Transcurrió el mes de febrero sin que encontrase tiempo para escribir la entrada mensual de este blog. Veremos si ahora soy capaz de acomodar dos compactos en este extenso mes de marzo...
Hace unos días estuve con D. viendo un concierto en la sala Mon. Antes de encontrarnos en una cervecería próxima él había estado echando un vistazo en la decana tienda de discos de Fernández de los Ríos. Este negocio, con un nombre tan sugerente, de sociedad clandestina, apenas lo hemos frecuentado. Incluso durante nuestros años universitarios tirábamos siempre más hacía las tiendas de la plaza de San Martín y alrededores que a esta.
Venía D. con el último disco de Paul McCartney, que había encontrado a buen precio. El fantástico documental estrenado recientemente sobre las sesiones de grabación de los Beatles a comienzos de mil novecientos sesenta y nueve lleva ocupando nuestras conversaciones desde hace semanas. Las nuestras y las de otros amigos. Las ocho horas de metraje dan para mucho. Y aunque hay puntos en los que cada uno tiene su opinión, hay dos en los que todos coincidimos: la extrañeza que nos produce la omnipresencia de Yoko Ono en primera línea, a un palmo del cogote de cada uno de ellos, y, sobre todo, el indiscutible liderazgo musical de Paul McCartney.
A raíz del documental he vuelto a escuchar sus últimos discos. Según se fueron editando los fui comprando, pero desde el fenomenal Chaos and creation in the backyard, es cierto, a ninguno de ellos le había prestado mucha atención. Un ejemplo es este, Egypt Station, su penúltimo disco de estudio, lanzado a finales de dos mil dieciocho.
Al igual que a D. también a mí me gusta prologar algunas citas con la compra de algún compacto. Aquel día en que había quedado con J. y M. para cenar me detuve antes en el difunto Yunke para ver si lo habían recibido. Allí estaba. (Con su cierre, la posibilidad de encontrar nuevos lanzamientos a precios moderados ha desaparecido. Todas las novedades nos obligan a pasar forzosamente por Fnac.)
Egypt Station fue de los primeros discos que se añadieron a la colección al poco de mudarnos a esta casa. Curiosamente los tres habíamos estrenado vivienda recientemente. Esta circunstancia ocupó gran parte de nuestra conversación. J., después de su vuelta de Estados Unidos, habiendo vivido durante más de un año en la casa de A. en Tirso de Molina, se había comprado un piso en la calle Divino Vallés. Lo había reformado íntegramente. No era muy grande, pero solo para él, aseguraba, resultaba espacioso y confortable. M., por su parte, incapaz de sobrepasar las murallas del barrio de Salamanca, se había trasladado recientemente con M. y su hijo a uno nuevo en la calle Ayala. El agrado que surge del cambio de domicilio cuando este es deseado nos tenía a los tres de muy buen ánimo.
| Egypt Station, 29 de noviembre de 2018. |
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