lunes, 14 de mayo de 2018

Las que eran últimas palabras...

Hacía ya tiempo que quería detenerme en este disco, Famous last words, de Supertramp, cuya portada, como algunas otras del grupo, gusta por ser capaz de captar con viveza y finura escenas que se presentan inquietantes y contradictorias.
Podría haberme detenido en él tiempo atrás, pero he preferido, buscando también esa misma acrobacia que práctica el funámbulo de la portada, hacerlo justo hoy, cuando se cumplen veinte años de su compra.
La primavera de mil novecientos noventa y ocho fue aquella en la que los estudios universitarios, de manera general, o al menos como desde su arranque los habíamos vivido, llegaban a su fin. 
Pensados ahora, no sucede con aquellos meses como con todo aquello que a punto de concluir, recordado tiempo después, se mira con cierta nostalgia: los meses de la primavera de mil novecientos noventa y ocho, consciente de la inminente pérdida, se vivían ya entonces ensombrecidos por un tono de incertidumbre y aflicción. 
Quizá esa sombra explique el ansia con el que se trataban de aprovechar entonces los días y que para cada uno de ellos hubiese siempre pretexto y compañía.
Las citas de aquella semana del catorce de mayo, que era jueves, arrancaron el lunes con L. y M. en un local cercano a la Calle Mayor, que hoy siempre está colmado de turistas, y que entonces, un lunes laborable y lluvioso, apenas tenía clientela. Ese deseo de prolongar la relación surgida con la carrera parecía preocupar a todos; incluso L., que había llegado al grupo relativamente tarde, buscando cerrar una continuidad más allá del final de las clases, proponía con más deseo que determinación viajes y otras citas para los meses de verano. 
Al día siguiente, el martes doce, sin especial gusto por aguantar en las aulas de la facultad, mediada la tarde, G., D. y yo nos acercamos a la Torre de los Lujanes, cuyas conferencias pugnaban en tedio a cualquiera de nuestras clases universitarias, pero que, por falta de obligación, permitían una distracción mayor. D. se marchó terminada la conferencia, y G. y yo anduvimos por las calles del centro hasta la madrugada, hablando, claro, en ese tono de confianza y comprensión que solo puede darse entre amigos, no de lo que iban a ser las semanas próximas, sino de lo que estaban siendo aquellos días primaverales.
El jueves catorce, que fue cuando compré este Famous last words -en una tienda de Moncloa en la que apenas me he detenido un par de veces más-, estuve en uno de los cines de Martín de los Heros con M., esa chica risueña que vivía en un pueblo de la sierra que a todos nos parecía tan lejano como el escenario de una novela de aventuras, viendo La dama de Shanghai. Aquella noche no nos extendimos gran cosa teniendo M. que tomar un autobús que la llevase de vuelta a su pueblo serrano; pero sí, ya con otros compañeros de la facultad, la siguiente, la del viernes quince, y otras muchas que durante semanas se fueron sucediendo… 
Famous last words, dado el interés que tenía ya antes de su lanzamiento Roger Hodgson por dejar el quinteto, es un compacto apropiado para acompañar números de cierre, tiene ese tono de acto final que tan bien encaja con los momentos, como aquella primavera de mil novecientos noventa y ocho, en los que las circunstancias le obligan a uno a ir echando el telón e ir pensando cuanto antes en la puesta en marcha de una nueva función.

Famous last words, 14 de mayo de 1998.