miércoles, 20 de mayo de 2020

La dicha inexplicable (I).

Marzo se fragmentó de manera imprevista. Y de igual manera que transcurrió abril,   pausado en este retraimiento, también parece que se consumirá mayo.
Desde hace unas semanas, sin sobreexponerme, que las horas de lectura de las que ahora se disponen son muchas y en idéntico número las posibilidades de empacho si se fijan sobre un único asunto, estoy leyendo, extraídos de aquí y de allá, algunos escritos en relación a la manía coleccionista. Son todos textos de corte literario, sin afán enciclopedista ni ejemplificador; comprensivos, piadosos, formulados la mayoría por quienes se saben sujetos y conniventes a dicha pasión. 
La principal certeza que de ellos se extrae es la heterodoxia de la manía. Tanto las insondables razones que le empujan a uno a practicarla, el sujeto -la cosa u objeto- que se convierte en epicentro de la misma, las pautas de su ejercicio y, particularmente, lo que resulta más incomprensible y llamativo: lo inabarcable del propósito y, consecuentemente, la imposibilidad de sanación.
De las muchas consideraciones que tratan la cuestión hay una que por lo sencilla y lúcida me ha llamado la atención. Es aquella que sostiene que la manía coleccionista viene dada por una simple cuestión matemática. Pongamos por caso que alguien es francamente dichoso como poseedor y admirador de un determinado objeto - bien sea este un cuadro, un sello, un libro, un compacto o la cosa más corriente o la más extravagante que podamos imaginar-; lo natural es que si dicho objeto le produce al potencial coleccionista una felicidad infalible, en su deseo de conservarla -en previsión además de que esta pueda marchitarse y abandonarle su fragancia-, o sencillamente por el afán de multiplicar el deleite, una de las salidas más razonables y seguras es hacerse con la mayor cantidad posible de objetos parejos a aquel que le vuelve tan dichoso. Si la posesión y contemplación de un grabado antiguo me genera un entusiasmo indescriptible, por qué razón no voy a querer multiplicar esta felicidad con la adquisición de muchos otros… Pura lógica matemática, decía. Y de este primer paso al coleccionismo convulso, incesante y desproporcionado, como es de temer, la distancia es mínima. Y unido a este, el deseo de contención, en la mayor parte de los casos sino en todos, estéril. 
(Incluyo a continuación la fotografía del disco de los Burning que en parte ha originado esta entrada, y del que me ocuparé en la siguiente).

El fin de la década, 29 de abril de 2011.

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