martes, 31 de julio de 2018

El soniquete del día.

Hay diccionarios que definen el término “soniquete” como sonido continuado, de índole mecánico y marcadamente molesto. Otros, como el de la RAE, le otorgan una acepción más amable, definiéndolo como son, con toda la musicalidad que esta expresión sugiere, que se percibe poco, como un eco envolvente.
Esta última acepción es la que, imagino, ha de emplearse si se piensa en la canción que al final del día, cuando uno se encuentra a punto de caer vencido por el sueño, inconscientemente, se repite en nuestra memoria como una letanía susurrante. 
Durante el día se pueden haber escuchado cientos de canciones, pero resulta curioso e inexplicable como, cuando uno tiene la cabeza apoyada sobre la almohada, la que hace las veces de canción de cuna, antes de entrar en los abismos del sueño, es solo una. 
Hace años, cuando los días permitían un mayor detallismo, solía reparar y apuntar siempre la canción que se imponía como “soniquete del día”. Era un ejercicio, en muchos casos, ciertamente sorpresivo. 
De un tiempo a esta parte, tal atención, bien por el insostenible cansancio que anticipa la llegada del sueño, sin tiempo siquiera para girarnos en la cama, bien por la insistencia de los hechos diarios, empeñados en arrastrarnos al pragmatismo más secular; tal atención, decía, ha ido con los años perdiendo relevancia.
Ayer, en todo caso, dado que estos días me encuentro más descansado que de costumbre, el “soniquete del día” surgió de nuevo, inesperado, perceptible e insistente, amenizando los últimos instantes de vigilia. Y este no era otro que Long road to ruin, la canción de los Foo Fighters que aparecía en su disco Echoes, Silence, Patience & Grace y que ayer durante la tarde había escuchado.  
Este compacto lo compré a finales del verano de dos mil doce, el once de septiembre. El curso escolar había comenzado un día antes y aquel año, de igual manera que el anterior, nos turnábamos con unos vecinos de la urbanización, cuyo hijo era compañero de clase de O., en las idas y venidas al colegio. 
Aquella mañana de libranza había aprovechado para comprar unos discos en Fnac, entre ellos este de los Foo Fighters, poco antes de que al mediodía tuviese que recoger a O. y a J. del colegio. 
La vuelta a clase y el intenso calor les traían revolucionados. J. no hacía otra cosa que ir detrás de O. para darle un beso diciendo que quería casarse con ella. Al preguntarle el motivo respondía que porque era la más guapa de clase… Al menos, entre carrera y carrera, la vuelta a casa se nos hizo más rápida y menos tediosa de lo que se presumía.

Echoes, Silence, Patience & Grace, 11 de septiembre de 2012.

domingo, 8 de julio de 2018

El cartel y la tradición.

Hace unas semanas se celebró una nueva edición del Azkena. La primera vez que asistimos los cuatro al festival fue en dos mil doce, cuando el cartel aún se extendía con una oferta más exigente de jueves a sábado. La cita, con el transcurso de los años, se ha convertido en uno de esos hábitos regulares que dan al arranque del verano mayor impulso y atractivo.
Aquel primero, igual que este, F. se pasó por casa a eso de las diez. Recogimos luego a D. en Sanchinarro y emprendimos los tres, a contrapelo del ajetreo madrileño, viaje hacía Vitoria. Aquel dos mil doce, J., que trabajaba ese mismo jueves catorce de junio, llegaría al festival un día después, en tren desde Madrid. 
De camino, como también hemos vuelto costumbre, paramos en La Milagros para almorzar un pincho de tortilla y unos torreznos. En la carretera apenas había tráfico y los campos brillaban soleados. 
Para aquella primera edición el alojamiento lo teníamos en la misma pensión donde el año anterior había estado D., un negocio familiar de habitaciones estrechas, discretas y enmoquetadas, que salvo por el precio, no ofrecía encanto alguno. Dejamos el coche en un aparcamiento cercano, las maletas en el hotel y nos encaminamos hacia el centro de Vitoria. Picoteamos aquí y allá, y a media tarde nos dirigimos hacia el recinto de Mendizabala, caminando por una avenida arbolada y señorial.
Ya solo el cartel de aquel jueves superaría en variedad e interés al de muchas otras ediciones al completo: Blue Öyster Cult, Twisted Sister, Status Quo, Graveyard… Anduvimos por el recinto hasta bien entrada la noche, de un concierto a otro, o detenidos delante de los puestos de comida o de merchandising, a tono con el tipo medio de asistente, que no era otro que el de hombre próximo a los cuarenta, vestido de negro, tranquilo y ensimismado por la música.
A la mañana siguiente cada uno se fue levantando según le pareció. J. llegó a media mañana. Nos encontramos con él en la Plaza de la Virgen Blanca, donde viernes y sábado se celebraban también conciertos. 
Dada la fecha, D., en cuanto tuvo ocasión, lo primero que hizo fue regalarme este compacto de los Flying Colors, de quienes yo no había escuchado nada y del que él me había hablado unos días atrás. Lo guardé, no recuerdo junto a qué otro detalle, y continuamos la marcha pausada y festiva hasta que nos sentamos para comer en el Matxete, inaugurando de esta manera una ceremonia que también hemos convertido en tradición.

Flying Colors, 15 de junio de 2012.