viernes, 31 de julio de 2020

El Hayedo (I).

Llevaba un par de días pensando en el compacto que ocuparía estas líneas sin que ninguna de las opciones que tenía en la cabeza terminase de convencerme. Le había dicho a C., por eso de atender y agradecer la lectura a aquellos contados seguidores que tiene este blog, que la siguiente entrada se la dedicaría a alguno de los cedés que en algún momento de estos muchos años de amistad ella me hubiese regalado. Y pensando en ello estaba pero, observando a través de los ventanales de mi habitación, de manera imprevista, un compacto se ha presentado como protagonista ineludible: The Nightfly, de Donald Fagen. 

De los pocos hábitos que conservo de cuando vivíamos en la calle Amaltea, uno de los que más hago por tratar de mantener es ir a desayunar a El Hayedo, el bar que hace esquina entre las calles Eros y Ariel. La frecuencia ya no es diaria como entonces, lógico; lo era semanal hasta que hace unos meses O. dejó de ir al instituto, y es ahora, como mucho, si acaso, quincenal.

Hace unos días estuve allí de nuevo después del confinamiento. Son tantos los negocios que permanecen cerrados desde marzo, que no sabía si también ellos se habían visto perjudicados por las circunstancias. 

Era poco antes del mediodía, pero la terraza ya estaba al completo. Es la tónica actual: locales terciados y terrazas repletas. Tras la barra atendía Luis, el dueño, como de costumbre a esa hora de la mañana. Su saludo es siempre el mismo, un arqueo de cejas y una media sonrisa. No es una persona de muchas palabras. Acuden los proveedores al local, los recibe con su gestualidad habitual, toma la mercancía, firma el albarán y continua a lo suyo. Pocas veces hemos entablado un dialogo de más de un par de frases. Se ve que esa falta de conversación que también yo busco en los bares en los que suelo desayunar, él la reconoce y valora. Podríamos ser ambos los dos únicos supervivientes de una catástrofe nuclear que es seguro que si casualmente nos encontrásemos caminando por una ciudad devastada, a lo más que llegaría nuestro saludo sería a un arqueo de cejas y a una mueca por sonrisa. 

Después de este confinamiento, como era de prever, la puesta al día solo nos ha llevado un par de expresiones. Me ha servido el desayuno de siempre y cada uno ha continuado dedicado a sus pensamientos. 

Habrá a quien su actitud le resulte áspera, desagradable; pero es la suya una parquedad más próxima a la timidez que a la incorrección. Lo natural es que al poco uno se familiarice con su sobriedad y se tome esta por bondad.


The Nightfly, 11 de mayo de 2013.