Muchas veces me he dicho: durante una temporada debería de dejar de comprar compactos y dedicarme a escuchar los que ya tengo. Creo que en alguna ocasión, incluso, lo he referido aquí. Pues bien, esa temporada, que por falta de voluntad tan improbable se figuraba, ha venido a consumarse durante estos últimos meses de forzado confinamiento. Podría haber echado mano de alguna de esas páginas web de comercio electrónico para superar la falta, es verdad, pero, teniendo en cuenta que uno de los principales atractivos del consumo de música es el paseo hasta esos locales de compra-venta que discretamente afloran por el centro de la ciudad y la búsqueda paciente en sus estantes, hasta que no se han levantado las restricciones de movilidad, he preferido esperar y llevar a cabo ese viejo propósito de contención.
El primer destino de estos paseos han sido, claro, las proximidades de la plaza de San Martín; como tantas otras veces. Aunque ahora, desengrasadas de muchedumbre, mucho más silenciosas y provinciales que de costumbre.
La tarde en que compré el disco de los Burning al que me refería en la entrada anterior, El fin de la década, siendo el tono de aquel veintinueve de abril de dos mil once un punto más monótono, la plaza tenía un color parecido, solitario y quedo. Había estado comiendo en una pizzería de la calle de Lavapiés, que entonces frecuentaba mucho, y haciendo tiempo hasta que abriesen Metralleta a las cuatro y media, me aposté a la sombra, junto al Monasterio de las Descalzas.
El fin de la década no fue el único disco de los Burning que me llevé aquella tarde. Dado el afán completista que se padece, al hilo del libro que del grupo madrileño había leído unos meses atrás, en aquellas semanas, todo los títulos suyos que llegaban a mis manos, sin necesidad de criba, pasaban al instante a formar parte de la colección.
Es curioso que el título del álbum sea el que anteriormente he citado y que este no coincida con el que aparece ni en el canto del compacto ni tampoco en la impresión del mismo (de diseño bastante simplón), en estos el título que se le da es el de El final de una década. Desinterés y torpeza de la discográfica que los reeditó, imagino.
La vanitas de vicios y filiaciones que se despliega en la portada sigue siendo sin duda una de las más contundentes y estilizadas que pueda presentar un grupo de rock, sin caer en presunciones ni poses cargantes. Una composición que uno no se cansa nunca de observar en detalle.
La vanitas de vicios y filiaciones que se despliega en la portada sigue siendo sin duda una de las más contundentes y estilizadas que pueda presentar un grupo de rock, sin caer en presunciones ni poses cargantes. Una composición que uno no se cansa nunca de observar en detalle.
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