miércoles, 21 de septiembre de 2022

Seradiscos.

Seradiscos fue la primera tienda de discos que frecuenté. Se abría entonces, a finales de los años ochenta, en la Plaza de París. Era un local pequeño, más largo que ancho; lo recuerdo atiborrado de discos, ordenados con esmero. Traspasar sus puertas no despertaba en nosotros ninguna sensación de reconfortante amparo y disfrute, si acaso, una cierta incomodidad, la inquietud de verse uno en un lugar para el que aún se es demasiado niño. A esta impresión contribuía de algún modo el dueño del negocio, Serafín, un hombre a quien con frecuencia veíamos charlar animadamente con algún cliente, pero que a aquellos que no podíamos disimular nuestra cortedad melómana y presupuestaria trataba con cierta antipatía. 

Pocos años después, Seradiscos se trasladó de local. No muy lejos, mediada la calle de Juan Muñoz. Su escaparate era más apaisado que el anterior; sobre los estantes de este la oferta musical se distribuía como las notas sobre un pentagrama. 

La afición musical se nos había agudizado y las visitas a la tienda eran entonces más frecuentes; el trato con el dueño, consecuentemente, también había mejorado, aunque sin grandes familiaridades. 

Este disco de Pink Floyd, A momentary lapse of reason, que exhibían a buen precio en su escaparate, lo compré una tarde de sábado del verano de mil novecientos noventa y nueve. La disposición de un sueldo regular había traído consigo la posibilidad de gastar en compactos lo que nunca antes había podido. Durante las tardes de aquel verano era frecuente que al salir de trabajar, sin nada mejor que hacer, diese un paseo hasta Seradiscos y echase un vistazo en sus estantes. Solía comprar uno -entonces el empacho consumista lo veía como un afán desproporcionado-, que elegía entre una terna cuyos dos descartes volvían a convertirse en protagonistas en la siguiente visita, haciendo que finalmente, aunque dosificados, terminase comprando todos los que me interesaban. 

Muchos años después me encontré con la mujer de Serafín en una tienda de Las Rozas. Ella frecuentaba el mostrador de Seradiscos con regularidad. La reconocí y la saludé. Me dijo que la tienda de discos la habían cerrado a comienzos de dos mil, justo cuando yo dejé de vivir en aquella ciudad. Se habían trasladado a vivir a un pueblo de la sierra madrileña, aunque mantenían aquel local alquilado, apuntó. De igual manera que había hecho yo, muchos antiguos clientes, al reconocerles, me dijo, se dirigían a ellos con “verdadero cariño”. Añadió que en su casa actual aún conservaban miles y miles de discos. Me invitó a que en algún momento me pasase a echarles un vistazo. Le agradecí el ofrecimiento, aunque los dos sabíamos que el mismo quedaría en nada.


A momentary lapse of reason, 24 de julio de 1999.