lunes, 15 de agosto de 2022

El catálogo grabado.

Hace algunas décadas era una práctica habitual la de copiar en cintas vírgenes aquellas casetes originales que prestadas por un amigo o por un conocido caían en  nuestras manos (raro era el caso de aquellas que no llegaban a formar parte de nuestro catálogo grabado). La confección de sus carátulas era entonces todo un ejercicio creativo. Existía la posibilidad de fotocopiar sin más la carátula original, incluidas las letras de sus canciones y créditos. Pero, salvo ocasiones puntuales, esa práctica yo apenas la cultivé. Tenía la sensación de que fotocopiar la carátula era poco menos que confesar un fraude. En cambio, personalizar esa copia con la caligrafía de uno y algunos otros detalles de diseño, era una manera de dotarla de cierta entidad. Por detalles de diseño, entiéndase principalmente la inclusión en el canto de la caja del recorte en miniatura de la portada del disco a modo de vitola. Aparte, si en la casete original se indicaba la duración de las canciones y se disponía del espacio suficiente en la cuartilla de la cinta virgen, al título de cada uno de sus cortes se le añadía también su duración precisa. Esas eran las principales señas de estilo de mi catálogo grabado

No me he deshecho de ninguna de aquellas casetes, aunque muy raramente las reproduzco. De vez en cuando las observo, eso sí, y, salvo aquellas que compré originales, las demás, me agrada comprobar que mantienen todas una cierta uniformidad estética. 

Compactos grabados apenas conservo una docena, siempre procedentes de amigos, principalmente de D. y de C.; aunque no era esta una práctica habitual entre nosotros. La mayor parte, a poco buenos que me pareciesen, los compraba después -una colección de compactos grabados no entraba dentro de mis aficiones-. Este Ophelia, de Natalie Merchant, es un ejemplo de ello. 

El compacto me lo regaló C., no podría precisar exactamente cuándo, pero de todos los cedés grabados sin duda fue uno de los que más escuché. Algunos años después lo encontré por casualidad a buen precio en una tienda de Pontevedra. Fue hace cinco veranos. D. y yo andábamos pasando unos días por la costa gallega, y como es práctica habitual, en la agenda llevaba apuntadas las tiendas de discos que llegado el caso podríamos visitar. Esta de Pontevedra se situaba en una galería comercial, creo recordar, junto a un negocio de electrodomésticos -sigo hablando de memoria- propiedad del mismo dueño, un señor cano y enflaquecido. Cuando me tendió el datáfono, las manos del hombre, que debía superar con creces la edad recomendada de jubilación, estas le temblaban tristemente. 

Un tiempo después anduvo por Pontevedra un compañero de trabajo, también interesado en la compra de discos, al que le recomendé que echase un vistazo en el local. Lo hizo, pero lo encontró cerrado, me dijo; aparentemente, además, de manera definitiva.


Ophelia, 17 de agosto de 2017.

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