Unos años atrás, recién estrenado el siglo, trabajé durante unos meses en una tienda de ropa del barrio de Salamanca. La consecución del puesto se dio como sólo en el cine estos asuntos parecen resolverse: una mañana caminaba por delante del local, me fije en el anuncio que colgaba de unos de sus escaparates, entré, entregué mi currículum e, intercambiadas un par de frases y sin firma previa de contrato, unos días después me encontraba trabajando.
El negocio era propiedad de un chico bilbaíno que había heredado de su familia la posibilidad de poder dedicarse a lo que más se ajustase a su gusto, dada la solvencia económica de la misma, así como la afición por los tejidos y patrones ingleses, ámbito con el que la familia había ganado reputación y dinero, y que él, con la reciente apertura de dicho local en Madrid, buscaba expandir más allá del norte de España.
La tienda tenía un encargado, un chico madrileño experimentado en estos negocios, al que el bilbaíno había contratado y al que gustaba poner en evidencia ante nosotros, los tres o cuatro dependientes empleados, cuando las cosas no se hacían según su parecer. En algunos casos, si había algún cliente en la tienda, tampoco sentía mucho reparo en levantar el tono de voz para amonestar al encargado y mostrarnos a todos quién era el patrón del barco. Es curioso cómo hay algunos que se tienen por respetables y elegantes con actitudes propias de señoritos ensoberbecidos.
En dicho empleo, de pago irregular y aroma a servilismo doméstico, sólo estuve un par de meses y, aparte del gusto por algún disco que allí escuché, no saqué mucho más.
Se dice que las personas de izquierdas tienen como principal anhelo el dinero, y que de igual manera, las personas de derechas, satisfecho aquél, sólo ambicionan ganar algo de cultura. No sé, es una generalización muy vaga. El hecho es que el chico bilbaíno, sin apenas bagaje musical, le pidió al encargado que se hiciese con algunos discos que estuviesen en línea con “la elegancia y la raza de los trajes que allí se vendían”. No sé cómo el encargado se plantearía dicho recado, pero lo cierto es que entre los discos que seleccionó y que escuchábamos constantemente en el local, estaba un recopilatorio de Steely Dan que sonaba fantástico y que unos meses después compré, Remastered: The best of…
| Remastered: The best of..., 2 de enero de 2002. |