). Ni tan siquiera recuerdo en qué barrio vivía entonces M., si en el norte o en el sur, si en una vecindad marginal o en una de corte más residencial. Hay una calle, Essex Road, que me viene vagamente a la memoria… O yendo a aspectos puramente prácticos: ¿Dónde hice entonces la compra de los billetes de avión? ¿Puede que en aquella discreta agencia de viajes que se abría en la calle del Río Manzanares? ¿Cómo me desplacé el día del vuelo hasta el aeropuerto? ¿En transporte público? ¿Me acercaría mi padre? ¿Cómo comunicaría mi llegada a M.? ¿Y a mis padres?... Veinticuatro años después, aquel viaje se me figura como un suceso ajeno e improbable.


Heaven and Earth, 30 de agosto de 2023.

lunes, 14 de agosto de 2023

La puerta falsa (y II).

Como se daba a entender en la entrada anterior, hay grupos a los que se accede por una puerta falsa, no me refiero al atajo que suponen los recopilatorios o las grabaciones en directo, pienso en discos o canciones que destacaron comercialmente de manera sobresaliente franqueándonos la rampa de acceso pero que, a la postre, valorados en conjunto, resultan poco significativos y, en muchos casos, restringentes. La canción Owner of a lonely heart y, por extensión, el disco que la contenía, 90125, podrían ser un buen ejemplo, si bien se me vienen a la cabeza otros muchos. 

Más de quince años después de aquel tiempo al que me refería en la entrada precedente encontré en Fnac una caja que contenía cinco discos de Yes, desde el Going for the one al Big generator, es decir, su contenido cubría toda su producción desde finales de los  años setenta hasta mediados de los ochenta -incluido, claro, aquel 90125-. Digamos que aún podría haber afinado algo más la puntería, ya que su catálogo primero y más esencial en gran parte me era todavía desconocido. Pero aquellos discos que se incluían, especialmente los tres primeros, tenían un sesgo que se alejaba significativamente de su afán más comercial, resultándome particularmente atractivos. 

Aquella primavera de dos mil dieciséis, cuando la compré, D. se encontraba preparando sus pruebas de oposición, las que afortunadamente serían las definitivas. Todos los viernes se juntaba con su amiga T. en nuestra casa de la calle Amaltea, repasaban temas y ponían en común otros ejercicios. Desde mi habitación, las escuchaba compartir apreciaciones mientras que en el equipo sonaba alguno de estos cinco discos, especialmente Tormato, por el que tenía un gusto especial, dado el tono reconciliador y concluyente que tenía. 

Una de aquellas tardes primaverales de viernes, quedé en casa con E., buen conocedor del equipo musical que citaba en la entrada anterior, ya que con él compartí el referido piso de la calle Segovia durante casi cuatro años y medio. Resulta significativo constatar que después de mi familia, D. y O. es con él con quien más tiempo he vivido. Escucho ahora Tormato, y aquellas escenas que se daban entonces parecen seguir sucediéndose de igual manera en las habitaciones próximas: D. y T. repasando los contenidos de su oposición y E., de un lado para otro, despistado e impaciente.


Tormato, 25 de abril de 2016.

sábado, 3 de junio de 2023

La puerta falsa (I).

El tiempo que se le dedica a la escritura es limitado, y hay que priorizar. Dicho lo cual, que no es otra cosa que una breve disculpa a estos casi tres meses de silencio musical, paso a referir la llegada de un nuevo compacto, en este caso, 90125, de Yes. 

En el salón de la destartalada casa de la calle Segovia había un recio mueble castellano que ocupaba casi al completo uno de los laterales largos del salón. La mitad de sus estanterías y cajones los manteníamos vacíos, como si anduviésemos a la espera de que llegase el camión de la mudanza o, en su defecto y más convenientemente, el chatarrero. Solamente su vano central y alguno de los compartimentos de su primer cuerpo se conservaban regularmente ocupados. 

En el segundo cuerpo de la calle central del mueble, lugar preponderante, como en la mayor parte de los hogares españoles de la segunda mitad del siglo pasado, se disponía un aparato de televisión, eje imbatible de todo el ocio doméstico de aquellas décadas. En nuestro caso, aquel aparato había perdido su incuestionable poder de atracción no porque fuésemos un grupo especialmente vanguardista, al contrario (sobre todo si se tiene en cuenta el mobiliario que tácitamente conservábamos en nuestro domicilio), sino porque dicho cachivache tenía tantos años como el mismísimo mueble castellano. Por extensión, los mismos, quizá, que el Palacio Real que se contemplaba desde aquel salón. Tal era el desfase de aquel cacharro y, paralelamente, del concepto de bienestar doméstico de nuestra casera, que cuando a duras penas era capaz de sintonizar un canal, las imágenes las emitía en blanco y negro, como sucede con los documentos impresos cuando nos proponemos apurar al máximo el cartucho de tinta. 

Aparte, en el primer cuerpo, cerrado a cal y canto por una puerta de doble hoja cuyo ajuste obligaba a forzar el tirador como si se descorchase una botella de vino, uno de los compañeros de piso había guardado una cadena de música completísima. Tenía esta un plato para pinchar vinilos, una doble pletina de casetes y un reproductor de cedés, cuya lente, eso sí, funcionaba con la misma prestancia que el viejo televisor. No había cena ni fiesta en la que el aparato musical no marchase a todo pasto. Era entonces, claro, cuando desplegábamos las dos hojas del mueble que lo velaban y, como consecuencia, no había invitado que no terminase reventándose las canillas por el golpe traicionero de sus cantos. 

En fin, a lo que iba, además del aparato de musical, el compañero de piso flanqueó este con algunos compactos, entre ellos un triple recopilatorio con música de los años ochenta: éxitos absolutos. Con la ayuda de la pletina de casetes grabé una cinta incluyendo las que a mi juicio eran las mejores canciones de aquel extenso recopilatorio. Entre ellas, claro, la pegadiza Owner of a lonely heart, de Yes… Sin duda, la peor puerta de entrada para acceder a la música del grupo inglés.


90125, 25 de abril de 2016.

miércoles, 15 de marzo de 2023

Tres de un perfecto perpetuo.

La continuidad de las costumbres es una de las muchas ilusiones que puede llegar a hacernos pensar en una perpetuidad absoluta. A fuerza de cultivarlas uno puede llegar a convencerse de que no habrá nunca nada que pueda desmoronarlas, sucediéndose estas, y nosotros con ellas, de manera eterna, como el transcurso de las estaciones. 

Este no fue un hábito premeditado. D. y O. solían aprovechar el puente escolar de finales de febrero para viajar junto a sus amigas fuera de España. Aquel año estaban pasando unos días en Hamburgo. Era viernes. Buscando algo de distracción subí a Metralleta y anduve un buen rato entretenido repasando sus cubetas. De King Crimson no tenía entonces mucha discografía. El grupo de Robert Fripp digamos que por su complejidad y espesura no me resultaba de los más atractivos del espectro progresivo clásico. Encontré este Three of a perfect pair, tercera pieza de sus álbumes canónicos de mediados de los ochenta. La edición era la de entonces. La caja estaba destrozada, pero como suele suceder con la mayor parte de los que compro en Metralleta, mientras el libreto y el mismo compacto estén en buenas condiciones, no hay problema, con reemplazar después la caja, asunto solucionado. 

Con el declive del invierno los días se iban ensanchando. De vuelta a casa, bajando por la calle de Toledo, la brisa que anticipaba la llegada de la primavera pujaba por imponerse a las persistentes pestilencias urbanas. Aquella tarde la distraje escuchando este compacto, mucho más luminoso de lo que me figuraba. Al punto se comprendía que hay grupos cuya capacidad para aunar desconcierto, esmero y brillantez les posiciona por delante de cualquiera. 

(No recuerdo que fuese premeditado, sin embargo, al año siguiente, ese mismo día, mientras D. y O. andaban de turismo por Francia, volví a repetir la misma jugada. Esta vez coincidió que en Metralleta se vendía Beat, el eslabón anterior al que había comprado en dos mil diecinueve, igual de desportillado. Y dos años después, esta vez sí de manera programada, Discipline, el primero de estos tres fantásticos discos.)


Three of a perfect pair, 1 de marzo de 2019.

domingo, 15 de enero de 2023

Ejercicios gimnásticos.

Hace unas semanas D. me envió el listado de los que a su juicio son los diez mejores discos editados durante estos primeros años del siglo veintiuno. Los requisitos para la selección son los mismos que empleamos hace un tiempo para distinguir los que consideramos mejores discos de todos los tiempos: hay que tenerlos en formato cedé y no puede tratarse de ninguna recopilación ni disco en directo. Además del listado con sus diez elepés más destacados, D. me incluyó también los descartes que había dejado fuera, un par de docenas más.

Yo hice lo propio la semana pasada. El listado, es verdad, lo tenía perfilado desde hace mucho tiempo, es posible que empezase a decantarlo durante la pandemia, en aquellos meses de inevitable incertidumbre y recapitulación. A diferencia de lo que había hecho él, en mi listado no figuraban aquellos compactos que habían pujado por entrar en la decena puntera. Esta próxima semana nos veremos y comentaremos la selección. Será entonces cuando, tal y como me ha pedido, comparta con él esos descartes. 

Uno de ellos será este Coles Corner, de Richard Hawley, un disco de una finura envolvente y de cierto regusto marchito. 

El escenario que me viene al pensamiento cuando lo escucho queda lejos del tono evocador que envuelve el lugar que se presenta en la portada: un enclave de la ciudad de Sheffield, de donde es natural el músico británico, tradicional punto de encuentro para las citas de sus habitantes. En mi caso, lejos de ese regusto romántico, el emplazamiento que me evoca Coles Corner es mucho más prosaico: el gimnasio de la urbanización de Amaltea. 

Se trataba de un espacio de unos veinticinco o treinta metros cuadrados, desaliñado y frío. Para su acondicionamiento, la comunidad había comprado de inicio algunos aparatos y utensilios, los mínimos, como si se tratase de un decorado de una película de bajo presupuesto. Años después, aquellos vecinos especialmente interesados, habían tratado de poner al día la sala invirtiendo de su bolsillo en nuevas máquinas y equipamiento. Esta intención de saneamiento, se contraponía con la aquellos otros que lo frecuentaban muy de vez en cuando -habitualmente dos veces al año: el siete de enero y el día de apertura de la piscina- y que lo concebían como un trastero deportivo comunal. Estos solían dejar arrinconadas en la sala su antiguo e inservible equipamiento gimnástico (bicicletas estáticas con los cables destripados y los rodamientos fijos como dólmenes, esterillas desvencijadas, combas sin agarraderas, ¡botellas hidratantes!…), muy ufanos de contribuir desinteresadamente a la optimización del espacio y, sin pretenderlo, de dotar a la sala del aire propio de un gimnasio soviético de mediados de los ochenta. 

Cuando lo frecuentaba solía hacerlo a última hora. Creo recordar que las ordenanzas de la comunidad marcaban su cierre a las once. Lo hacía entonces buscando evitar el encuentro con otros vecinos. A esas horas se agradece la introspección y el recogimiento. Salvo con F., a quien conocí allí y cuya conversación siempre me resultó muy grata, con el resto, cuando se coincidía, la educación te obligaba a prescindir de los auriculares -en los cuales muchas veces sonaba este Coles Corner- y a establecer un diálogo tan plagado de lugares comunes como de interrupciones.


Coles Corner, 25 de septiembre de 2011.